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Chapter 3: El novio que mi padre ya conocía

Recogí la fotografía del suelo.

Ethan aparecía saliendo de un edificio de cristal en el centro de Seattle, con una carpeta negra bajo el brazo y el teléfono pegado a la oreja. La imagen parecía reciente. En la parte posterior, la frase estaba escrita con tinta roja.

«El próximo paso depende de la hija de Marcus Bennett».

La leí tres veces.

—¿Por qué tienes una fotografía de mi prometido? —pregunté.

Darius extendió la mano.

—Dámela.

—Contéstame primero.

—Nia, no entiendes lo que está pasando.

—Entonces deja de decirme eso y explícame.

Mi madre se colocó a mi lado.

—Darius, ya basta. No vas a arrastrarla a tus problemas otra vez.

Él la miró con furia.

—Tú no tienes derecho a hablar de mis problemas. Tú y Marcus me quitaron veinte años con mi hija.

—Te quitaste esos años tú solo —respondió Elena—. Firmaste un acuerdo. Nadie te obligó a aceptar el dinero y desaparecer.

Darius se volvió hacia mí.

—¿Vas a creerles a ellos antes que a tu propio padre?

Miré la fotografía.

Durante ocho meses había escuchado historias sobre el hombre que me había engendrado. Me había mostrado fotografías de cumpleaños a los que nunca asistió, cartas que aseguraba haber escrito y regalos que, según él, había comprado para mí y jamás había podido entregar.

Me había dicho que mi madre le impedía verme.

Me había asegurado que Marcus siempre había querido reemplazarlo.

Yo había aceptado aquellas explicaciones porque eran más fáciles que reconocer una verdad dolorosa: quizá mi padre biológico nunca había querido ser parte de mi vida.

—No sé a quién creerle —respondí—. Pero sé que tú me estás ocultando algo.

Darius guardó la fotografía en el bolsillo interior de su esmoquin.

—Esta conversación terminó.

Se dirigió hacia la salida.

—¡No te vayas! —grité.

Se detuvo, aunque no se volvió.

—Necesito saber qué tiene que ver Ethan contigo.

Darius permaneció inmóvil unos segundos.

Después respondió:

—Pregúntale a Marcus qué clase de hombre es realmente tu prometido.

Y se marchó.

Me quedé mirando las puertas cerradas.

Mi boda seguía detenida. Desde el salón llegaban murmullos, pasos apresurados y el sonido de alguien intentando apagar un micrófono que producía interferencias.

Vanessa se acercó con cuidado.

—Nia, los proveedores necesitan instrucciones. Algunos servicios todavía pueden continuar, pero no podemos garantizar nada hasta que se resuelva la situación contractual.

—No me importa la boda ahora.

Ella asintió.

—Hay algo más. Marcus dejó un sobre para ti.

Me entregó un paquete de papel crema, sellado con mi nombre escrito a mano.

Reconocí la letra inmediatamente.

Era la misma que aparecía en las notas que Marcus me dejaba dentro de la lonchera cuando estaba en la escuela.

«Que tengas un buen día, mi niña. Te quiero».

Mis dedos temblaron al abrir el sobre.

Dentro había una carta y una llave pequeña.

Leí las primeras líneas.

«Nia:

Si estás leyendo esto, significa que elegiste a Darius para acompañarte al altar. No voy a castigarte por eso. Eres adulta y tienes derecho a conocer a tu padre biológico.

Pero también tienes derecho a conocer la verdad antes de unir tu vida a alguien que no conoces tan bien como crees.

La llave abre el cajón inferior de mi escritorio, en casa. Encontrarás documentos que nunca quise mostrarte porque esperaba que no fueran necesarios.

No los leas para odiar a Darius.

Léelos para entender por qué algunas personas regresan cuando creen que ya no queda nada que perder».

Dejé de leer.

Me dolía el pecho.

Marcus no había escrito que estaba decepcionado. No me había llamado desagradecida. Ni siquiera había mencionado el dinero de la boda.

Había dejado una llave.

Como siempre, me estaba dando una salida.

—Necesito ir a casa —le dije a mi madre.

Elena asintió y me tomó la mano.

—Te acompaño.

—No. Necesito hacerlo sola.

Su rostro se quebró.

—Nia, por favor…

La abracé antes de que pudiera continuar.

—Te quiero, mamá. Pero necesito saber cuánto de mi vida fue una mentira.

Ella me apretó contra su pecho.

—Tu infancia no fue una mentira. Marcus te amó de verdad. Nunca dudes de eso.

Me aparté lentamente.

—Entonces ¿por qué siento que todos saben algo menos yo?

Mi madre no respondió.

Tomé mi bolso, levanté un poco el vestido para no tropezar con la cola y salí del edificio.

El aire frío de Seattle me golpeó el rostro. Las nubes amenazaban con lluvia y los coches pasaban sobre el pavimento mojado, mientras yo intentaba comprender cómo mi boda había terminado antes de comenzar.

Mi teléfono vibró.

Era Ethan.

«¿Dónde estás, amor? Todos están preguntando por ti. ¿Pasó algo con Marcus?».

Lo miré durante varios segundos.

Quise responder que todo estaba bien. Que solo necesitaba unos minutos. Que pronto volvería y caminaría hacia él como habíamos planeado.

Pero mis dedos escribieron otra pregunta.

«¿Conoces a mi padre biológico?».

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«¿Qué? No. ¿Por qué preguntas eso?».

Me quedé observando la pantalla.

Entonces llegó otro mensaje.

«Nia, por favor, no hagas nada hasta que hablemos. Hay algo que debo explicarte».

El corazón me dio un vuelco.

Llamé a Ethan.

Contestó al segundo tono.

—Amor, escúchame —dijo, con la respiración agitada—. No sé qué te ha contado Darius, pero no es lo que parece.

—¿Lo conoces o no?

Silencio.

—Ethan.

—Sí —admitió finalmente—. Lo conozco.

Cerré los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace unos meses.

—¿Unos meses? ¿Y pensabas casarte conmigo sin decírmelo?

—Quería protegerte.

Solté una risa amarga.

—¿Protegerme de qué? ¿De saber quién es mi propio padre?

—Nia, no entiendes quién es ese hombre.

—¡Precisamente por eso estoy preguntando!

Escuché una puerta cerrarse al otro lado de la llamada.

Ethan bajó la voz.

—Darius se acercó a mí porque necesitaba dinero. Me dijo que podía conseguirlo si lo ayudaba a recuperar el acceso a ciertos documentos de Marcus.

Me quedé inmóvil en la acera.

—¿Qué documentos?

—No lo sé todo. Te lo juro. Pero tu padrastro lleva años guardando información sobre una empresa familiar, y Darius cree que tiene derecho a una parte.

—¿Qué empresa familiar?

Ethan exhaló lentamente.

—La empresa que Marcus fundó con tu abuelo.

Recordé que Marcus había trabajado durante años en administración y después había abierto una compañía de logística. Nunca me había interesado demasiado en los detalles. Para mí, siempre había sido simplemente Marcus, el hombre que reparaba el fregadero, cocinaba los domingos y se quedaba dormido viendo partidos de béisbol.

—¿Por qué Darius tendría derecho a algo de eso?

Ethan tardó demasiado en contestar.

—Porque asegura que tu abuelo le prometió una participación antes de morir.

—¿Y tú le creíste?

—No. Pero me ofreció documentos que podían demostrarlo.

—¿Qué documentos?

—Nia, por favor. No puedo explicarlo por teléfono.

Miré hacia la calle.

Un taxi se detuvo junto a la acera. Abrí la puerta trasera y le di al conductor la dirección de la casa donde había crecido.

—Voy a casa de Marcus —le dije a Ethan—. Si quieres seguir siendo mi futuro esposo, más te vale decirme la verdad.

—Voy para allá.

Colgué.

Durante el trayecto, sostuve la pequeña llave entre los dedos. Cada semáforo rojo parecía durar una eternidad. Cuando finalmente llegué, encontré la casa a oscuras, excepto por la lámpara del despacho.

Marcus estaba allí.

Sentado detrás de su escritorio, con las mangas de la camisa remangadas y una taza de café frío junto a la mano.

Levantó la mirada cuando entré.

Sus ojos se detuvieron en mi vestido de novia.

—Pensé que estarías en el altar —dijo.

No había reproche en su voz.

Eso fue lo que terminó de romperme.

—La boda se detuvo.

Marcus asintió.

—Lo imaginé.

Me acerqué a él.

—¿Por qué no me dijiste nada sobre Darius?

Dejó la taza sobre la mesa.

—Porque quería que pudieras tomar tus propias decisiones sin sentir que tenías que defenderme.

—Pero él me mintió.

—Eso tendrás que descubrirlo tú misma.

Saqué la carta y la llave.

—Me dijiste que había documentos aquí.

Marcus señaló el cajón inferior.

—Los hay.

Introduje la llave en la cerradura. El mecanismo cedió con un clic.

Dentro encontré carpetas antiguas, estados financieros, copias de contratos y una fotografía amarillenta de mi abuelo junto a tres hombres. Reconocí a Marcus, mucho más joven, con el cabello oscuro y una sonrisa abierta.

El hombre de la derecha era Darius.

Pero el tercer hombre me resultaba desconocido.

Debajo de la fotografía había un documento con el sello de un despacho de abogados.

Lo levanté.

El título decía: «Acuerdo de participación empresarial y transferencia de derechos».

Busqué la última página.

Allí aparecía la firma de mi abuelo.

Y debajo, la de Darius.

La fecha era de apenas dos semanas antes de que mi abuelo muriera.

—Marcus, ¿qué significa esto?

Él se levantó lentamente.

—Significa que tu abuelo le ofreció a Darius una oportunidad. Una oportunidad que él rechazó después de exigir algo más.

—¿Qué exigió?

Marcus miró la fotografía.

—Quería controlar la empresa. Y cuando tu abuelo se negó, Darius amenazó con destruir a nuestra familia.

Me costaba respirar.

—¿Y qué tiene que ver Ethan?

Marcus no respondió de inmediato.

En cambio, sacó otra carpeta del cajón y la colocó frente a mí.

En la portada aparecía el nombre completo de mi prometido: Ethan Walker.

La abrí.

La primera hoja era una copia de un contrato de préstamo. La segunda, una transferencia bancaria. La tercera llevaba una fecha de hacía seis meses.

Justo dos meses antes de que Darius reapareciera en mi vida.

—No —susurré—. No puede ser.

Marcus se acercó, pero no intentó quitarme los documentos.

—Nia, hay algo que debes comprender. Darius no regresó solamente para reclamar una parte de la empresa. Regresó porque descubrió que tú estabas a punto de casarte con un hombre que podía ayudarlo a conseguirla.

Miré la última página.

Allí estaban las firmas de Darius y Ethan.

Y una cláusula que mencionaba mi nombre.

Pero lo que me heló la sangre no fue descubrir que ambos habían firmado el mismo acuerdo.

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Fue leer la condición final, escrita en letras pequeñas:

*«La operación solo podrá completarse después del matrimonio de Nia Bennett».*

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