Chapter 2: El contrato escondido
Durante varios segundos, fui incapaz de apartar los ojos de la pantalla.
Quince mil dólares.
Una transferencia perfectamente documentada.
Y una frase que parecía escrita por alguien que había planeado destruir mi boda mucho antes de que yo recibiera aquella fotografía.
«Separar a Nia de su madre».
Miré a Evelyn.
Mi madre tenía los labios apretados y los ojos llenos de lágrimas. Ya no parecía preocupada por su cabello. Parecía aterrorizada por algo mucho más antiguo.
—¿Qué tiene que ver papá con todo esto? —pregunté.
Ella miró a Marcus antes de responder.
—No aquí.
—Mamá, no puedes decirme algo así y luego pedirme que espere.
Marcus avanzó hacia nosotras.
—Evelyn, creo que sería mejor que te fueras a casa.
Mi madre soltó una risa incrédula.
—¿Ahora también vas a decidir dónde puedo estar?
—Estoy intentando evitar que esto empeore.
—No, Marcus. Estás intentando evitar que tu prometida descubra quién eres realmente.
Él se volvió hacia mí.
—Nia, tu madre está alterada. Todos estamos bajo presión. Siéntate conmigo cinco minutos y te explicaré la fotografía, el dinero y cualquier otra cosa que quieras saber.
—¿También me explicarás por qué tu madre pagó para que Vanessa le cortara el cabello a mi madre?
Marcus apretó la mandíbula.
—Fue una decisión desafortunada.
Vanessa levantó la cabeza.
—¡Tú me dijiste que ella tenía que verse mal!
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
Marcus se quedó inmóvil.
Mi madre dejó de llorar.
Yo sentí que la habitación se inclinaba ligeramente.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Vanessa abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—Dijiste que él te pidió que mi madre se viera mal —insistí—. ¿Por qué?
—Yo no… No quise decir eso.
—¿Entonces qué quisiste decir?
Marcus se interpuso entre nosotras.
—Vanessa está confundida.
—No —respondió ella, retrocediendo—. No vuelvas a hacer eso. No me dejes sola con todo.
Aquella frase reveló más de lo que pretendía.
Marcus la miró con una advertencia silenciosa.
Vanessa bajó los ojos.
Mi teléfono vibró otra vez.
El desconocido había enviado una nueva fotografía.
Esta vez no mostraba una habitación de hotel.
Era una imagen de un contrato extendido sobre una mesa de caoba. En la esquina superior aparecía el logotipo de Hale Development Group, la compañía inmobiliaria que la familia de Marcus había construido durante tres generaciones.
Leí el encabezado.
*Acuerdo de transferencia de participación y derechos de administración.*
Debajo figuraba mi nombre completo.
Nia Evelyn Bennett.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Marcus no contestó.
Amplié la imagen.
Había una cifra escrita en la tercera página: treinta y dos millones de dólares.
Y junto a ella, una cláusula que mencionaba un fideicomiso establecido por mi padre.
Mi padre, Daniel Bennett, había muerto cuando yo tenía diecisiete años. Durante años había sido propietario de una pequeña empresa de construcción en San Diego. No éramos ricos como los Hale, pero vivíamos cómodamente.
Cuando murió, mi madre me dijo que había dejado algunas inversiones, una casa y suficiente dinero para que yo pudiera terminar la universidad.
Nunca me habló de treinta y dos millones de dólares.
—Mamá —dije, apenas reconociendo mi propia voz—. ¿Qué es este fideicomiso?
Evelyn cerró los ojos.
—Tu padre tenía un socio.
—¿Quién?
—El padre de Marcus.
La respuesta me golpeó con más fuerza que cualquier confesión de infidelidad.
Miré a Marcus.
—¿Tu familia conocía a mi padre?
Él se frotó la frente.
—Nuestros padres hicieron negocios hace muchos años.
—¿Qué clase de negocios?
—Inversiones inmobiliarias.
—¿Y por qué aparece mi nombre en un contrato de treinta y dos millones de dólares?
—Porque eres la beneficiaria.
La habitación quedó en silencio.
Sentí que el estómago se me contraía.
—¿La beneficiaria de qué?
Marcus se acercó con las palmas abiertas, intentando recuperar aquella expresión tranquilizadora que tantas veces me había convencido de que todo estaba bien.
—Tu padre y mi abuelo crearon una sociedad. Cuando tu padre murió, su participación quedó protegida en un fideicomiso. Nadie te explicó los detalles porque eras muy joven.
—¿Y tú sabías todo esto cuando me propusiste matrimonio?
Marcus tardó un segundo demasiado largo en responder.
—Sí.
Me aparté de él.
—¿Desde cuándo?
—Nia, no conviertas esto en algo que no es.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que empezáramos a salir.
El aire desapareció de mis pulmones.
Cuatro años.
Cuatro años de cenas, vacaciones, cumpleaños, promesas y planes de futuro.
¿Había sabido desde el principio que mi padre había dejado una fortuna vinculada a su familia?
¿Había sido nuestro amor una coincidencia cuidadosamente aprovechada?
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque no quería que el dinero afectara nuestra relación.
—Qué noble de tu parte.
—¡Estaba tratando de protegerte!
Mi madre soltó una exclamación amarga.
—Daniel sabía que algún día intentarían hacer esto.
Marcus giró bruscamente hacia ella.
—No hables de cosas que no entiendes.
—Conocí a Daniel durante veinte años. Tú no tienes derecho a decirme lo que sabía mi esposo.
Me acerqué a mi madre.
—Necesito que me lo cuentes todo.
Evelyn miró la puerta, como si temiera que alguien pudiera escucharnos.
—Tu padre descubrió que los Hale estaban utilizando una empresa conjunta para ocultar deudas y transferir propiedades sin informar a todos los socios. Quiso retirarse del acuerdo. Después murió.
La última palabra cayó entre nosotras como una piedra.
—¿Estás diciendo que su muerte no fue un accidente?
Mi madre se cubrió la boca.
—No lo sé. Nunca tuve pruebas.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
—Porque recibí una carta tres días después del funeral. Decía que, si alguna vez intentaba investigar los negocios de tu padre, tú podrías perder todo lo que él te había dejado.
Me temblaron las rodillas.
Marcus negó con la cabeza.
—Esto es ridículo. Tu padre murió en un accidente automovilístico.
—Eso fue lo que nos dijeron —respondió Evelyn—. Pero el informe tenía páginas que nunca me permitieron ver.
Mi teléfono vibró de nuevo.
El desconocido había enviado un mensaje.
«Busca en el forro del bolso de tu madre. Daniel dejó una copia».
Miré a Evelyn.
Ella se quedó completamente pálida.
—¿Qué bolso? —pregunté.
Mi madre señaló el pequeño bolso negro que descansaba junto a su abrigo.
Lo abrí con manos temblorosas. Había un pañuelo, unas llaves, un estuche de lentes y una fotografía vieja de mi padre sosteniéndome cuando era niña.
Revisé el interior.
No encontré nada.
Entonces palpé el forro.
Había un pequeño sobre cosido detrás de la tela.
Lo abrí cuidadosamente.
Dentro había una llave metálica, una tarjeta de memoria y una nota escrita con la letra inconfundible de mi padre.
«Nia: si estás leyendo esto, los Hale finalmente han encontrado la manera de acercarse a ti. No firmes nada sin escuchar la grabación. Y, sobre todo, no confíes en el hijo».
Tuve que leer la última frase dos veces.
No confíes en el hijo.
Marcus se quedó mirando la nota.
Por primera vez, no parecía furioso.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que alguien había abierto una puerta que él llevaba años intentando mantener cerrada.
—Dame eso —ordenó.
Cerré los dedos alrededor de la tarjeta de memoria.
—Ni lo sueñes.
—Nia, no sabes lo que tienes.
—Entonces explícame por qué tienes tanto miedo.
Se acercó un paso.
Mi madre se interpuso.
—No te acerques a ella.
Marcus se detuvo.
Durante unos segundos, ninguno de nosotros habló.
Después, alguien llamó a la puerta de la suite.
Tres golpes firmes.
Una voz masculina anunció desde el otro lado:
—Señorita Bennett, soy el abogado de la familia Hale. Necesito que firme unos documentos antes de que empiece la ceremonia.
Miré el contrato en mi teléfono.
Luego la nota de mi padre.
Y finalmente a Marcus.
—¿Qué documentos? —pregunté a través de la puerta.
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La respuesta del abogado me heló la sangre.
—Los que impedirán que usted pierda los treinta y dos millones de dólares cuando su futuro esposo se convierta en su representante legal.