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Chapter 9: La directora financiera que llevaba diecisiete años mintiendo

Subí las escaleras tan rápido como me permitió la pierna.

Daniel intentó detenerme, pero lo aparté.

—¡Elena!

Al llegar al vestíbulo, encontré a Elena arrodillada junto a una mesa, sujetándose el brazo izquierdo. La sangre se extendía por la manga de su chaqueta.

A unos metros, un hombre con gorra sostenía una pistola.

Reconocí su rostro.

Era el mismo hombre que había aparecido en las fotografías de seguridad del hotel.

—¡Suelta el arma! —grité.

El hombre se volvió hacia mí.

Por un instante, pareció sorprendido de verme de pie.

Después sonrió.

—Así que el inválido todavía puede caminar.

Daniel apareció detrás de mí.

—Baja el arma, Marcus.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Daniel Cross. Pensé que ya estarías muerto.

—Y yo pensé que tendrías suficiente sentido común para no regresar a una escena del crimen.

Marcus soltó una carcajada.

—No tienes idea de lo que está pasando aquí.

—Entonces explícame por qué disparaste a una mujer desarmada.

—Ella sabe demasiado.

Elena apretó los dientes.

—Ethan, no le creas. Él trabaja para Chad.

Marcus levantó el arma hacia ella.

—Cállate.

Me coloqué delante de Elena.

—Si vuelves a apuntarle, tendrás que hacerlo conmigo delante.

—¿Crees que eso me preocupa?

—No. Creo que te preocupa que haya cámaras en la casa.

Marcus miró hacia el techo.

Había visto el pequeño dispositivo que Daniel había colocado junto a la puerta del sótano.

Su expresión cambió.

—¿Qué hiciste?

—Grabar todo lo que acabas de decir.

Era mentira.

Daniel había colocado la cámara para vigilar la entrada, pero no sabía si estaba funcionando.

Marcus no podía arriesgarse a comprobarlo.

Retrocedió un paso.

Después otro.

—Esto no ha terminado —murmuró.

Se volvió y corrió hacia la puerta trasera.

Daniel lo siguió, pero yo me quedé con Elena.

Ella estaba pálida.

—Necesitas atención médica —dije.

—No hay tiempo.

—Te dispararon.

—Ethan, escúchame.

Me arrodillé a su lado y presioné una servilleta contra la herida.

—Habla.

Elena respiró con dificultad.

—La transferencia de cincuenta millones de dólares fue una distracción. Chad quería que descubrieras las cuentas falsas para que dejaras de buscar el verdadero dinero.

—¿Qué dinero?

—El fondo original de tu familia. El que tu padre creó hace diecisiete años.

Miré hacia el pasillo.

—¿Quién lo controla?

Elena cerró los ojos.

—Yo.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué?

—Me contrataron para administrar las cuentas cuando tenía veintidós años. Tu padre confiaba en mí. Cuando desapareció, recibí instrucciones para mantener el fondo oculto hasta que llegara el momento de transferirlo a tu nombre.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Elena empezó a llorar.

—Porque la persona que me dio esas instrucciones también tenía pruebas de que yo había falsificado documentos para proteger a tu padre.

Me aparté ligeramente.

—¿Falsificaste documentos?

—Sí.

—¿Cuáles?

—Los que permitieron que tu padre y tu madre desaparecieran legalmente.

La miré, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

Mi directora financiera había participado en la desaparición de mis padres.

Había ocultado el fondo familiar.

Y durante años había trabajado a mi lado, ayudándome a dirigir la empresa.

—¿Quién te ordenó hacerlo? —pregunté.

Elena tragó saliva.

—Tu madre.

—¿Margaret?

Asintió.

—Pero no fue ella quien ideó el plan. Recibió instrucciones de alguien más.

—¿Quién?

Elena me agarró la muñeca.

—Tu padre sabía quién era. Por eso me pidió que mantuviera el fondo intacto. Dijo que, si alguna vez regresabas a buscarlo, debía entregarte una carta.

Sacó un sobre pequeño del interior de su chaqueta.

Estaba manchado de sangre.

En el frente aparecía mi nombre.

Ethan.

Lo abrí con dedos temblorosos.

La letra era de mi padre.

Hijo:

Si has llegado hasta aquí, significa que la persona que nos traicionó finalmente ha cometido un error. No confíes en las personas que intentan protegerte sin explicarte por qué. Ni siquiera en mí.

Continué leyendo.

Durante años creí que el dinero era la razón por la que nuestra familia estaba en peligro. Me equivoqué. El dinero solo era una herramienta. El verdadero objetivo era algo que tu abuelo dejó escondido antes de morir.

Debajo había una segunda página.

Busca la habitación que nunca existió en los planos originales de la mansión. Allí encontrarás el documento que demuestra quién eres realmente.

Me quedé inmóvil.

Nuestra antigua mansión había sido vendida hacía cuatro años.

El nuevo propietario había renovado la propiedad y convertido parte de ella en un centro privado de eventos.

Pero recordaba cada pasillo.

Cada escalera.

Cada habitación donde había jugado de niño.

Y nunca había escuchado hablar de una habitación secreta.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Elena negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé. Solo recibí la carta hace dos semanas.

—¿Por qué la guardaste?

—Porque la persona que controla el fideicomiso me llamó y me dijo que, si te entregaba esa carta, todos estaríamos muertos antes del amanecer.

Sentí que la rabia comenzaba a sustituir al miedo.

—¿Quién controla el fideicomiso?

Elena me miró a los ojos.

—Tu madre nunca tuvo el control completo. Tu padre tampoco. El beneficiario original fue nombrado por tu abuelo, y nadie ha podido cambiar esa designación.

—¿Quién es el beneficiario?

Elena empezó a temblar.

—No eres tú.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Daniel regresó por la puerta trasera.

Llevaba el arma de Marcus en una mano y una expresión sombría.

—Escapó —dijo—. Pero dejó esto.

Me mostró un pequeño dispositivo de grabación.

—Lo encontré junto al automóvil.

Presionó el botón.

La voz de Marcus llenó el vestíbulo.

—El trabajo estará terminado cuando el heredero firme la renuncia. Si se niega, eliminamos cualquier vínculo que pueda reclamar los activos.

Después se escuchó otra voz.

Una voz femenina.

—No quiero que lo maten.

Sentí que la sangre se me helaba.

Era mi madre.

—Entonces asegúrate de que firme —respondió Marcus—. Si no lo hace, el señor Mercer dará la orden.

La grabación terminó.

Elena se cubrió el rostro con las manos.

—No puede ser.

La miré.

—¿Qué cosa?

—Tu madre no quiere el dinero. Quiere evitar que se revele lo que hay en la habitación secreta.

—¿Qué hay allí?

Elena negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero tu abuelo dejó instrucciones muy claras: el documento solo podía abrirse cuando el heredero cumpliera treinta y cinco años.

Yo tenía treinta y cuatro.

Faltaban tres semanas para mi cumpleaños.

Y entonces recordé otra cosa.

Mi padre me había dejado una carta años atrás, entregada por un abogado después del funeral. Siempre pensé que era una despedida.

Nunca la había abierto porque me resultaba demasiado doloroso leerla.

La guardaba en una caja de seguridad personal.

En el sobre, mi padre había escrito una sola frase:

No abras esto hasta que alguien intente quitarte lo que nunca supiste que era tuyo.

Saqué el teléfono.

Necesitaba encontrar a mi madre antes de que lo hiciera Chad.

Pero antes de marcar su número, llegó una llamada.

Número privado.

Contesté.

—¿Quién habla?

Una voz femenina respondió.

—Soy Margaret.

Me quedé sin palabras.

—Mamá…

—No digas nada. Escúchame con atención. Marcus trabaja para Chad, pero Chad no es el hombre que dio la orden. Daniel tampoco te ha contado toda la verdad.

Miré al investigador.

Su rostro había perdido el color.

—¿Qué verdad? —pregunté.

Mi madre respiró profundamente.

—Tu padre no desapareció para protegerte de un enemigo, Ethan. Desapareció porque descubrió que tú no eras su hijo biológico.

Sentí que las paredes comenzaban a cerrarse a mi alrededor.

—¿Qué acabas de decir?

—Tu abuelo te nombró heredero porque sabía quién era tu verdadero padre.

La llamada se interrumpió.

Miré a Daniel.

No dijo nada.

No intentó negarlo.

Simplemente bajó la cabeza.

Y en aquel silencio comprendí que la última mentira de mi familia acababa de salir a la luz.

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Mi nombre era Ethan Vance.

Pero quizá el apellido que había defendido durante toda mi vida nunca me había pertenecido.

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