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Chapter 1: El mensaje que destruyó mi boda

«Nia, no salgas del hotel hasta que veas lo que hizo tu prometido anoche».

Leí el mensaje tres veces, mientras mi madre lloraba a mi lado y el hombre con el que estaba a punto de casarme seguía parado frente a la mujer que acababa de destrozarle el cabello.

La fotografía que apareció debajo del mensaje me hizo olvidar hasta cómo respirar.

Marcus.

Mi prometido.

Besando a Vanessa, mi estilista de bodas, en la sala de la casa de mi madre.

Pero lo peor no era el beso.

Lo peor era la fecha que aparecía en la esquina de la fotografía.

La noche anterior.

La noche en que Marcus me había jurado que estaba demasiado cansado para acompañarme a revisar los últimos detalles de la boda.

—Nia, mi amor, ¿qué pasa? —preguntó mi madre, Evelyn, con la voz quebrada.

Bloqueé la pantalla por instinto.

No quería que volviera a llorar. No después de lo que acababa de hacerle Vanessa.

Mi madre seguía sentada frente al espejo dorado de la suite nupcial. Su elegante vestido color champán estaba cubierto de mechones oscuros. Un lado de su cabello apenas le llegaba a las orejas; el otro tenía pedazos desiguales que caían sobre sus hombros.

Vanessa permanecía detrás de ella, sosteniendo unas tijeras plateadas.

Y Marcus, el hombre que había prometido protegerme durante el resto de mi vida, estaba defendiendo a la mujer que había humillado a mi madre.

—No empieces otra vez, Nia —dijo Marcus, ajustándose los puños de su camisa—. Ya te expliqué que fue un accidente.

Lo miré fijamente.

—¿Cómo sabes que fue un accidente si no estabas aquí?

Su mandíbula se tensó.

Vanessa bajó la mirada por un instante.

Fue apenas un segundo, pero lo noté.

—Porque conozco a Vanessa —contestó él.

—Yo también la conozco. Y acabo de verla cortarle el cabello a mi mamá después de que ella le pidió que parara.

—Tu madre se movió —intervino Vanessa—. No voy a perder mi tiempo discutiendo con alguien que no entiende cómo funciona una cita profesional.

Mi madre se cubrió la boca.

—Te pedí que dejaras las tijeras —susurró—. Te lo pedí varias veces.

Vanessa soltó una risa seca.

—Ay, señora Evelyn, no exagere. El cabello vuelve a crecer.

Sentí que algo dentro de mí se apagaba.

Recordé cada comentario que Vanessa había hecho durante los últimos meses. Las bromas sobre la ropa de mi madre. Las críticas a su manera de hablar. Las ocasiones en que Marcus se había reído con ella mientras yo intentaba cambiar de tema.

Siempre había pensado que Vanessa era arrogante.

Nunca imaginé que pudiera ser cruel hasta ese punto.

—Pídele perdón —ordené.

Ella arqueó una ceja.

—¿Perdón por qué?

—Por hacerle daño.

—No me des órdenes.

Marcus dio un paso hacia mí.

—Nia, basta. Hay casi doscientos invitados abajo. Tu familia está esperando.

El sacerdote está esperando. No vas a arruinar cuatro años de relación por un problema de cabello.

Miré el anillo de diamantes en mi dedo.

Cuatro años.

Cuatro años de cenas familiares, vacaciones, promesas y conversaciones sobre los hijos que algún día tendríamos.

Cuatro años creyendo que Marcus era el hombre que estaría a mi lado cuando la vida se pusiera difícil.

—Tienes razón —respondí en voz baja—. No voy a arruinar cuatro años por un problema de cabello.

Él relajó los hombros.

—Gracias. Sabía que entrarías en razón.

Miré a mi madre.

Después volví a mirar a Vanessa.

—Voy a cancelar la boda porque acabo de descubrir que elegí al hombre equivocado.

La sonrisa de Marcus desapareció.

—¿Qué dijiste?

Me quité el anillo y lo dejé sobre la mesa.

—Se acabó.

—No puedes hablar en serio.

—Nunca había hablado tan en serio en mi vida.

Vanessa cruzó los brazos, pero su expresión había cambiado. Ya no parecía divertida.

—Marcus, dile algo —murmuró.

Él ni siquiera la miró.

—Nia, piensa en lo que estás haciendo. Tu papá no está aquí para ayudarte a tomar decisiones como esta.

La mención de mi padre me golpeó con una fuerza inesperada.

Mi padre había muerto once años atrás. Mi madre había trabajado turnos dobles en el hospital para que yo pudiera estudiar. Había vendido sus joyas para pagar mis gastos universitarios y escondido sus propias lágrimas cada vez que la vida nos había dejado sin dinero.

No necesitaba que Marcus me explicara cómo tomar decisiones.

Mi madre me había enseñado a hacerlo.

—No vuelvas a usar a mi padre para manipularme —dije.

Él guardó silencio.

Me acerqué a mi madre y me arrodillé frente a su silla.

—Vámonos, mamá.

—Pero, hija... ¿y tus invitados?

Le tomé las manos.

—Que coman el pastel. Que bailen. Que se lleven las flores si quieren. Hoy no me importa nada de eso.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No quería causarte problemas el día de tu boda.

Le besé la frente.

—Tú no causaste este problema. Ellos lo hicieron.

Me levanté, tomé su bolso y la ayudé a caminar hacia la puerta.

Entonces Marcus me sujetó del brazo.

—No vas a salir de aquí sin hablar conmigo.

Me solté de un tirón.

—Vuelve a tocarme y llamaré a seguridad.

Él me miró como si no reconociera a la mujer que tenía enfrente.

Quizá porque nunca me había visto decirle que no.

Mi teléfono vibró de nuevo.

Era otro mensaje del número desconocido.

«La fotografía no es lo único que tengo. Revisa el bolsillo interior de tu vestido de novia antes de irte. Tu madre no es la única persona a la que Marcus ha estado mintiendo».

Sentí un escalofrío.

Miré hacia mi vestido blanco, colgado cuidadosamente detrás de un biombo.

—¿Qué estás mirando? —preguntó Marcus.

Apagué la pantalla.

—Nada que te importe.

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Por primera vez aquella mañana, él pareció realmente asustado.

Y cuando Vanessa vio el mensaje reflejado en el espejo, dejó caer las tijeras al suelo.

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