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Chapter 8: La casa donde los muertos seguían hablando

A las cinco de la mañana, estaba sentado en el asiento del copiloto de un automóvil blindado, mirando cómo las luces de Los Ángeles desaparecían detrás de nosotros.

Daniel conducía.

Isabella estaba en el asiento trasero, con una mochila sobre las piernas y el teléfono apagado.

Le había pedido que no viniera.

Me había respondido que no tenía ninguna intención de dejarme enfrentarme solo a una casa donde supuestamente vivían dos personas que el mundo creía muertas.

—No tienes que demostrarme nada —le dije mientras salíamos de la autopista.

—No estoy intentando demostrarte nada.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Isabella miró por la ventana.

—Porque anoche alguien intentó empujarte por unas escaleras. Porque recibiste una amenaza de muerte. Y porque, a pesar de todo eso, sigues preocupado por descubrir quién te mintió.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

—Que si alguien intenta hacerte daño otra vez, prefiero estar cerca para pedir ayuda.

Daniel soltó una pequeña risa.

—Tiene más sentido común que nosotros dos juntos.

—Eso no es difícil —respondió Isabella.

Por primera vez desde la gala, sonreí.

Pero la sonrisa desapareció cuando Daniel tomó una carretera estrecha rodeada de árboles.

La propiedad apareció al final de un camino privado. Era una casa de dos plantas, con paredes de piedra y ventanas altas. Un jardín descuidado rodeaba la entrada.

No parecía un escondite.

Parecía una casa donde una familia había dejado de vivir hacía mucho tiempo.

Daniel estacionó a unos cincuenta metros.

—Algo no está bien —murmuró.

—¿Qué?

Señaló la entrada.

La puerta principal estaba abierta.

—Tu madre dijo que no vinieras. Si realmente quería mantenerte a salvo, habría cerrado la casa.

Saqué el teléfono.

No había señal.

—¿Podemos llamar a la policía?

Daniel negó con la cabeza.

—Primero necesitamos saber si hay alguien dentro. Si tu madre está allí, no voy a dejar que un grupo de desconocidos entre antes de entender qué está ocurriendo.

—¿Y si es una trampa?

—Entonces no entraremos solos.

Daniel abrió la guantera y sacó una pequeña linterna.

Isabella se inclinó hacia delante.

—Yo me quedaré aquí y llamaré a emergencias en cuanto tenga señal.

—No te alejes del automóvil —le dije.

Ella asintió.

Daniel y yo avanzamos por el sendero.

Cada paso me recordaba que mi cuerpo todavía no estaba preparado para esfuerzos prolongados. La pierna izquierda me dolía y tenía que detenerme cada pocos metros.

Pero no iba a regresar.

No después de diecisiete años de mentiras.

La puerta crujió cuando Daniel la empujó.

—¿Margaret? —llamó.

Nadie respondió.

El vestíbulo olía a madera húmeda y café recién hecho.

Sobre una mesa había dos tazas.

Una seguía caliente.

Al lado descansaba un periódico del día anterior y un pequeño frasco de medicamentos.

—Alguien estuvo aquí hace poco —dije.

Daniel examinó el pasillo.

—No toques nada.

Avanzamos hacia la sala.

Había fotografías en las paredes. Algunas mostraban paisajes. Otras, edificios antiguos y calles de ciudades que no reconocía.

Entonces vi una fotografía familiar.

Mi padre estaba sentado en un sofá.

Mi madre aparecía detrás de él, con una mano apoyada en su hombro.

Y en medio de ambos había un niño pequeño.

Yo.

Tendría unos cinco años.

En el reverso de la fotografía, alguien había escrito:

La familia Vance, antes de que todo comenzara.

Me quedé mirándola durante varios segundos.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Daniel se acercó.

—No lo sé.

—Deja de decirme que no sabes nada.

—Ethan, estoy intentando ayudarte.

—¿Ayudarme? ¡Conocías a mi padre, organizaste mi encuentro con Brooke y ahora resulta que mi madre podría haber intentado matarnos a todos!

Daniel apretó los labios.

—Tu padre me pidió que te protegiera. Eso es lo único que he intentado hacer desde que descubrí lo que ocurrió.

—Entonces dime la verdad.

Daniel guardó silencio.

Después sacó una llave de su bolsillo.

—Hay una habitación en el sótano. Tu padre me pidió que no entrara hasta que tú estuvieras aquí.

—¿Mi padre estuvo en esta casa?

—Sí.

Bajamos por una escalera estrecha.

El sótano estaba iluminado por una única bombilla. Había archivadores, cajas de documentos y un escritorio cubierto de polvo.

En el centro de la habitación descansaba una caja fuerte.

Daniel introdujo la llave.

La puerta se abrió con un clic.

Dentro había carpetas, pasaportes, fotografías y una pequeña grabadora.

Tomé el primer documento.

Era una copia del certificado de defunción de mi madre.

Pero algo no coincidía.

La fecha de emisión era anterior al accidente de carretera.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Cómo pudieron emitir un certificado de defunción antes de que muriera?

Daniel examinó el papel.

—Porque alguien había preparado su desaparición con anticipación.

—¿Quién?

No respondió.

Abrí otra carpeta.

Encontré informes médicos, fotografías de una carretera y una serie de documentos relacionados con un fideicomiso familiar.

En la última página había una lista de nombres.

Margaret Vance.

Richard Vance.

Daniel Cross.

Y el nombre de una persona que nunca había esperado encontrar allí.

Ethan Vance.

Mi propio nombre.

Debajo aparecía una anotación escrita a mano.

El heredero debe permanecer al margen hasta que la transferencia sea completa.

Me alejé de la mesa.

—¿Qué demonios es esto?

Daniel tomó el documento y lo leyó dos veces.

—No puede ser.

—¿También vas a decirme que no sabes nada?

—Tu padre me dijo que nunca habías participado en el acuerdo original.

—¿Qué acuerdo?

Daniel dejó el papel sobre la mesa.

—Hace diecisiete años, tu familia creó un fideicomiso para proteger una serie de propiedades y activos. Tu padre sospechaba que alguien estaba utilizando empresas ficticias para robar el dinero. Decidió transferir temporalmente el control a una persona de confianza mientras investigaba.

—¿Quién?

Daniel levantó la mirada.

—Tu madre.

Me quedé helado.

—¿Mi madre controlaba el fideicomiso?

—Sí. Pero las transferencias se detuvieron antes de completarse. Después ocurrió el accidente de carretera y tu madre desapareció.

Miré los documentos.

Durante años, había creído que mi familia estaba construida sobre el trabajo de mi padre y la estabilidad que él había dejado atrás.

Ahora parecía que todo había sido un castillo levantado sobre secretos.

—¿Qué pasó después? —pregunté.

Daniel señaló la grabadora.

—Creo que tu padre dejó una explicación.

Presioné el botón.

La voz de mi padre llenó el sótano.

—Ethan, si has llegado hasta aquí, significa que Daniel finalmente ha cumplido su promesa. También significa que tu madre no pudo mantenerte alejado de esta historia.

Me apoyé contra el escritorio.

—Durante diecisiete años, creí que estaba protegiendo a mi familia. Pero cometí un error. Confié en la persona equivocada y permití que el miedo tomara decisiones por mí.

La grabación continuó.

—Tu madre no organizó mi muerte. Yo la ayudé a desaparecer porque descubrimos que alguien había utilizado su identidad para transferir millones de dólares. Pensé que, si fingíamos su muerte, podríamos obligar al responsable a cometer un error.

Sentí que el pecho se me aflojaba.

Mi madre quizá no era la asesina.

Pero todavía quedaban demasiadas preguntas.

—El plan fracasó —continuó mi padre—. El responsable descubrió que tu madre estaba viva y comenzó a amenazarnos. Yo también tuve que desaparecer. Dejé que creyeras que había muerto porque era la única manera de mantenerte fuera de peligro.

La grabación se detuvo durante un instante.

Después, mi padre dijo algo que me hizo cerrar los ojos.

—Pero hay algo que nunca te conté. La persona que organizó todo esto no era Richard. Tu tío solo obedecía órdenes. El verdadero responsable llevaba años sentado a nuestra mesa, llamándote hijo y prometiéndome que protegería a nuestra familia.

La grabación terminó.

Me quedé mirando el aparato.

—¿Quién era? —pregunté.

Daniel se pasó una mano por el rostro.

—No lo sé.

Entonces escuchamos un ruido arriba.

Una puerta se cerró.

Después, pasos.

Alguien había entrado en la casa.

Daniel apagó la linterna.

—Quédate detrás de mí.

Oímos una voz desde el vestíbulo.

—Ethan, sé que estás aquí.

Reconocí aquella voz.

No era Chad.

Tampoco Brooke.

Era Elena Ruiz, mi directora financiera.

La mujer que había investigado las transferencias.

La mujer que me había ayudado a descubrir las firmas falsas.

Y la mujer que acababa de entrar en una casa donde nadie debía saber que estábamos.

—Ethan —repitió—. No salgas. Hay alguien conmigo.

Daniel me agarró del brazo.

—No confíes en ella.

Pero antes de que pudiera responder, se escuchó un disparo.

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El sonido retumbó por toda la casa.

Y después, un grito de mujer.

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