Chapter 7: El hombre que llevaba el reloj de mi padre
«No vayas a esa casa. El hombre de la fotografía no es tu padre. Y Marcus sabe exactamente quién es».
Leí el mensaje tantas veces que las palabras comenzaron a perder sentido.
Mi padre estaba muerto. Mi padre estaba vivo. Mi padre había muerto en un accidente. Mi padre había llamado a mi madre después de su funeral.
Cada nueva respuesta abría diez preguntas más.
Y ahora alguien me aseguraba que el hombre de la fotografía no era mi padre.
—Nia, dame el teléfono —pidió Daniel.
Lo aparté de su alcance.
—No. Quiero saber por qué reconociste el cuerpo de mi padre y por qué ahora tienes miedo de que esté vivo.
Daniel se quedó inmóvil.
Mi madre levantó la mirada.
—Daniel, creo que ya le hemos ocultado suficientes cosas.
Él apretó los labios.
—No entienden lo que puede pasar si empiezan a investigar por su cuenta.
—¡Mi padre podría estar vivo! —grité—. ¡Y todos ustedes parecen más preocupados por proteger sus secretos que por ayudarme a encontrarlo!
El silencio que siguió me hizo comprender que había tocado una herida profunda.
Daniel se sentó lentamente.
—Cuando ocurrió el accidente, yo trabajaba con tu padre en la misma empresa. La policía me pidió que ayudara a identificar algunas pertenencias personales. El cuerpo estaba muy dañado. No pude reconocer su rostro.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿cómo supiste que era él?
—Por el reloj.
Miré el teléfono.
La fotografía mostraba el reloj de mi padre en la muñeca del hombre que aparecía frente a aquella casa.
El mismo reloj que habíamos encontrado en la caja de seguridad.
—¿Estás diciendo que identificaste a mi padre por un reloj?
Daniel bajó la cabeza.
—Sí.
—¿Y nadie hizo una prueba de ADN?
—La investigación concluyó que la identificación era suficiente.
Me levanté de golpe.
—¡Eso no es suficiente!
—Lo sé.
Su respuesta me desarmó.
Daniel no intentó justificarse. No dijo que había hecho lo correcto. No me pidió que entendiera las circunstancias.
Simplemente reconoció su error.
Y eso me asustó más que cualquier mentira.
—¿Por qué nunca me lo dijiste? —pregunté.
—Porque después del funeral recibí una llamada. Una voz me advirtió que dejara de hacer preguntas si quería conservar mi trabajo y mantener a salvo a mi familia. Pensé que la mejor manera de protegerlas era alejarme.
Mi madre se secó las lágrimas.
—¿Y ahora qué hacemos?
Miré la dirección que Marcus había enviado.
Quería que fuera sola.
Eso significaba que esperaba algo de mí. Tal vez una firma. Tal vez una oportunidad para manipularme. O quizá realmente tenía información sobre mi padre.
No podía confiar en él.
Pero tampoco podía ignorar aquella fotografía.
—Voy a ir —dije.
—¡No! —exclamó mi madre.
—No voy a entrar sola ni a hacer lo que Marcus me pida. Voy a averiguar quién está en esa casa.
Daniel negó con la cabeza.
—Puedo acompañarte, pero primero tenemos que verificar la dirección y hablar con un abogado.
—Mientras esperamos, ¿qué hacemos si ese hombre desaparece?
Mi madre me tomó de las manos.
—Hija, ya perdí a tu padre una vez. No puedo perderte a ti también.
La abracé.
—No voy a dejarte sola, mamá. Te lo prometo.
Daniel llamó a un abogado con quien había trabajado años atrás. Le explicó la situación y le envió copias de los documentos que habíamos encontrado. Después verificó la dirección de Marcus y descubrió que la propiedad no estaba registrada a su nombre.
Pertenecía a una compañía inmobiliaria creada hacía apenas dos años.
El nombre de uno de sus administradores me resultó familiar.
Richard Cole.
Todo volvía a conducir al mismo hombre.
Dos horas después, nos dirigíamos a las afueras de la ciudad en un automóvil que el abogado había organizado. Mi madre se quedó en su oficina con una asistente de confianza, mientras Daniel y yo íbamos acompañados por un investigador privado contratado por el abogado.
La casa estaba al final de un camino estrecho, rodeada de árboles y una cerca de madera deteriorada.
Había flores amarillas en el porche.
Una camioneta estacionada junto a la entrada.
Y una luz encendida detrás de la cortina.
El investigador nos pidió que esperáramos mientras verificaba que no hubiera nadie más en el terreno.
Entonces vi la silla.
Era la misma de la fotografía.
—Está aquí —susurré.
Daniel se acercó a mí.
—Nia, recuerda que no sabemos quién es ese hombre.
Asentí, aunque mi corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía escucharlo.
La puerta se abrió.
Un hombre de cabello gris salió al porche.
Llevaba una camisa azul y pantalones oscuros. Era alto, tenía los hombros ligeramente encorvados y caminaba con una pequeña rigidez en la pierna derecha.
Sentí que el mundo se detenía.
Mi padre había tenido esa misma forma de caminar después de una lesión que sufrió cuando yo tenía nueve años.
El hombre se detuvo al vernos.
Durante varios segundos, nadie habló.
Entonces sus ojos se encontraron con los míos.
Eran oscuros.
Iguales a los que recordaba de las fotografías familiares.
—Nia —dijo.
Mi nombre salió de sus labios con una familiaridad que me hizo temblar.
Di un paso hacia él.
—¿Quién es usted?
El hombre bajó lentamente los escalones.
—Sé que tienes muchas preguntas.
—¡Contéstame!
Él tragó saliva.
—Me llamo Gabriel.
El nombre no significaba nada para mí.
Pero cuando levantó la mano izquierda, vi una pequeña cicatriz junto al pulgar.
Mi padre se la había hecho abriendo una lata de duraznos cuando yo era niña. Había pasado toda la tarde bromeando sobre cómo una lata había logrado vencer a un hombre que podía arreglar cualquier cosa.
Nadie más conocía aquella historia.
O eso había creído.
—¿Qué recuerdo tenías de tu cumpleaños número diez? —preguntó el hombre.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—El regalo que te hice. El que escondiste debajo de la cama porque no querías que tu madre lo encontrara.
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
Había sido un pequeño diario de cuero. Mi padre había escrito en la primera página: «Para que nunca tengas miedo de contar tu propia historia».
Nunca le había contado a nadie dónde lo escondí.
—¿Eres tú? —susurré.
El hombre cerró los ojos.
—Sí, hija. Soy yo.
Me abalancé hacia él.
Lo abracé con tanta fuerza que me dolieron los brazos. Olía a jabón, madera y algo que me recordó los domingos de mi infancia.
Durante unos segundos, volví a tener catorce años.
Volví a ser la niña que esperaba junto a la ventana a que su padre regresara del trabajo.
Volví a creer que ningún secreto podía destruir una familia.
Después me aparté y lo miré a la cara.
—¿Por qué nos dejaste?
Mi padre comenzó a llorar.
—Porque alguien quería matarme.
—¿Quién?
Antes de que respondiera, una camioneta negra apareció al final del camino.
La puerta del conductor se abrió.
Marcus bajó del vehículo.
No parecía sorprendido de encontrarme allí.
Se acercó lentamente, mirando primero a mi padre y después a mí.
—Te dije que vendría —dijo.
Me volví hacia mi padre.
—¿Tú sabías que Marcus estaba involucrado?
Él apretó la mandíbula.
—Sí.
Sentí que el abrazo de hacía un minuto se convertía en una herida.
—¿Y aun así permitiste que me acercara a él?
Mi padre bajó la mirada.
Marcus se detuvo a unos pasos de nosotros.
—Nia, por favor. Hay algo que necesitas entender.
Lo miré con un odio que jamás había imaginado sentir.
—Más te vale que sea la verdad.
Marcus respiró profundamente.
—El hombre que intentó matar a tu padre aquella noche no fue Richard.
Se volvió hacia mi padre.
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Y pronunció un nombre que hizo que Gabriel retrocediera hacia la puerta.
—Fue Daniel.