Chapter 7: La fotografía que destruyó la última esperanza
—Dime que esa nota es falsa —le exigí a Daniel.
El investigador seguía mirando la fotografía como si acabara de reconocer el rostro de un fantasma.
Mi madre aparecía junto a mi padre frente a una casa que nunca había visto. Él tenía una mano sobre su hombro. Ella sonreía a la cámara, pero sus ojos parecían cansados.
En el reverso, aquellas palabras seguían quemándome la mente.
Tu madre no fingió su muerte para salvarte. Fingió su muerte porque fue ella quien ordenó la de tu padre.
—¿Quién escribió esto? —pregunté.
Daniel tomó el sobre y examinó sus bordes.
—No lo sé.
—¡Trabajaste para mi padre durante años! ¡Me acabas de decir que conoces a mi madre! ¡Y ahora resulta que no sabes nada!
—Ethan, escúchame.
—No. Tú vas a escucharme a mí. Mi padre está vivo, mi madre está viva, mi tío supuestamente estaba muerto cuando todo comenzó, Brooke fue contratada para vigilarme y alguien intentó matarme. ¿Qué parte de esta historia todavía no me has contado?
Daniel bajó la mirada.
—La parte que nunca conseguí demostrar.
Isabella se arrodilló a mi lado para ayudarme a acomodarme en la silla de ruedas.
—Señor Vance, necesita respirar.
—Estoy respirando.
—No como debería.
La miré. Su rostro estaba pálido, pero sus manos se movían con cuidado, evitando presionar la zona de mi cadera que me dolía.
A pesar de todo lo ocurrido, seguía preocupándose por mí.
No por mi apellido.
No por mis inversiones.
Por mí.
Intenté tranquilizarme.
—Gracias, Isabella.
Ella asintió y se levantó.
Daniel guardó la fotografía en el sobre.
—Hay una cosa que debes saber sobre tu madre. Antes de que desapareciera, administraba las cuentas personales de tu padre. Tenía acceso a documentos que nadie más podía consultar.
—¿Incluidos los de Vance Legacy Holdings?
—Sí.
—¿Y los documentos que prueban que alguien robó el dinero de la fundación?
—También.
Miré la fotografía una vez más.
—Entonces podría haberlo hecho.
Daniel no respondió.
Y su silencio fue peor que cualquier acusación.
Richard Hale apareció en el jardín acompañado por dos guardias.
—Señor Vance, la policía está de camino. Las cámaras registraron a un hombre entrando por el pasillo de servicio antes del apagón.
—¿Pudieron identificarlo?
—Llevaba una gorra y una mascarilla. Pero conseguimos una imagen de su vehículo.
Me mostró una fotografía en su teléfono.
Era un sedán negro estacionado junto a la entrada de empleados.
La matrícula estaba parcialmente cubierta.
—¿Y Chad? —pregunté.
Richard apretó los labios.
—Abandonó el hotel por una salida lateral hace unos minutos.
Miré a Brooke.
Ella estaba junto a una columna, abrazándose a sí misma.
—¿Sabías que iba a ocurrir esto?
—No —respondió inmediatamente—. Te lo juro.
—¿Y por qué debería creerte?
Brooke abrió la boca, pero no consiguió contestar.
Finalmente, sacó una memoria USB del bolso.
—Porque esto es lo que intentaba entregarte desde el principio.
No la tomé.
—¿Qué contiene?
—Copias de las transferencias que Chad hizo utilizando sociedades relacionadas con tu familia. También hay grabaciones de varias conversaciones.
Daniel extendió la mano.
—Dámela.
Brooke retrocedió.
—No.
—Brooke, si contiene lo que dices, necesitamos protegerla.
—¿Protegerla? ¿Como protegiste a Ethan? ¿Como protegiste a su padre?
Daniel se quedó inmóvil.
La expresión de Brooke se endureció.
—No confío en ti.
—No tienes que confiar en mí —respondió Daniel—. Pero si esa memoria contiene pruebas, debes entender que alguien puede estar dispuesto a matarte por ella.
Brooke miró hacia las puertas del hotel.
Después me entregó la memoria.
—Solo quiero que sepas que no todo lo que hice contigo fue mentira.
Guardé el dispositivo en el bolsillo interior de mi chaqueta.
—Eso tendrás que demostrarlo.
Brooke asintió con lágrimas en los ojos.
—Lo haré.
Cuando se marchó, Daniel me ayudó a llegar a una sala privada. Richard llamó a un médico para que revisara mi cadera mientras Isabella se quedó cerca de la puerta.
El médico confirmó que no había una nueva fractura, pero recomendó reposo y evitar esfuerzos.
Yo apenas lo escuché.
Tenía la memoria USB sobre la mesa y una pregunta que no dejaba de repetirse.
¿Mi madre había intentado matar a mi padre?
Esperé hasta que el médico se fue.
—Quiero ver los archivos —dije.
Daniel conectó la memoria a un portátil sin conexión a internet. Había treinta y siete documentos, nueve fotografías y cuatro grabaciones de audio.
Abrimos primero una carpeta titulada Mercer.
Los archivos mostraban transferencias realizadas a través de empresas intermediarias. Algunas se remontaban a cinco años atrás.
Chad había estado desviando dinero de proyectos inmobiliarios y utilizando firmas falsificadas para ocultar los movimientos.
Pero aquello era solo una parte.
En otra carpeta aparecían pagos mensuales a una empresa de seguridad privada.
El beneficiario final era una sociedad registrada bajo el nombre de Richard Vance.
Mi tío.
—¿Cómo es posible? —murmuré.
Daniel examinó las fechas.
—La sociedad siguió activa después de su muerte.
—¿Quién la administraba?
Abrió un documento.
En la última página aparecía una firma.
Margaret Vance.
Mi madre.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
No quería creerlo.
Pero la documentación era demasiado detallada para ignorarla.
—Pon la primera grabación —ordené.
La voz de Chad llenó la sala.
—El dinero estará disponible después de la firma. Necesito que Ethan permanezca fuera de las decisiones durante al menos seis meses.
Después se escuchó una voz femenina.
—¿Y si se recupera antes?
La voz era más baja, más madura.
Pero la reconocí.
Era mi madre.
—Entonces tendremos que encontrar otra manera de detenerlo.
La grabación terminó.
Isabella se llevó una mano a la boca.
Daniel cerró los ojos.
Yo permanecí inmóvil.
La mujer que me había enseñado a andar en bicicleta.
La mujer que me besaba la frente cuando tenía pesadillas.
La mujer cuya tumba había visitado cada año.
Había hablado de mí como si fuera un obstáculo que debía eliminarse.
—Necesito escuchar la segunda grabación —dije.
Daniel negó lentamente con la cabeza.
—Ethan, quizá deberíamos esperar.
—Ponla.
Presionó el botón.
Al principio solo se escuchaba ruido de fondo.
Después, mi madre habló otra vez.
—No voy a permitir que mi hijo termine como su padre.
Chad respondió:
—Entonces tendrás que aceptar que no puedes controlar todas las consecuencias.
—Yo controlo las consecuencias que importan.
Hubo una pausa.
Después se escuchó una tercera voz.
Una voz masculina que conocía demasiado bien.
—Margaret, si Ethan descubre la verdad, ninguno de nosotros saldrá de esto con vida.
Mi padre.
La grabación se interrumpió.
Me levanté lentamente de la silla, ignorando el dolor.
—Esa voz…
Daniel asintió.
—Sí.
—Mi padre sabía lo que estaba haciendo.
—Parece que sí.
Me acerqué a la ventana.
Por primera vez, dejé de preguntarme si mi madre era inocente.
La pregunta era mucho peor.
¿Qué sabía mi padre sobre ella?
¿Y por qué había aceptado participar en algo que parecía amenazar la vida de su propio hijo?
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
La casa de San Francisco. Mañana, a las seis de la mañana. Ven solo si quieres saber por qué tu madre sigue viva.
Debajo había una segunda línea.
Y trae la fotografía de tu padre. La original, no la copia que te entregaron.
Miré a Daniel.
—¿Cómo saben que tenemos la fotografía?
Él no respondió.
En ese momento, Richard abrió la puerta.
—Señor Vance, acaba de llegar una llamada para usted.
—¿De quién?
Richard parecía aterrorizado.
—De la propiedad de San Francisco.
Me entregó el teléfono.
Lo llevé al oído.
—¿Quién habla?
Durante varios segundos solo escuché respiración.
Después, una voz de mujer susurró:
—Ethan, hijo mío. Si todavía recuerdas mi voz, por favor, no vengas aquí.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Mamá?
La voz se quebró.
—Tu padre está conmigo. Y acaba de descubrir que alguien de tu círculo más cercano ha estado intentando terminar lo que comenzó hace diecisiete años.
La llamada se cortó.
Miré la pantalla.
Antes de que pudiera volver a llamar, llegó un último mensaje.
Una fotografía de la entrada de aquella casa.
En la puerta había una mancha oscura.
Y debajo, escrito con pintura roja, aparecía mi nombre completo.
Ethan Alexander Vance.
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Alguien sabía que iba a ir.
Y alguien estaba dispuesto a recibirme.