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Chapter 3: La mujer que sabía demasiado

No volví a sentarme.

Me quedé de pie junto a Isabella, sosteniendo la nota entre los dedos mientras el salón recuperaba lentamente su ruido habitual.

Las conversaciones continuaron, las copas chocaron y el cuarteto de cuerdas empezó una nueva pieza.

Era increíble lo rápido que las personas podían regresar a sus pequeñas celebraciones cuando el peligro todavía no las alcanzaba directamente.

—¿Quiere que llame a la policía? —preguntó Isabella.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Doblé la nota y la guardé en el bolsillo interior de mi chaqueta.

—Porque no sé quién la envió ni si está diciendo la verdad.

—Pero menciona su accidente.

—Lo sé.

—Y alguien falsificó su firma.

La miré.

—También lo sé.

Isabella respiró profundamente.

—Entonces hay dos posibilidades. O alguien está intentando asustarlo, o alguien sabe algo que usted no sabe.

—Esa es una manera bastante buena de resumirlo.

—No parece muy sorprendido.

—Estoy intentando no reaccionar antes de entender lo que está pasando.

Ella miró mis manos.

—Le están temblando.

Tenía razón.

Había pasado meses soportando rehabilitación, operaciones y noches enteras sin poder dormir por el dolor. Me había acostumbrado a fingir tranquilidad frente a los médicos y los empleados.

Pero la idea de que alguien hubiera provocado deliberadamente el accidente me devolvía a aquella noche.

El olor a gasolina.

El cristal roto.

El ruido del metal deformándose.

Y la voz de un paramédico que me pedía que no cerrara los ojos.

—Señor Vance —dijo Isabella con suavidad—, no tiene que demostrarle nada a nadie.

La miré.

—¿Qué quieres decir?

—Todo el mundo está esperando ver si se derrumba. No tiene que darles el espectáculo.

Sus palabras me hicieron recordar algo que mi fisioterapeuta repetía cada vez que intentaba caminar más de lo recomendado.

Recuperarse no significa demostrar que no te duele.

Significa aprender a avanzar incluso cuando duele.

Asentí.

—Gracias.

Isabella miró hacia la cocina.

—Debería regresar antes de que el señor Collins me despida.

—¿Te despediría por hablar conmigo?

—No me despediría oficialmente. Simplemente dejaría de asignarme turnos.

—Eso no es mucho mejor.

—No. Pero así funcionan las cosas.

Antes de que pudiera responder, una voz femenina nos interrumpió.

—Ethan.

Brooke estaba frente a nosotros.

De cerca, su sonrisa parecía demasiado tensa. Tenía los ojos fijos en mi rostro, pero cada pocos segundos miraba hacia la nota que sobresalía ligeramente de mi bolsillo.

—Necesito hablar contigo —dijo.

—Puedes hablar.

Miró a Isabella.

—A solas.

—Isabella puede quedarse.

Brooke soltó una risa incrédula.

—¿Ahora necesitas una empleada para que te acompañe?

—Necesito personas que no me mientan.

Su expresión se endureció.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Entonces explícame.

Brooke miró alrededor y bajó la voz.

—No aquí.

—Curioso. Hace veinte minutos no tenías ningún problema en humillarme delante de todos.

—Eso era diferente.

—¿En qué sentido?

Abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata.

Finalmente, suspiró.

—Ethan, por favor. Chad está haciendo negocios importantes esta noche. No quiero que provoques una escena que pueda perjudicarlo.

La miré durante varios segundos.

—¿Te preocupa que perjudique a Chad?

—Me preocupa que estés tomando decisiones impulsivas.

—¿Como levantarme de mi silla?

Brooke palideció ligeramente.

—Sabes que no quise decir eso.

—Entonces, ¿qué quisiste decir?

Se acercó un poco más.

—No estás bien. Has pasado por muchas cosas. A veces puedes interpretar mal las situaciones.

Isabella dejó la bandeja sobre una mesa cercana.

—Con todo respeto, señorita, él parece entender perfectamente lo que está pasando.

Brooke la miró como si acabara de descubrir una mancha en su vestido.

—No recuerdo haberte preguntado nada.

—Y yo no recuerdo haberle pedido permiso para hablar.

—Isabella —dije suavemente.

La joven guardó silencio, aunque no bajó la mirada.

Brooke volvió a concentrarse en mí.

—¿Ves? Esto es exactamente a lo que me refiero. Te rodeas de personas que te dicen lo que quieres escuchar.

—¿Y tú qué me dices?

Sus ojos brillaron.

Por un instante, pareció que iba a llorar.

Conocía aquella expresión. Había visto a Brooke utilizarla para conseguir disculpas, favores y segundas oportunidades.

Pero esta vez había algo diferente.

Miedo.

—Te digo que deberías irte a casa —susurró—. Antes de que sea demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde para qué?

Ella miró hacia el escenario.

Chad acababa de terminar una conversación con dos inversionistas y se dirigía hacia nosotros.

—Brooke —dijo él, sonriendo—. ¿Todo bien?

—Sí.

Respondió demasiado rápido.

Chad me observó.

—Ethan. Me alegra ver que sigues disfrutando de la noche.

—¿También te alegra saber que no autoricé los cincuenta millones de dólares que acabas de anunciar?

Su sonrisa desapareció.

Brooke se quedó inmóvil.

Chad miró a su alrededor y soltó una carcajada artificial.

—Creo que hay un malentendido.

—Entonces acláralo.

—Los documentos están en proceso de formalización.

—Mi firma aparece en un contrato que nunca he visto.

—Tu equipo debe haber cometido un error.

—Mi equipo no firma por mí.

Chad se acercó lo suficiente para que los demás invitados no pudieran escucharlo.

—No tienes idea de con quién te estás metiendo.

—Eso mismo iba a decirte.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Después Chad sonrió de nuevo, como si acabara de recordar que había cámaras alrededor.

—Creo que deberíamos discutirlo con nuestros abogados.

—Excelente idea.

Se dio la vuelta.

Brooke lo siguió, pero antes de marcharse me lanzó una mirada que no conseguí interpretar.

No parecía alivio.

Parecía una advertencia.

Mi teléfono vibró.

Esta vez era mi directora financiera, Elena Ruiz.

Contesté inmediatamente.

—Dime que tienes algo.

—Tengo varias cosas —respondió Elena—. Y ninguna me gusta.

—Empieza por la firma.

—La firma digital fue generada utilizando un certificado asociado a una antigua cuenta de tu familia. El acceso se registró hace once días desde un dispositivo autorizado.

—¿Quién tenía acceso?

Elena guardó silencio durante un instante.

—Según el registro original, tú y tu padre.

Sentí un nudo en el estómago.

Mi padre había muerto cuando yo tenía veintisiete años. Desde entonces, yo había supervisado personalmente la administración de sus inversiones.

—¿Es posible que alguien haya clonado el certificado?

—Sí. Pero hay algo más. El dinero no iba a transferirse directamente a Mercer Capital Partners. Iba a pasar por una sociedad intermediaria registrada en Nevada.

—¿Cuál?

Elena pronunció el nombre.

Sentí que el salón entero se inclinaba a mi alrededor.

La sociedad se llamaba Vance Legacy Holdings.

Era una de las empresas que mi padre había creado años atrás.

Una compañía que, según los registros de nuestra familia, llevaba casi una década inactiva.

—Eso es imposible —murmuré.

—Yo también lo pensé. Pero alguien ha reactivado la sociedad y presentado documentos que parecen legítimos.

—¿Quién figura como administrador?

Elena respiró profundamente.

—No vas a querer escuchar esto.

—Dímelo.

—Brooke Bennett.

Por un instante, dejé de oír la música.

Brooke.

La mujer que había dormido junto a mi cama cuando los médicos todavía no sabían si podría caminar.

La mujer que me había besado la frente y prometido que no me abandonaría.

La mujer que ahora llevaba el anillo de otro hombre.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Completamente. La documentación se presentó hace seis semanas.

Seis semanas.

El accidente había ocurrido seis meses atrás.

Eso significaba que alguien llevaba semanas preparando el movimiento de dinero.

—Elena, quiero que investigues cada transferencia, cada firma y cada persona vinculada a esa sociedad. No contactes a Brooke ni a Chad.

—Ya estoy trabajando en ello.

—Y Elena…

—¿Sí?

Miré a Brooke al otro lado del salón.

Ella estaba escuchando a Chad, pero tenía el teléfono apretado entre las manos.

—Averigua si alguien solicitó información sobre mi accidente antes de que ocurriera.

Hubo un silencio prolongado.

—Ethan, ¿por qué preguntas eso?

Saqué la fotografía del sobre y miré la marca negra junto al neumático.

—Porque creo que mi accidente podría no haber sido un accidente.

Elena no respondió inmediatamente.

Cuando finalmente habló, su voz había cambiado.

—Hay algo que debes saber. Hace dos semanas recibí una llamada de un investigador privado. Quería consultar los archivos de tu seguro y los registros de mantenimiento de tu automóvil.

—¿Quién lo contrató?

—No lo sé. Pero dejó un número de referencia.

—Envíamelo.

—Ya lo hice.

Mi teléfono vibró con un mensaje.

Abrí el archivo adjunto.

El nombre del investigador apareció en la pantalla.

Daniel Cross.

Debajo había una nota de Elena.

Este hombre trabajó para tu padre durante años. Desapareció de nuestros registros después de su muerte.

Levanté la cabeza.

Al otro lado del salón, Brooke acababa de ver mi expresión.

Su copa tembló entre los dedos.

Entonces hizo algo que me heló la sangre.

Se acercó a Chad, le susurró unas palabras y señaló discretamente hacia mí.

Chad dejó de sonreír.

Sacó su teléfono y escribió un mensaje.

Un segundo después, el mío vibró.

Número desconocido.

Si quieres saber quién manipuló tu automóvil, deja de mirar a Brooke y pregunta qué ocurrió con Daniel Cross.

Debajo apareció una segunda línea.

Pero hazlo antes de medianoche. Porque el hombre que estás buscando acaba de entrar en el hotel.

Miré hacia las puertas principales.

Un hombre de cabello gris acababa de cruzar el vestíbulo.

Llevaba un abrigo oscuro y caminaba con una ligera cojera.

Lo reconocí por la fotografía del archivo.

Daniel Cross.

El antiguo investigador privado de mi padre.

Y el hombre que llevaba seis meses desaparecido.

Cuando nuestros ojos se encontraron, se detuvo en seco.

Después miró a Brooke.

Y negó lentamente con la cabeza, como si acabara de descubrir que ella estaba allí.

Brooke dejó caer su copa.

El cristal se hizo añicos contra el suelo.

Daniel comenzó a caminar hacia mí.

Pero antes de que pudiera llegar, Chad se interpuso en su camino y le susurró algo al oído.

El rostro del investigador palideció.

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Luego se volvió hacia mí y pronunció tres palabras que apenas conseguí leer desde el otro extremo del salón.

*«Tu padre vive».*

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