Chapter 4: La mujer que debía estar muerta
Me quedé mirando la fotografía hasta que las letras de la fecha comenzaron a mezclarse frente a mis ojos.
11:48 p. m.
La noche anterior.
La mujer reflejada en el espejo llevaba el anillo de mi padre.
No uno parecido. No una joya con el mismo diseño.
El anillo de oro blanco con una pequeña piedra negra que Daniel Bennett jamás se quitaba, ni siquiera cuando trabajaba en el jardín. Mi madre me había contado que lo había encontrado vacío sobre la mesa de la cocina el día que mi padre murió. Durante años, aquel objeto había sido lo único que conservaba de él.
Y ahora aparecía en la mano de una mujer que supuestamente llevaba doce años muerta.
—Mamá —susurré—, necesito que me expliques quién es.
Evelyn se dejó caer en la silla.
—Se llamaba Isabel Cruz.
Samuel Ortiz dejó de mirar la pantalla.
—¿Isabel Cruz? ¿La contadora de Bennett Construction?
Mi madre asintió lentamente.
—Trabajaba con tu padre. Era como parte de nuestra familia. Venía a cenar los domingos y te llevaba regalos en Navidad. Tú la llamabas tía Isabel.
Intenté recordar su rostro.
Tenía recuerdos vagos de una mujer de cabello oscuro que me enseñaba a hacer figuras con servilletas y que siempre llevaba perfume de jazmín. Pero mi madre me había dicho que murió en un incendio en un edificio de oficinas cuando yo tenía diecisiete años.
El mismo año en que murió mi padre.
—¿Cómo murió? —pregunté.
Mi madre se frotó las manos.
—El incendio ocurrió tres semanas después del accidente de Daniel. La policía dijo que había sido un cortocircuito. Isabel estaba en el edificio aquella noche, revisando unos documentos de la empresa.
—¿Encontraron su cuerpo?
Evelyn levantó los ojos.
Y comprendí que había hecho la pregunta correcta.
—Nunca encontraron restos que pudieran identificar con certeza —respondió—. Pero había una lista de empleados desaparecidos, sus pertenencias estaban allí y su familia recibió una indemnización. Yo estaba demasiado destrozada por la muerte de tu padre para investigar.
Samuel se acercó a la computadora.
—¿Quién confirmó su identidad?
—Richard Hale se encargó de todo —dijo mi madre—. Afirmó que Isabel había estado trabajando para él y que tenía pruebas suficientes.
Samuel apretó los labios.
—Eso es preocupante.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque Isabel llevaba la contabilidad de la sociedad original entre tu padre y los Hale. Si alguien sabía cómo se habían movido los activos, era ella.
Volví a observar la fotografía.
La mujer reflejada parecía estar mirando directamente hacia la cámara. Su rostro estaba parcialmente oculto por la copa, pero la cicatriz junto al mentón era visible.
Recordé aquella marca.
Isabel se la había hecho cuando yo tenía nueve años, al caerse mientras me ayudaba a subir a un árbol. Yo había llorado porque pensaba que se había lastimado gravemente. Ella se había reído y me había dicho que las cicatrices eran pequeños recordatorios de que habíamos sobrevivido a algo.
—Es ella —dije—. Estoy segura.
Mi teléfono vibró.
El número desconocido había enviado otro mensaje.
«Isabel sigue viva. Pero no es la única persona que ha regresado de entre los muertos».
Sentí que la piel se me erizaba.
Escribí inmediatamente.
«¿Dónde puedo encontrarla?».
La respuesta tardó menos de diez segundos.
«No busques a Isabel. Ella te encontrará cuando sepa que tienes la tarjeta».
Samuel leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—No me gusta esto.
—A mí tampoco.
—Alguien está controlando lo que descubres. Sabe dónde estás, conoce los documentos de tu padre y tiene acceso a información privada del hotel.
Mi madre tomó mi mano.
—Nia, debemos ir a la policía.
—Lo haremos. Pero primero quiero saber por qué Patricia está tan desesperada por que firme esos documentos.
Samuel asintió.
—Voy a contactar a un especialista en fideicomisos y solicitar una copia certificada del acuerdo original. Mientras tanto, no respondas más mensajes y no te reúnas con nadie sin que yo lo sepa.
Me levanté.
—Necesito regresar al hotel.
—Absolutamente no —dijo mi madre.
—No voy a ver a Marcus. Quiero revisar la habitación 1806 y averiguar quién aparece en los registros de acceso.
Samuel negó con la cabeza.
—Eso podría ser peligroso.
—Entonces llamaré a la policía antes de ir. Pero no voy a quedarme sentada esperando mientras alguien más decide qué partes de mi vida tengo derecho a conocer.
Mi madre me observó durante un largo momento.
Finalmente, asintió.
—Tu padre decía exactamente lo mismo cuando alguien intentaba intimidarlo.
Aquellas palabras me dieron fuerzas.
Samuel llamó a un contacto de la policía local y explicó que existían indicios de fraude financiero, posible coacción y acceso no autorizado a documentos privados. No prometió resultados inmediatos, pero acordó acompañarnos al hotel después de dejar constancia de nuestra preocupación.
Llegamos poco después de las cinco de la tarde.
La recepción de la boda estaba prácticamente vacía. Los arreglos florales seguían colocados alrededor de la pista de baile, y las mesas estaban cubiertas con manteles blancos que nadie había tocado. Las rosas comenzaban a marchitarse bajo el aire acondicionado.
Sobre una mesa había una tarjeta escrita a mano:
*Nia y Marcus. Un amor destinado a durar para siempre.*
Alguien había añadido una línea con tinta negra.
«Las apariencias también pueden durar para siempre».
Reconocí la letra.
Era la de Patricia.
Samuel pidió hablar con el gerente. Después de mostrarle nuestra identificación y explicar que necesitábamos preservar ciertos registros, el hombre accedió a revisar el sistema de acceso con la autorización correspondiente.
La habitación 1806 estaba cerrada.
Pero el registro mostraba que Patricia había entrado a las 10:17 p. m. y salido a las 12:06 a. m.
Marcus había entrado a las 10:42 p. m.
La mujer de la fotografía había llegado a las 11:31 p. m.
Y había salido a las 12:19 a. m.
—¿Puede identificarla el sistema? —pregunté.
El gerente revisó la pantalla.
—No aparece como huésped. Entró utilizando una tarjeta de acceso temporal.
—¿Quién la autorizó?
El hombre hizo clic en otro registro.
Su rostro palideció.
—La tarjeta fue emitida por la oficina de seguridad.
—¿A nombre de quién?
El gerente giró la pantalla.
La autorización había sido aprobada por Richard Hale.
El padre de Marcus.
Muerto cinco años atrás.
Samuel fotografió el registro con permiso del gerente y anotó el número de referencia.
Yo seguía mirando la pantalla.
—¿Quién utilizó sus credenciales?
El gerente tragó saliva.
—No puedo decirlo sin revisar los archivos originales.
—Entonces revíselos.
El hombre desapareció detrás de una puerta.
Mientras esperábamos, mi teléfono recibió una llamada de un número privado.
Contesté.
—¿Hola?
Una voz femenina habló en un susurro.
—No debiste venir al hotel.
Se me heló la sangre.
—¿Isabel?
Hubo una pausa.
—Tu padre habría querido que esperaras hasta tener todas las pruebas.
—¿Dónde estás?
—No importa dónde estoy. Lo que importa es lo que llevas en la mano.
Apreté la tarjeta de memoria dentro del bolsillo de mi abrigo.
—¿Conocías a mi padre?
La mujer soltó una risa triste.
—Yo fui la última persona que habló con él antes de que muriera.
Sentí que las piernas me temblaban.
—Entonces dime qué pasó aquella noche.
—No por teléfono.
—¿Qué quieres de mí?
—Que no firmes nada. Que no confíes en Patricia. Y que, por el amor que le tienes a tu madre, no permitas que Marcus descubra dónde está la caja de seguridad.
Miré a Evelyn.
Ella había escuchado cada palabra.
—¿Qué caja? —pregunté—. ¿Qué hay dentro?
La voz femenina se volvió más baja.
—La verdad sobre tu padre.
Después añadió algo que me dejó sin aliento.
—Y la prueba de que el hombre al que estás intentando destruir no es el único hijo de Richard Hale.
La llamada terminó.
En ese mismo instante, el gerente regresó con un documento impreso.
—Señorita Bennett —dijo—, encontramos la persona que autorizó el acceso de la mujer a la habitación.
Miré el papel.
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El nombre aparecía claramente en la parte inferior.
*Marcus Hale.*