Chapter 8: La llave del brazalete
A las nueve de la noche, yo ya había tomado una decisión.
No iría sola al muelle.
Pero tampoco permitiría que el miedo me obligara a quedarme en casa mientras Isabel desaparecía otra vez.
Samuel consiguió que dos agentes vestidos de civil vigilaran los accesos a Shelter Island. Mi madre se quedó con una amiga de confianza y acordamos una palabra clave para cualquier emergencia.
No le dije que tenía miedo.
Ella lo sabía.
Antes de salir, me entregó una pequeña fotografía de mi padre.
—Llévala contigo —susurró—. No porque vaya a protegerte mágicamente, sino porque quiero que recuerdes quién eres cuando alguien intente convencerte de que estás sola.
La guardé dentro del bolsillo de mi abrigo.
El muelle estaba casi vacío cuando llegamos. Las luces de los barcos se reflejaban sobre el agua oscura, y el viento traía el olor salado del océano.
Samuel permaneció en un automóvil a cierta distancia, en contacto con los agentes.
Yo caminé hasta el lugar indicado en el mensaje.
Había una banca de madera junto a un poste de iluminación.
Sobre ella descansaba una caja pequeña.
Número 214.
Me acerqué lentamente.
La caja tenía una cerradura antigua. Saqué la llave que mi padre había escondido en el bolso de mi madre y la introduje.
Giró sin resistencia.
Dentro había una memoria USB, una fotografía y una nota.
La fotografía mostraba a Isabel junto a un hombre joven. Ambos estaban frente a un edificio de ladrillo, sosteniendo una carpeta negra.
Reconocí al hombre por las imágenes de Ortega.
Gabriel.
En la parte posterior, Isabel había escrito:
«No confíes en la historia que te contaron sobre su desaparición».
Desplegué la nota.
«Nia, si has llegado hasta aquí, significa que alguien te ha contado parte de la verdad. Necesito que escuches la grabación antes de decidir en quién confiar. Tu padre no murió por accidente. Pero la persona que ordenó que lo silenciaran no fue quien crees».
Un ruido detrás de mí me hizo girar.
Una mujer salió de la oscuridad.
Llevaba un abrigo largo, el cabello recogido y un pañuelo oscuro alrededor del cuello. Su rostro parecía más delgado que en la fotografía, pero la pequeña cicatriz junto al mentón era inconfundible.
Isabel Cruz.
La mujer que yo había llorado durante doce años.
La mujer que había estado presente la noche en que murió mi padre.
—Hola, pequeña —dijo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Quise abrazarla.
Quise gritarle.
Quise preguntarle por qué había permitido que pasáramos doce años creyendo que estaba muerta.
Al final, solo pude pronunciar una palabra.
—¿Por qué?
Isabel bajó la mirada.
—Porque tu padre me pidió que desapareciera.
—¿Y mi padre también te pidió que nos dejaras creer que estabas muerta?
Ella cerró los ojos.
—No. Eso fue decisión mía.
Sentí una rabia tan intensa que tuve que apretar las manos.
—Mi madre lloró por ti. Yo te lloré. Pasé años preguntándome por qué todas las personas que amaba terminaban desapareciendo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. No estabas allí.
Isabel recibió mis palabras sin defenderse.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me desarmó más que cualquier excusa.
—¿Qué ocurrió la noche del accidente de mi padre? —pregunté.
Isabel miró hacia el agua.
—Daniel descubrió que Richard había transferido una parte de los fondos de la sociedad a una cuenta secreta. No era solo dinero. Había documentos que demostraban que Richard había utilizado propiedades de otros socios para garantizar préstamos personales. Si los bancos descubrían la operación, podía perder su empresa y enfrentarse a cargos penales.
—¿Y mi padre iba a denunciarlo?
—Sí. Me pidió que preparara una copia de todos los registros. Yo tenía acceso a las cuentas y sabía dónde estaban escondidos los documentos originales.
—¿Quién ordenó el accidente?
Isabel tardó en responder.
—Richard.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Lo viste?
—No vi el momento exacto. Escuché una conversación entre Richard y su jefe de seguridad. Hablaban de detener a Daniel antes de que entregara las pruebas. Horas después, tu padre murió.
—¿Y por qué no acudiste a la policía?
—Lo intenté. Pero Richard tenía contactos, dinero y documentos falsificados que me vinculaban con las transferencias. Cuando desaparecí, no fue para protegerlo. Fue porque alguien intentó matarme también.
Me mostró una cicatriz que se extendía desde su muñeca hasta el antebrazo.
—Salí del edificio de oficinas por una escalera de emergencia durante el incendio. Un guardia me encontró y me ayudó a escapar. No podía regresar a mi casa ni acercarme a tu familia. Richard me hizo creer que cualquier contacto contigo pondría a Nia y a Evelyn en peligro.
—¿Por qué regresaste ahora?
Isabel sacó una pequeña memoria de su bolsillo.
—Porque Patricia empezó a mover los activos del fideicomiso. Y porque Marcus encontró los documentos que Richard había escondido.
—Marcus dice que no sabe dónde estás.
—Marcus miente cuando le conviene. Pero no siempre ha sido cruel.
La miré con incredulidad.
—Intentó casarse conmigo para controlar mi herencia.
—Al principio, sí. Richard lo educó para creer que la familia estaba por encima de cualquier otra cosa. Pero Marcus descubrió que su padre había destruido vidas para mantener el poder. Hace tres años empezó a buscarme.
—¿Y por qué no me lo contó?
—Porque no sabía si podía confiar en ti.
Solté una risa amarga.
—Qué conveniente.
Isabel no respondió.
Le mostré la fotografía de la habitación 1806.
—¿Por qué besaste a Marcus?
—Porque necesitaba distraerlo.
—¿Para robar los documentos?
—Para recuperar una llave.
Miré mi mano.
La llave que había abierto la caja metálica.
—¿Esta?
Isabel asintió.
—Esa llave abre un compartimento oculto en el brazalete de Patricia. Dentro hay una pieza diminuta que contiene una clave de acceso. La clave permite abrir un archivo cifrado con los registros originales de Richard.
—¿Por qué no lo abriste tú?
—Porque no tenía la llave. Patricia la llevaba consigo desde que Richard murió. La noche de la habitación 1806, conseguí recuperarla, pero Marcus me descubrió antes de que pudiera salir.
—Entonces, ¿por qué no tienes el brazalete?
—Porque alguien me lo quitó cuando abandoné el hotel.
—¿Quién?
Isabel me miró fijamente.
—Gabriel.
La palabra quedó suspendida entre nosotras.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Me contactó hace tres días y me dijo que había encontrado la prueba de que Richard no actuó solo la noche del accidente.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿Quién lo ayudó?
Isabel abrió la boca.
Un sonido seco resonó detrás de los barcos.
Después otro.
Las luces del muelle parpadearon.
Isabel me agarró del brazo.
—¡Al suelo!
Nos escondimos detrás de una estructura metálica mientras los agentes gritaban órdenes a lo lejos.
Vi una figura correr hacia el estacionamiento.
Samuel apareció desde el otro extremo del muelle y llamó a los agentes para indicarles la dirección.
Cuando el ruido cesó, Isabel me entregó la memoria USB.
—Aquí está la grabación completa de tu padre. Escúchala antes de que sea demasiado tarde.
—¿Qué falta por contarme?
Ella tragó saliva.
—La persona que ayudó a Richard a organizar el accidente sigue viva.
—¿Quién?
Isabel miró hacia el estacionamiento, donde los agentes perseguían a la figura desconocida.
—Tu prometido.
Sentí que el mundo se detenía.
—No.
—Marcus tenía veinticuatro años. Su padre le pidió que siguiera a Daniel y averiguara cuándo entregaría los documentos. Marcus no sabía que Richard pretendía matarlo. Pero estaba allí cuando ocurrió.
—¿Lo viste?
Isabel asintió con lágrimas en los ojos.
—Vi su automóvil detrás del de tu padre.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mi madre.
«Nia, Patricia está aquí. Dice que tiene algo que perteneció a tu padre. No quiere hablar con Samuel. Dice que solo hablará contigo».
Debajo había una fotografía.
Patricia estaba sentada en el salón de mi madre, sosteniendo el anillo de oro blanco con la piedra negra.
El anillo de mi padre.
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Y junto a ella había un hombre al que nunca había visto en persona, pero cuyo rostro reconocí inmediatamente de las fotografías antiguas.
Gabriel.