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Chapter 1: El precio de elegir a mi verdadero padre

—Quiero que mi verdadero papá me lleve al altar.

En cuanto pronuncié aquellas palabras, el salón entero pareció quedarse sin aire. Mi padrastro, Marcus Bennett, permaneció inmóvil bajo los candelabros, mientras yo le quitaba el prendedor de «Padre de la Novia» de la solapa y lo colocaba en el esmoquin de Darius, el hombre que había desaparecido de mi vida cuando yo apenas era una niña.

Marcus no gritó.

No me suplicó.

Ni siquiera intentó detenerme.

Y, de alguna manera, su silencio me hizo sentir peor que cualquier insulto.

—¿Estás segura, Nia? —preguntó Marcus, mirando el pequeño prendedor que ahora descansaba sobre el pecho de mi padre biológico.

Me acomodé el velo, evitando sus ojos.

—Sí. Darius es mi papá. Se merece este momento.

Marcus apretó los labios. Durante veinte años, había sido él quien me preparaba el desayuno, quien revisaba mis tareas y quien se sentaba junto a mi cama cuando las pesadillas me despertaban en mitad de la noche.

Pero yo llevaba ocho meses escuchando otra versión de mi historia.

Una versión que había comenzado cuando Darius apareció frente a mi casa con un ramo de rosas, una fotografía de cuando yo tenía tres años y lágrimas que parecían demasiado sinceras para ser falsas.

«Nunca dejé de pensar en ti, princesa», me había dicho aquel día.

Y yo había querido creerle tanto que jamás me pregunté por qué había tardado casi dos décadas en encontrar el camino hasta mi puerta.

—Nia, cariño —intervino Darius, ofreciéndome el brazo—. No dejemos que este día se convierta en una discusión familiar.

Cariño.

La palabra todavía me sonaba extraña en su boca, pero me aferré a ella como una niña que finalmente recibía algo que había esperado toda su vida.

Miré a Marcus una última vez.

Llevaba el mismo reloj plateado que yo le había regalado por el Día del Padre cuando tenía catorce años. Recordaba haber ahorrado durante meses para comprarlo. Él lo había abrazado tan fuerte que casi me levantó del suelo.

—No quiero lastimarte —le dije.

Marcus soltó una risa breve, sin alegría.

—Entonces debiste pensar en eso antes de hacerlo.

Sus palabras me golpearon, pero Darius ya me guiaba hacia el pasillo.

—Vamos, Nia. Todos están esperando.

Detrás de nosotros, Marcus se llevó una mano al pecho y desabrochó su propia solapa. Sacó un pequeño prendedor idéntico al mío, aunque sin la inscripción, y lo dejó sobre la mesa donde descansaban los documentos de la boda.

Después se volvió hacia la organizadora.

—¿Trajiste la carpeta?

La mujer, una elegante coordinadora llamada Vanessa, asintió.

—Sí, señor Bennett. Pero necesito que confirme que entiende las consecuencias.

—Las entiendo perfectamente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué consecuencias?

Marcus ni siquiera me miró.

Firmó la primera página y devolvió la carpeta.

Vanessa tragó saliva.

—Señor, todavía podemos hablar con los proveedores. Tal vez exista otra solución.

—No hay nada que solucionar —respondió él—. Mi hija tomó una decisión. Ahora me toca tomar la mía.

Mi hija.

Por alguna razón, aquellas dos palabras me hicieron vacilar.

Pero Darius me apretó suavemente el brazo.

—No te preocupes por eso. Tu padrastro está molesto. Se le pasará.

Padrastro.

Nunca me había parecido una palabra tan pequeña para describir al hombre que había pasado veinte años siendo mi padre.

Llegamos al principio del pasillo. Al otro lado de las puertas abiertas, cientos de invitados aguardaban entre arreglos de rosas blancas y sillas doradas. Una orquesta afinaba sus instrumentos. Mi futuro esposo, Ethan, esperaba junto al altar con una sonrisa nerviosa.

Todo era exactamente como lo había imaginado.

El salón costaba una fortuna. El vestido había requerido tres pruebas. Las flores venían de una florería especializada de California. Incluso la luna de miel en Hawái había sido organizada con meses de anticipación.

Marcus había pagado casi todo.

Yo lo sabía, por supuesto.

Lo que no sabía era cuánto.

—Vanessa —la llamé cuando vi que la organizadora se acercaba apresuradamente—, ¿qué está pasando?

Ella se colocó frente a nosotros.

—Necesito que leas algo antes de entrar.

Darius frunció el ceño.

—No es el momento apropiado para papeleo.

—Precisamente por eso tiene que hacerlo ahora —respondió Vanessa.

Me entregó la carpeta.

La primera página mostraba el contrato del salón. Reconocí el nombre de Marcus en la sección del responsable financiero. Debajo había una lista de pagos, depósitos y garantías personales.

El total me hizo parpadear.

—¿Trescientos veinte mil dólares? —susurré.

Darius se inclinó para mirar.

—Eso no puede estar bien.

Vanessa pasó una página.

—El señor Bennett ha cubierto los gastos principales. Sin embargo, algunos contratos están sujetos a condiciones específicas.

—¿Qué condiciones? —pregunté.

Ella señaló una cláusula resaltada.

Mi vista recorrió las palabras una vez. Después otra.

No conseguí entenderlas.

—Explícamelo.

Vanessa bajó la voz.

—Marcus era el patrocinador financiero principal de la ceremonia y de la recepción. Su firma garantizaba los pagos pendientes. Hace unos minutos retiró esa garantía y activó las cláusulas de cancelación que le permiten hacerlo.

Sentí que las rodillas me temblaban.

—¿Está cancelando mi boda?

—Está retirando su responsabilidad económica. Los proveedores están revisando qué servicios pueden continuar sin esa garantía.

Darius soltó una carcajada incrédula.

—Esto es absurdo. No puede arruinar el día de su hija porque está ofendido por un prendedor.

Vanessa lo miró con una expresión que nunca le había visto.

—Señor Cole, con todo respeto, usted no figura como responsable financiero en ninguno de los contratos.

Darius dejó de sonreír.

Yo miré hacia la salida lateral.

Marcus estaba allí, hablando por teléfono con alguien. Su espalda parecía más encorvada que antes. Aun así, no miró atrás.

—¿Qué firmó exactamente? —pregunté.

Vanessa pasó a la última página.

—Hay algo más que debes saber.

Su dedo se detuvo sobre una sección que llevaba la firma de Marcus y otra firma que reconocí inmediatamente: la de mi madre, Elena.

Debajo había una fecha de hacía diecinueve años.

Y una cantidad escrita en letras pequeñas.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Vanessa respiró hondo.

—Un acuerdo relacionado con tu padre biológico.

Darius me arrebató la carpeta.

Por primera vez desde que había regresado a mi vida, su rostro perdió todo rastro de seguridad.

—¿De dónde sacaste esto? —le exigió a Vanessa.

Ella retrocedió un paso.

—El señor Bennett me pidió que te lo entregara si él decidía retirarse.

Le quité los papeles a Darius.

La primera línea decía que Marcus había asumido la responsabilidad de mi crianza después de que mi madre firmara un acuerdo de manutención.

La segunda línea mencionaba a Darius.

La tercera incluía una cifra que hizo que el corazón me golpeara contra las costillas.

*Doscientos mil dólares.*

Miré a Darius.

—¿Qué significa esto?

Él abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Marcus.

«Antes de que te cases con ese hombre, pregúntale por qué aceptó dinero para desaparecer de tu vida».

Levanté lentamente la mirada.

Darius ya no parecía un padre feliz.

Parecía un hombre que acababa de ver regresar a su peor pesadilla.

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Y, por primera vez en ocho meses, me pregunté si el hombre al que acababa de elegir había vuelto para recuperar a su hija…

O para cobrar una deuda que nunca debió existir.

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