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Chapter 3: La llamada que nadie debía escuchar

Vanessa alcanzó el teléfono primero, pero se lo arrebaté antes de que pudiera responder.

—Ni se te ocurra —le advertí.

Ella me miró con odio.

—No sabes en lo que te estás metiendo.

—Entonces explícame.

El teléfono dejó de sonar.

Durante un segundo, nadie se movió.

Después apareció un mensaje en la pantalla.

«¿Ya conseguiste la firma? Necesito saberlo antes de las doce».

No había nombre de contacto.

Solo un número desconocido.

Marcus intentó recuperar el aparato.

Lo aparté de su alcance.

—¿Quién escribió esto?

—Un cliente —respondió.

Solté una carcajada sin humor.

—¿Un cliente que necesita la firma de mi madre antes del mediodía?

—Nia, basta.

—¿Por qué tienes una conversación sobre la firma de mi madre?

Marcus miró a Vanessa.

Ella negó discretamente con la cabeza.

Fue una señal entre ellos. Una de esas pequeñas comunicaciones que solo entienden dos personas acostumbradas a ocultar cosas juntas.

Y entonces comprendí que quizá llevaban mucho más tiempo trabajando en equipo del que yo imaginaba.

Mi madre se sentó en el borde de la cama, pálida.

—Quiero que me digan qué está pasando con mi casa.

Marcus se arrodilló frente a ella.

—Señora Evelyn, por favor, escúcheme. Nunca quise hacerle daño.

Mi madre retiró las manos cuando él intentó tomárselas.

—Entonces dime la verdad.

—La situación es complicada.

—Mi esposo murió hace once años. He pagado mis impuestos, he mantenido esta casa y jamás he pedido dinero prestado contra ella. ¿Qué puede ser tan complicado?

Marcus bajó la voz.

—Hay una deuda que debe resolverse.

—¿Qué deuda?

Él miró el suelo.

Vanessa se interpuso.

—Esto no es asunto suyo, Nia.

Me levanté lentamente.

—Acabas de admitir que llevas ocho meses con mi prometido, que entraste a la casa de mi madre y que estabas intentando conseguir su firma. Todo lo que tenga que ver con ella es asunto mío.

—No tienes idea de lo que Marcus ha sacrificado por ti.

La miré, sorprendida por su descaro.

—¿Qué sacrificó? ¿Su honestidad?

Vanessa apretó los puños.

—Él te ha mantenido en una burbuja. Siempre has tenido todo resuelto. Nunca has tenido que preocuparte por las cosas reales.

—¿Y tú eres quien va a enseñarme la realidad?

—Al menos yo sé quién es él de verdad.

Marcus se levantó bruscamente.

—¡Vanessa, cállate!

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Ahora quieres que me calle? ¿Después de todo lo que me prometiste?

El silencio cayó sobre la habitación.

Yo los observé a ambos.

—¿Qué le prometiste?

Vanessa pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.

Marcus se pasó una mano por el rostro.

—No vamos a discutir esto aquí.

—Claro que sí —respondí—. Porque no vas a volver a acercarte a mi madre ni a su casa hasta que me expliques qué está pasando.

Él enderezó la espalda.

—No puedes impedirme entrar en una propiedad a la que me han invitado.

Mi madre levantó la cabeza.

—Yo nunca te invité a hacer negocios con mi casa.

Marcus no tuvo respuesta.

Me acerqué a ella y le puse una mano en el hombro.

—Nos vamos. Voy a llamar a un abogado para que revise esos documentos.

Al escuchar la palabra «abogado», Vanessa perdió el color de su rostro.

Marcus, en cambio, recuperó una calma que me inquietó todavía más.

—Hazlo —dijo—. Pero antes deberías preguntarle a tu madre qué ocurrió con el dinero de tu padre.

Me quedé inmóvil.

Mi padre.

Por primera vez desde que había entrado a la suite, Marcus había encontrado una manera de hacerme dudar.

—¿Qué tiene que ver mi papá con esto?

Mi madre se levantó de golpe.

—Marcus, no te atrevas.

Su reacción fue tan inmediata que ambos nos quedamos mirándola.

Nunca la había visto hablarle así.

Nunca la había visto asustada de esa manera.

—Mamá —dije suavemente—, ¿de qué está hablando?

Ella negó con la cabeza.

—No es el momento, hija.

—¿Qué dinero de mi papá?

Marcus soltó un suspiro.

—Tu padre dejó algo más que una casa. Y hay personas que llevan años intentando encontrarlo.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Encontrar qué?

Él miró a mi madre.

Ella tenía lágrimas en los ojos, pero esta vez no eran lágrimas de humillación.

Eran de miedo.

—Dime que está mintiendo —le pedí.

Mi madre apretó los labios.

No dijo nada.

Y ese silencio fue peor que cualquier confesión.

El teléfono de Marcus volvió a vibrar.

Esta vez no era un mensaje.

Era una llamada.

En la pantalla apareció el mismo número desconocido.

Marcus intentó rechazarla, pero yo ya había activado el altavoz.

—¿Bueno? —dije.

Durante unos segundos solo escuché respiración.

Después, una voz masculina respondió:

—¿Quién habla?

—Nia. ¿Quién es usted?

El hombre guardó silencio.

Luego preguntó:

—¿Marcus está ahí contigo?

Miré a mi prometido.

Su rostro se había vuelto completamente blanco.

—Sí —respondí—. Está aquí. Y quiero saber por qué alguien necesita la firma de mi madre antes del mediodía.

El hombre soltó una maldición.

—Escúchame con atención. No dejes que ninguno de los dos salga de esa habitación con los documentos.

—¿Por qué?

—Porque si esos papeles llegan a registrarse, tu madre podría perder su casa.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

—¿Quién es usted? —pregunté.

—Me llamo Daniel. Trabajé con tu padre hace quince años. Llevo meses intentando encontrar a tu familia.

Miré a Marcus.

Él retrocedió hacia la puerta.

Daniel continuó hablando.

—Tu padre descubrió algo antes de morir. Algo relacionado con una cuenta que nunca debió existir. Marcus y Vanessa no están intentando quedarse solamente con la casa de tu madre.

Sentí que las manos me empezaban a temblar.

—Entonces, ¿qué quieren?

La voz de Daniel se volvió más baja.

—Quieren recuperar el dinero que tu padre escondió. Y si Marcus se casa contigo, tendrá acceso a una parte de la herencia que ni siquiera sabes que existe.

Miré mi anillo, todavía sobre la mesa.

Después miré al hombre con quien había estado a punto de casarme.

Marcus ya no fingía estar tranquilo.

Tenía una mano en la perilla de la puerta y los ojos fijos en el teléfono.

—Daniel —susurré—, ¿cuánto dinero estamos hablando?

La respuesta me dejó sin palabras.

—Más de dos millones de dólares.

Mi madre comenzó a llorar de nuevo.

Pero esta vez no intenté consolarla inmediatamente.

Porque acababa de comprender que el beso entre Marcus y Vanessa era apenas la superficie de una mentira mucho más grande.

Y entonces Daniel añadió una última frase.

—Nia, hay algo más que debes saber sobre tu padre. La noche en que murió, no estaba solo en su automóvil.

Miré a mi madre.

Ella cerró los ojos.

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Y Marcus, desde la puerta, pronunció unas palabras que jamás olvidaré.

—Daniel, si le cuentas quién estaba con su padre esa noche, no habrá manera de protegerla.

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