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Chapter 6: La madre que nunca debió regresar

Durante unos segundos, no pude respirar.

Mi madre había muerto cuando yo tenía diecinueve años.

Un accidente de carretera, según el informe oficial.

Mi padre nunca hablaba de aquella noche. Solo decía que había hecho todo lo posible para salvarla.

Después de su muerte, se volvió un hombre distinto. Más reservado. Más obsesionado con protegerme de los negocios familiares.

Y ahora Brooke estaba frente a mí, asegurando que mi madre seguía viva.

—No vuelvas a utilizar a mi madre para manipularme —dije.

Brooke negó con la cabeza.

—No estoy mintiendo.

—Entonces explícame por qué llevo años visitando su tumba.

—Porque tu padre necesitaba que todos creyeran que estaba muerta.

Me reí, pero el sonido salió roto.

—¿Mi padre también fingió la muerte de mi madre?

Brooke miró hacia las puertas del jardín.

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

—Tu madre sobrevivió al accidente. Pero cuando despertó en el hospital, descubrió que alguien había utilizado su identidad para autorizar transferencias bancarias. Si regresaba a casa, la acusarían de fraude y podrían encarcelarla.

—¿Quién la incriminó?

Brooke cerró los ojos.

—Tu tío Richard.

La miré fijamente.

Otra vez mi tío.

Otra vez un hombre que ya no podía defenderse.

—Mi madre murió hace diecisiete años —dije—. Mi padre me lo confirmó personalmente.

—Porque creía que era la única manera de mantenerte a salvo.

—¿A salvo de quién?

Brooke me tomó la mano.

—De la misma persona que ahora está intentando quedarse con tu empresa.

Me aparté.

—Basta de acertijos. Si tienes pruebas, enséñamelas.

Brooke sacó su teléfono y abrió una fotografía.

Era una imagen de una mujer sentada junto a una ventana. Tenía el cabello más corto, algunas arrugas alrededor de los ojos y una cicatriz fina cerca de la sien.

Pero reconocí su sonrisa.

La misma sonrisa que aparecía en las fotografías de mi infancia.

La misma que recordaba de las mañanas en que me preparaba el desayuno antes de ir a la escuela.

Debajo de la imagen había una fecha.

Dos días atrás.

Y una ubicación: una pequeña propiedad en las afueras de San Francisco.

—¿Dónde conseguiste esto? —pregunté.

—Me la enviaron hace tres semanas.

—¿Quién?

—Una persona que trabaja para tu familia desde hace mucho tiempo.

—¿Mi padre?

Brooke negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces quién?

Antes de responder, miró por encima de mi hombro.

Chad acababa de aparecer en la entrada del jardín.

—Brooke —dijo—. Tenemos que irnos.

Ella se estremeció.

—Dame cinco minutos.

—Ahora.

Chad se acercó y me miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Ethan, espero que no estés molestando a mi prometida.

—Tu prometida acaba de decirme que mi madre está viva.

El rostro de Chad se endureció.

Brooke retrocedió un paso.

—Chad, no.

Él la sujetó del brazo.

—¿Qué le has dicho?

—Suéltame.

La voz de Brooke tembló, pero no apartó la mirada.

Chad apretó los dedos.

—Te hice una pregunta.

Intervine antes de que pudiera responder.

—Quítale la mano de encima.

Chad me miró con desprecio.

—No te metas en esto.

—Acabas de agarrar a una mujer delante de varios testigos. Ya estoy metido.

Richard, el director del hotel, se acercó rápidamente con dos guardias de seguridad.

Chad soltó a Brooke.

—Esto es un asunto privado.

—No mientras ocurra en mi propiedad —respondí.

Por primera vez, Chad pareció recordar que no era él quien controlaba el lugar.

—Estás cometiendo un error, Ethan.

—Probablemente. Pero no creo que tú estés en posición de darme consejos.

Los guardias se quedaron cerca, esperando instrucciones.

Chad acomodó su chaqueta.

—Brooke, nos vamos.

Ella miró el teléfono que todavía sostenía.

Después me miró a mí.

—No puedo ir contigo.

—No te he pedido que vengas conmigo.

Su rostro se contrajo.

—Ethan, por favor. Hay cosas que todavía no entiendes.

—Entonces empieza a explicarlas.

Chad dio un paso hacia ella.

—No vas a decir una sola palabra más.

Brooke lo miró.

Y entonces ocurrió algo que nunca habría esperado.

Le dio una bofetada.

El sonido resonó en el jardín.

Chad se quedó inmóvil, con una mano apoyada en la mejilla.

—Ya no voy a obedecerte —dijo ella.

Después se volvió hacia mí.

—Tu madre está viva. Tu padre también. Y los dos llevan años intentando descubrir quién ordenó el accidente de tu madre.

—¿Quién lo ordenó?

Brooke tragó saliva.

—La persona que ahora controla el fideicomiso principal de la familia Vance.

Mi teléfono vibró.

Era Elena.

Contesté inmediatamente.

—Dime que encontraste algo.

—Encontré una transferencia de emergencia realizada desde una cuenta familiar hace tres semanas —respondió—. El dinero se envió a una propiedad residencial en California.

Miré la fotografía de mi madre.

—¿Cuál es la dirección?

Elena me la leyó.

Era la misma que aparecía en el teléfono de Brooke.

—¿Quién hizo la transferencia?

Hubo una pausa.

—Ethan, necesito que estés preparado para esto.

—Dímelo.

—La autorización lleva tu firma.

Miré mis manos.

—Eso es imposible.

—La transferencia fue aprobada desde tu cuenta personal y autenticada con un código enviado a un número telefónico que termina en 4421.

Reconocí los últimos cuatro dígitos.

Era el número que había utilizado durante años para las comunicaciones privadas de la familia.

El mismo número que había dejado de usar después del accidente.

—¿Quién tiene acceso a ese teléfono? —pregunté.

Elena tardó en responder.

—Según los registros, el dispositivo fue activado nuevamente hace tres semanas por una persona autorizada para administrar tus bienes durante tu recuperación.

Sentí que el estómago se me contraía.

—¿Quién?

—Tu madre.

El mundo pareció detenerse.

No solo estaba viva.

Alguien había utilizado mi cuenta para enviarle dinero.

Y, según los registros, ella tenía acceso a mis bienes.

—Elena, bloquea todas las transferencias pendientes y conserva cada documento. No cambies nada más hasta que sepamos quién está detrás de esto.

—Entendido.

Colgué.

Brooke me observaba con lágrimas en los ojos.

—¿Ves por qué no podía hablar? —susurró—. Si decía algo antes de tener pruebas, todos habrían sabido que tu madre estaba viva.

—¿Y Chad?

—Chad cree que ella tiene los documentos originales que pueden destruirlo. Por eso ha estado intentando encontrarla.

—¿Y tú qué querías?

Brooke bajó la mirada.

—Al principio, quería cumplir con lo que me habían pedido. Después me enamoré de ti. Cuando ocurrió el accidente, intenté alejarme para protegerte, pero Chad descubrió que yo había guardado copias de los documentos.

—Así que te fuiste con él.

—Me amenazó. Dijo que si no seguía fingiendo que estaba de su lado, haría que te declararan incapaz de administrar tus bienes.

La observé durante un largo instante.

—Podrías haberme dicho la verdad.

—Sí.

—Podrías haber confiado en mí.

—Sí.

—Pero preferiste dejarme creer que no significaba nada para ti.

Brooke empezó a llorar.

—Lo siento, Ethan.

No respondí.

El dolor de sus mentiras no desaparecía porque ahora tuviera una explicación.

El amor no convertía la traición en algo aceptable.

—Dame la dirección exacta de la propiedad —dije.

Brooke sacó una tarjeta del bolso y escribió unos números en el reverso.

—Hay algo más que debes saber.

—¿Qué?

—Tu madre no está sola.

Miré la tarjeta.

—¿Quién está con ella?

Brooke se acercó y bajó la voz.

—El hombre que supuestamente murió en el accidente de tu padre.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, las luces del salón se apagaron.

Se escucharon gritos.

Una puerta se cerró de golpe.

Y alguien me empujó desde atrás.

Perdí el equilibrio.

Mi pierna izquierda cedió y caí contra una mesa, sintiendo un dolor agudo que me atravesó la cadera.

—¡Ethan! —gritó Isabella desde algún lugar cercano.

Intenté incorporarme, pero una mano me sujetó del hombro.

Una voz masculina susurró junto a mi oído:

—Tu padre cometió el mismo error que tú. Confió en las personas equivocadas.

Después sentí que me deslizaban algo dentro del bolsillo de la chaqueta.

La mano desapareció.

Las luces regresaron unos segundos más tarde.

Brooke estaba arrodillada junto a mí.

Isabella apartaba a los curiosos para abrirme espacio.

Chad había desaparecido.

Y Daniel Cross estaba junto a la puerta, mirando fijamente a un hombre que se alejaba por el pasillo.

—¿Quién era? —pregunté, intentando ponerme de pie.

Daniel no respondió.

Metí la mano en mi bolsillo y encontré un pequeño sobre blanco.

Dentro había una fotografía de mi madre junto a un hombre cuyo rostro había visto cientos de veces en los retratos familiares.

Mi padre.

En el reverso, una frase escrita con tinta roja:

*«Tu madre no fingió su muerte para salvarte. Fingió su muerte porque fue ella quien ordenó la de tu padre».*

Levanté la mirada hacia Daniel.

Él había visto la fotografía.

Y por la expresión de su rostro, comprendí que acababa de descubrir algo que ni siquiera él sabía.

Mi madre no era solamente una testigo.

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Podía ser la persona que había iniciado todo.

Y si eso era cierto, el secreto más peligroso de la familia Vance todavía estaba esperando en aquella casa a las afueras de San Francisco.

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