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Chapter 6: El hombre que llevaba quince años traicionándonos

Durante unos segundos, no conseguí procesar las palabras de Marcus.

Richard Cole.

El hermano de Darius.

El hombre que había administrado las finanzas de la empresa familiar durante quince años.

El hombre que tenía acceso a los documentos de mi herencia.

—¿Tu empresa contrató al hermano de Darius? —pregunté.

Marcus se pasó una mano por la frente.

—Richard llevaba trabajando con tu abuelo desde antes de que yo me hiciera cargo de la compañía. En aquel entonces, nadie sabía que existía un conflicto entre los dos hermanos.

—¿Y nunca sospechaste que pudiera ayudarlo?

—Richard siempre mantuvo una relación profesional con nosotros. Era meticuloso, discreto y conocía cada contrato de la empresa. Cuando Darius empezó a reclamar su participación, Richard aseguró que no tenía contacto con él.

Me acerqué al escritorio y abrí la carpeta que contenía los registros financieros.

—Entonces ¿cómo sabemos que está involucrado?

Marcus señaló el mensaje que Ethan había recibido.

—Porque Richard era la única persona que podía conseguir una copia de ese acuerdo sin activar una alerta en nuestros sistemas.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Y si no está involucrado? ¿Y si Darius solo está intentando culparlo?

Marcus asintió lentamente.

—Es posible. Por eso no vamos a acusar a nadie sin pruebas.

Aquella respuesta me sorprendió.

Yo esperaba que Marcus estallara de rabia. Que llamara a sus abogados, que exigiera explicaciones, que hiciera algo para recuperar el control.

En cambio, abrió una libreta y comenzó a anotar fechas, nombres y cantidades.

Incluso ahora, estaba intentando asegurarse de que cada decisión se tomara con cuidado.

—¿Qué hacemos? —pregunté.

—Primero, protegemos tus documentos. Después, buscamos asesoría legal independiente para ti. No para mí. Para ti.

—¿Por qué haces esa distinción?

Marcus dejó el bolígrafo.

—Porque necesito que puedas tomar decisiones sin sentir que me debes algo.

Me senté frente a él.

—Te debo veinte años de amor.

—No me debes amor, Nia.

—Pero te debo una disculpa.

Marcus permaneció callado.

—Y muchas más cosas que no sé cómo arreglar.

Él se acercó y me puso una mano sobre el hombro.

—No puedes cambiar lo que hiciste en el salón. Pero puedes decidir qué haces después.

Las lágrimas me nublaron la vista.

—Quería que Darius estuviera orgulloso de mí.

—Lo entiendo.

—Pensé que si lo elegía, finalmente dejaría de preguntarme por qué se había ido.

Marcus se sentó frente a mí.

—A veces creemos que, si conseguimos que alguien nos quiera, también conseguiremos que el pasado duela menos. Pero el amor no puede convertir una mentira en verdad.

Me cubrí el rostro con las manos.

Lloré por mi boda, por Ethan y por la niña que había esperado durante años que Darius regresara a buscarla.

Y lloré por Marcus, que había pasado dos décadas asegurándose de que nunca me faltara nada, mientras yo confundía su presencia constante con algo que podía darse por sentado.

Cuando finalmente levanté la cabeza, Marcus me acercó un pañuelo.

—¿Qué hay en los demás documentos? —pregunté.

Abrió otra carpeta.

Dentro había estados financieros, copias de transferencias bancarias y una lista de pagos realizados desde una cuenta de la empresa.

Marcus señaló varias operaciones.

—Hace tres meses detectamos transferencias que no coincidían con los gastos habituales. Al principio pensamos que se trataba de errores contables. Richard dijo que investigaría el asunto.

—¿Cuánto dinero falta?

—Todavía no lo sabemos con certeza. Hay movimientos por casi cuatrocientos mil dólares que necesitan revisión.

Me quedé helada.

—¿Cuatrocientos mil?

—No significa que todo haya sido robado. Algunas transferencias podrían corresponder a préstamos o pagos legítimos. Pero varias fueron enviadas a una sociedad que no reconocemos.

Busqué el nombre en la página.

Northbridge Advisory Group.

Nunca lo había escuchado.

—¿Quién es el propietario?

Marcus negó con la cabeza.

—La sociedad está registrada mediante otra entidad. Necesitamos que un abogado y un contador forense revisen los registros.

—¿Y Darius tiene algo que ver?

—No podemos asegurarlo todavía.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de un número desconocido.

«Si quieres conocer la verdad sobre tu abuelo, ven mañana a las nueve al estacionamiento del edificio donde trabajaba Richard. No le digas nada a Marcus».

Me quedé mirando la pantalla.

Marcus notó mi expresión.

—¿Qué sucede?

Le mostré el mensaje.

Lo leyó sin tocar el teléfono.

—No vas a ir sola.

—Tal vez sea alguien que sabe qué ocurrió.

—O alguien que quiere que hagas algo sin pensar.

—Si no voy, quizá nunca descubra quién está detrás de todo esto.

Marcus se levantó y caminó hasta la ventana.

—Nia, no quiero encerrarte en casa ni decidir por ti. Pero una persona que te pide que ocultes información a quienes pueden ayudarte no necesariamente está intentando protegerte.

Miré otra vez el mensaje.

La curiosidad me quemaba por dentro.

—¿Y si sabe algo sobre mi abuelo que tú no quieres contarme?

Marcus se volvió lentamente.

—Entonces lo investigaremos. Pero no vas a poner tu seguridad en manos de un desconocido.

Quise discutir, pero su teléfono comenzó a sonar.

Era Vanessa, la organizadora de la boda.

Marcus contestó y activó el altavoz.

—Señor Bennett, lamento molestarlo tan tarde. Necesito informarles de algo que acaba de suceder.

—Adelante, Vanessa.

—El salón ha recibido una solicitud para liberar parte de los depósitos restantes. La solicitud incluye una autorización firmada electrónicamente por Nia.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Qué? Yo no he firmado nada.

Vanessa guardó silencio un instante.

—Eso es lo que me preocupa. La autorización llegó desde una dirección de correo vinculada a tu nombre y solicita que los fondos sean transferidos a una cuenta de Northbridge Advisory Group.

Marcus me miró.

El mismo nombre que aparecía en las transferencias sospechosas.

—¿Cuánto dinero? —preguntó él.

—Cuarenta y cinco mil dólares.

Me levanté de golpe.

—¡No autoricé ninguna transferencia!

—Lo sé, Nia. Por eso no la procesé. Necesito que me envíes una confirmación escrita de que no reconoces la solicitud.

—Te la enviaré ahora mismo.

Vanessa continuó:

—Hay otra cosa. El mensaje llegó desde una cuenta que utilizó un documento de identidad digital asociado al contrato de la boda. Alguien pudo haber accedido a información personal que estaba incluida en el expediente financiero.

Marcus cerró los ojos.

—Gracias, Vanessa. No transfieras nada. Conserva todos los correos y no respondas a ninguna solicitud adicional hasta que nuestros abogados te contacten.

Colgó.

Yo estaba temblando.

—¿Quién tiene acceso a mis datos?

—Los proveedores de la boda, nuestro equipo administrativo, los abogados que prepararon los documentos y cualquier persona que haya tenido acceso a las carpetas financieras.

—Eso significa que podría ser cualquiera.

—Sí.

Me senté lentamente.

Todo lo que había creído seguro se estaba desmoronando. Mi padre biológico había regresado con una historia de amor. Mi prometido había firmado un acuerdo secreto.

Un empleado de confianza había desaparecido. Y alguien estaba intentando mover dinero usando mi identidad.

—Marcus, tengo que saber quién hizo esto.

Él asintió.

—Lo averiguaremos.

Entonces recordé algo.

La fotografía de Ethan.

La frase escrita en la parte posterior.

«El próximo paso depende de la hija de Marcus Bennett».

Saqué mi teléfono y busqué el número desconocido.

—Voy a responderle.

Marcus no intentó detenerme, pero se quedó a mi lado mientras escribía:

«¿Quién eres? ¿Qué sabes de mi abuelo?».

La respuesta llegó menos de un minuto después.

«Tu abuelo no murió sin dejar una última instrucción. Marcus la ocultó porque pensó que así te protegería».

Levanté la mirada hacia mi padrastro.

—¿Qué última instrucción?

Marcus se quedó completamente inmóvil.

Por primera vez en toda la noche, vi miedo verdadero en su rostro.

—Nia, no respondas a ese número.

Pero el teléfono vibró de nuevo.

Esta vez había llegado una fotografía.

Era un documento antiguo, amarillento, con el sello del despacho de abogados de mi abuelo. En la parte superior aparecía mi nombre completo.

Debajo, una frase escrita a máquina:

*«En caso de que Nia Bennett descubra la existencia del fideicomiso, deberá entregársele el sobre sellado únicamente después de verificar la identidad de su padre biológico».*

Miré a Marcus.

Él se llevó una mano a la boca.

—¿Qué significa esto? —susurré.

Marcus tardó varios segundos en responder.

—Significa que tu abuelo sabía que Darius volvería algún día.

Se acercó al escritorio, abrió el cajón que había permanecido cerrado durante años y sacó un sobre sellado con cera roja.

En el frente, con la letra temblorosa de mi abuelo, había cuatro palabras:

*«Para mi nieta Nia. Personal».*

Marcus me lo entregó.

Pero antes de que pudiera romper el sello, mi teléfono vibró una última vez.

El desconocido había enviado un mensaje.

«Antes de abrirlo, pregúntale a Marcus por qué tu abuelo dejó instrucciones para que no te entregaran esa carta mientras él siguiera vivo».

Levanté lentamente la mirada.

Marcus no intentó quitarme el sobre.

Solo susurró:

—Porque hay algo en esa carta que podría cambiar todo lo que crees saber sobre tu familia.

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Y, por primera vez, no supe si estaba a punto de descubrir la verdad…

O de perder al único padre que jamás me había abandonado.

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