Chapter 2: El secreto escondido en mi vestido
Nunca había visto a Marcus palidecer de aquella manera.
El hombre que acababa de decirme que estaba exagerando ahora parecía dispuesto a hacer cualquier cosa para impedir que saliera de aquella habitación.
—Nia, dame tu teléfono —ordenó.
Lo sujeté con más fuerza.
—¿Por qué?
—Porque estás alterada y alguien está tratando de manipularte.
—Qué curioso. Hace cinco minutos me decías que todo era un accidente. Ahora resulta que alguien me está manipulando.
Vanessa se acercó a la puerta.
—Voy a buscar a la coordinadora.
—No te muevas —le dije.
Se detuvo.
Marcus soltó una risa nerviosa.
—Esto es ridículo. No puedes retener a nadie aquí.
—Entonces no tendrás problema en que revise mi vestido, ¿verdad?
Sus ojos se dirigieron involuntariamente hacia el biombo.
Fue un movimiento pequeño.
Pero suficiente.
Me volví hacia él.
—¿Qué hay en mi vestido, Marcus?
—No sé de qué estás hablando.
—Perfecto. Entonces mírame mientras lo reviso.
Caminé hasta el biombo. Mi vestido era una creación de encaje marfil que había tardado meses en elegir. Mi madre me había acompañado a cada prueba y había guardado las fotografías de todos los modelos que descartamos.
Lo saqué de la funda y busqué el bolsillo interior que la modista había añadido para guardar un pañuelo.
Mis dedos tocaron un objeto rectangular.
No era un pañuelo.
Era un sobre pequeño, sellado con cinta adhesiva.
En el frente estaba escrito mi nombre.
NIA.
La letra no era de mi madre.
Tampoco era de Marcus.
Abrí el sobre.
Dentro había tres fotografías impresas, una copia de un documento bancario y una hoja doblada en cuatro partes.
La primera fotografía mostraba a Marcus entrando a la casa de mi madre a las once y cuarenta y siete de la noche anterior.
La segunda lo mostraba besando a Vanessa.
La tercera me dejó helada.
Los dos estaban sentados en la mesa de la cocina de mi madre. Entre ellos había una carpeta azul y una botella de agua. Vanessa sostenía un bolígrafo mientras Marcus señalaba un documento.
Reconocí aquella carpeta.
Mi madre guardaba allí los papeles importantes de la casa que mi padre le había dejado.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Marcus se acercó.
—Dámelo.
Retrocedí.
—¿Por qué estabas en casa de mi madre anoche?
—Fui a dejar unos documentos.
—¿A las once y cuarenta y siete?
—No recuerdo la hora exacta.
—¿Y por qué estabas besando a Vanessa?
Él abrió la boca, pero fue ella quien respondió.
—Porque nos queremos.
El silencio que siguió fue tan absoluto que pude escuchar el zumbido del aire acondicionado.
La miré.
—¿Desde cuándo?
Vanessa apretó los labios.
Marcus se pasó una mano por el cabello.
—Nia, puedo explicarlo.
—Te hice una pregunta a ti, Vanessa.
Ella levantó la barbilla.
—Desde hace ocho meses.
Ocho meses.
Mientras yo elegía flores, enviaba invitaciones y organizaba las pruebas del menú, mi prometido llevaba ocho meses acostándose con la mujer a la que yo le había confiado cada detalle de mi boda.
Mi madre se acercó lentamente.
—¿Qué están diciendo?
Quise protegerla de la verdad, pero ya era demasiado tarde.
Le mostré la fotografía del beso.
Sus dedos empezaron a temblar.
—Ese hombre estuvo en mi casa —susurró—. Cenó conmigo. Me ayudó a arreglar la llave del fregadero.
Marcus bajó la mirada.
—Señora Evelyn, no es lo que parece.
Mi madre lo observó con una tristeza que me dolió más que cualquier grito.
—¿También mentiste cuando me dijiste que amabas a mi hija?
Él no respondió.
Entonces abrí el documento bancario.
Era una solicitud de préstamo vinculada a la propiedad de mi madre. El valor estimado de la casa aparecía claramente impreso: cuatrocientos veinte mil dólares.
Debajo había una sección con información sobre el propietario.
El nombre de Evelyn estaba escrito allí.
Y junto a su nombre había una firma que se parecía a la suya, pero no era exactamente igual.
—Mamá, ¿firmaste esto?
Ella negó con la cabeza inmediatamente.
—Nunca he solicitado un préstamo sobre mi casa.
Miré a Marcus.
—¿Qué hiciste?
—No tienes toda la información.
—Entonces dámela.
—Es un asunto financiero privado.
—¡La casa es de mi madre!
Él endureció la expresión.
—Y tú no entiendes cómo funcionan estas cosas.
Vanessa se acercó a la mesa e intentó arrebatarme los documentos.
La aparté.
—No vuelvas a tocar nada.
—¡Esa carpeta no debería estar contigo! —gritó.
La miré con incredulidad.
—¿Por qué? ¿Porque contiene pruebas?
Vanessa se quedó callada.
Mi madre tomó la hoja doblada y comenzó a leerla. De pronto, se llevó una mano a la boca.
—Nia...
—¿Qué pasa?
Me entregó el papel.
Era una copia de un correo electrónico impreso. El remitente era Marcus. El destinatario, Vanessa.
La fecha era de tres semanas atrás.
El asunto decía: «Después de la boda».
Leí las primeras líneas.
«Una vez que Nia sea mi esposa, será más fácil convencerla de que Evelyn necesita vender la casa. Si conseguimos que acepte, podremos cerrar el trato antes de que sospeche».
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Seguí leyendo.
«Vanessa, asegúrate de que firme los documentos. No quiero que cambie de opinión. Ya sabes cuánto dinero hay en juego».
La última frase estaba subrayada en tinta roja.
«Cuando todo termine, nadie podrá quitarnos lo que nos corresponde».
—¿Qué dinero? —pregunté.
Marcus dio un paso hacia mí.
—Estás sacando esto de contexto.
—¿Qué dinero, Marcus?
—La casa tiene problemas legales. Estaba intentando ayudar.
Mi madre negó lentamente con la cabeza.
—No hay ningún problema legal. Mi esposo pagó esa casa antes de morir.
Marcus dejó de hablar.
Y en ese instante comprendí que no se trataba solamente de una infidelidad.
Había entrado en la vida de mi madre fingiendo querer a su hija mientras preparaba algo relacionado con su hogar.
Pero todavía no sabía cómo pensaban hacerlo.
Hasta que vi la última página del sobre.
Era una copia de un documento notarial con una fecha programada para la semana siguiente.
En la parte superior aparecía el nombre de mi madre.
Debajo, el de Marcus.
Y al final había una cláusula que me hizo sentir náuseas.
Si Evelyn no podía presentarse personalmente para confirmar la operación, una persona autorizada podría hacerlo en su nombre.
El nombre de esa persona era Vanessa.
—Mamá —susurré—, ¿alguna vez le diste a Vanessa acceso a tus documentos?
Mi madre negó con la cabeza.
Pero antes de que pudiera decir algo más, el teléfono de Marcus comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un nombre que ninguno de nosotros esperaba ver.
*Evelyn — Casa.*
Mi madre miró su propio teléfono, que estaba apagado dentro de su bolso.
Después miró el aparato de Marcus.
—¿Por qué tienes mi nombre guardado con esa etiqueta? —preguntó.
Marcus no contestó.
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Y cuando volvió a sonar el teléfono, Vanessa hizo algo que terminó de confirmar mis sospechas.
Se lanzó hacia él para contestar antes que nadie.
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