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Chapter 9: El testamento que nunca debió existir

Darius permaneció junto a la puerta, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo.

—No tienes idea de lo que estás haciendo, Richard —dijo.

Richard dejó el documento sobre una mesa metálica.

—Llevo veinte años haciendo lo que me ordenaste. Ya no voy a hacerlo.

Miré a uno y a otro.

—Quiero que alguien me explique qué significa ese testamento.

Darius me dedicó una sonrisa triste, casi paternal.

—Significa que tu abuelo cometió errores. Muchos. Y que tu padrastro ha pasado años utilizando su legado para controlar a nuestra familia.

—No vuelvas a hablar de Marcus como si fuera un extraño —respondí.

La sonrisa de Darius desapareció.

Richard abrió el documento.

—Este testamento fue creado después de la muerte de Robert Bennett. La firma es falsa y la fecha no coincide con ningún registro notarial válido. Se utilizó para intentar transferir una parte de las acciones de la empresa a una sociedad controlada por Darius.

—¡Mentira! —gritó Darius.

—Tengo los correos originales, las transferencias y las instrucciones que me enviaste.

Darius dio un paso hacia él.

—¡Tú preparaste los documentos!

—Porque me amenazaste con revelar que yo había autorizado las transferencias anteriores.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Qué transferencias?

Richard me miró.

—Durante años, desvié dinero de la empresa a distintas cuentas. Al principio eran cantidades pequeñas. Darius me decía que eran préstamos temporales y que todo sería devuelto cuando consiguiera recuperar su participación.

—¿Cuánto dinero?

—No lo sé con exactitud. Más de cuatrocientos mil dólares, probablemente.

Me llevé una mano a la boca.

Darius soltó una risa despreciativa.

—No le creas. Richard intenta presentarse como una víctima porque sabe que podría terminar en prisión.

—¿Y tú no? —pregunté.

Darius se volvió hacia mí.

—Nia, yo nunca quise hacerte daño.

—¿Falsificaste el testamento de mi abuelo?

No contestó.

—¿Sí o no?

—Tu abuelo me prometió una parte de la empresa. Tenía derecho a reclamarla.

—¡Pero estaba muerto!

Mi voz rebotó contra las paredes del almacén.

Darius apretó la mandíbula.

—No entiendes lo que pasó entre nosotros.

—Entonces explícamelo.

Durante unos segundos, pareció considerar la posibilidad de decirme la verdad.

Después soltó un suspiro.

—Tu abuelo siempre prefirió a Marcus. Le dio oportunidades, dinero y confianza. A mí me trató como si fuera un error que necesitaba corregir.

Cuando nació tu madre, yo pensé que las cosas cambiarían. Pero él seguía creyendo que yo no era suficientemente bueno.

—¿Y por eso me abandonaste?

Darius me miró con una mezcla de rabia y vergüenza.

—Me fui porque estaba cansado de que todos me dijeran qué hacer.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Yo tenía dos años.

Él bajó la mirada.

—Lo sé.

—No tenías que quedarte con la empresa. No tenías que convertirte en un hombre perfecto. Solo tenías que ser mi padre.

Darius se pasó una mano por el cabello.

—Intenté regresar.

—Hace ocho meses.

—Quería recuperar nuestra relación.

—¿Y también querías que te ayudara a conseguir mis acciones?

No respondió.

Richard deslizó otra hoja sobre la mesa.

—El contrato con Ethan fue idea de Darius. Necesitaba que Nia se casara con alguien que pudiera solicitar poderes de representación sobre sus bienes. No porque el matrimonio transfiriera automáticamente las acciones, sino porque esperaba que ella firmara documentos confiando en su esposo.

Cerré los ojos.

Pensé en Ethan, arrodillado frente a mí, suplicándome que creyera que había cometido un error.

Quizá había sentido algo verdadero por mí. Quizá había tenido miedo. Pero había permitido que ese miedo lo convirtiera en cómplice de una operación que podía comprometer mi futuro.

—¿Ethan sabía que el testamento era falso? —pregunté.

Richard negó con la cabeza.

—No lo sé. Darius le dijo que existía una disputa legal y que el acuerdo financiero resolvería el problema. Ethan estaba desesperado por pagar sus deudas. No hizo suficientes preguntas.

—Eso no lo convierte en inocente.

—No —admitió Richard—. Pero tampoco significa que conociera toda la operación.

Darius dio un paso hacia mí.

—Nia, por favor. Podemos resolverlo. Eres mi hija. No quiero que todo termine así.

Lo miré con una calma que no sabía que tenía.

—¿Qué quieres exactamente de mí?

Él respiró hondo.

—Que me escuches. Que entiendas que tu abuelo me dejó sin nada. Que Marcus construyó su vida sobre lo que yo debería haber recibido.

—¿Y mi madre? ¿También construyó su vida sobre algo que te pertenecía?

Darius no contestó.

—¿Y yo? —continué—. ¿También soy algo que te pertenece porque compartimos sangre?

Su expresión cambió.

Por primera vez, parecía no saber cómo convencerme.

Richard sacó un dispositivo de almacenamiento de su bolsillo.

—Aquí están los correos originales y los archivos de las transferencias. Ya envié copias a un abogado independiente. Si desaparezco, los documentos serán entregados a las autoridades.

Darius se lanzó hacia la mesa.

Richard retrocedió y levantó las manos.

—¡No vas a tocarme!

Desde la entrada se escuchó la voz de Daniel, el abogado de Marcus.

—Aléjese de la mesa, señor Cole.

Dos agentes de policía entraron detrás de él. No llevaban las armas desenfundadas, pero sus expresiones eran serias.

Darius se quedó inmóvil.

Uno de los agentes se acercó a Richard.

—Señor Cole, necesitamos que nos acompañe para responder algunas preguntas relacionadas con una denuncia por posibles irregularidades financieras.

Richard asintió lentamente.

—Lo entiendo.

Darius intentó retroceder hacia la salida, pero el segundo agente se interpuso.

—Usted también tendrá que acompañarnos, señor Cole.

—¡Esto es una conspiración! —gritó Darius—. ¡Mi propia hija está intentando destruirme!

Lo miré.

—Yo no hice los documentos falsos. Yo no desvié el dinero. Yo no te pedí que regresaras a mi vida prometiéndome amor.

Darius abrió la boca, pero no encontró una respuesta.

Los agentes comenzaron a hacer preguntas. Daniel les entregó copias de los documentos y explicó que la familia había solicitado asesoría legal para preservar las pruebas.

No hubo esposas ni una confesión dramática. Solo formularios, declaraciones y la advertencia de que la investigación continuaría.

Mientras Richard entregaba su carpeta, sacó una última hoja.

—Nia, esto también te pertenece.

Era una carta firmada por mi abuelo.

No estaba dirigida a Marcus.

Estaba dirigida a mi madre.

«Elena:

Si Darius vuelve a amenazarte, no intentes protegerlo a costa de nuestra hija. El dinero puede recuperarse. La reputación puede reconstruirse. Pero los años que Nia pase creyendo que el amor debe ganarse mediante sacrificios no podrán devolverse.

Si algún día tienes que elegir entre mantener la paz y decir la verdad, elige la verdad».

Leí la carta en silencio.

Entonces comprendí por qué mi madre había llorado durante aquella llamada.

Ella había intentado mantener la paz durante años. Había permitido que Darius conservara una versión de la historia en la que era una víctima. Había dejado que yo creyera que Marcus era simplemente el hombre que había ocupado el lugar de mi padre biológico.

Y ahora, por primera vez, estaba obligada a enfrentar las consecuencias de ese silencio.

—¿Dónde está mi madre? —pregunté.

Daniel respondió con cautela.

—No lo sabemos. Su teléfono está apagado. Pero antes de que llegáramos, recibimos un mensaje de ella dirigido al abogado de la familia.

Me entregó una copia impresa.

«Necesito hablar con Nia. Hay una parte de la historia que todavía no conoce. Darius no fue el único que firmó un acuerdo aquella noche».

Sentí un escalofrío.

—¿Qué acuerdo?

Daniel negó con la cabeza.

—No lo explicó.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi madre.

«Nia, perdóname. Si quieres saber por qué Marcus te adoptó legalmente y por qué tu abuelo dejó instrucciones para protegerte de Darius, ven a la casa donde vivíamos cuando eras pequeña. Estaré allí a las seis. No lleves a nadie».

Miré la pantalla.

Después miré a Marcus, que acababa de entrar al almacén acompañado por Daniel.

Había pasado toda la vida creyendo que conocía mi historia.

Ahora sabía que Darius había mentido, que Richard había traicionado a la empresa y que Ethan había ocultado una deuda que puso en peligro mi futuro.

Pero todavía no comprendía por qué mi madre había mencionado una adopción legal que nunca recordaba haber celebrado.

Marcus leyó el mensaje por encima de mi hombro.

Su rostro se quedó sin color.

—Nia —dijo en voz baja—, hay algo que debo contarte antes de que veas a tu madre.

Lo miré.

—¿Qué cosa?

Él tragó saliva.

—La adopción no fue solamente una manera de darte mi apellido.

Hizo una pausa.

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—Fue la única forma legal de impedir que Darius volviera a utilizarte para conseguir lo que quería.

Y cuando Marcus me explicó lo que mi madre había firmado aquella noche, comprendí que el último secreto de mi familia podía cambiar no solo mi pasado, sino también la decisión que tendría que tomar sobre mi futuro.

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