Chapter 2: Los doscientos mil dólares que nadie debía mencionar
—Dime que ese mensaje es mentira.
Mi voz apenas salió de mi garganta.
Darius me tomó del brazo y me condujo hacia un rincón del vestíbulo, lejos de Vanessa y de los invitados que comenzaban a murmurar detrás de las puertas.
—Nia, escúchame. Tu padrastro está tratando de manipularte porque no soporta que hayas elegido a tu verdadero padre.
—¿Y por qué menciona doscientos mil dólares?
—Porque es un hombre resentido. Probablemente inventó todo.
—La firma de mi mamá está aquí.
Le mostré el documento.
Darius lo miró durante dos segundos y luego apartó la vista.
Fue un gesto pequeño.
Casi imperceptible.
Pero yo lo vi.
—¿Qué pasó hace diecinueve años? —insistí.
Él suspiró, como si yo fuera una niña difícil que se negaba a entender algo sencillo.
—Tu madre y yo teníamos problemas. Muchos problemas. Éramos jóvenes, no teníamos dinero y nuestra relación era un desastre. Cuando me fui, ella decidió que yo era el villano de su historia.
—¿Te pagaron doscientos mil dólares para que te fueras?
—No fue así.
—Entonces explícame cómo fue.
Darius miró hacia el salón, donde la música había cesado. Los invitados empezaban a levantarse de sus asientos.
—Tu madre me dio dinero para empezar de nuevo. Yo estaba endeudado. Ella quería que desapareciera y dejara de buscarla.
Sentí un escalofrío.
—¿Y me dejaste?
—No tenía otra opción.
—Siempre hay otra opción, Darius.
Él apretó la mandíbula.
—No me llames así. Soy tu padre.
Aquella frase, pronunciada con tanta autoridad, me hizo retroceder.
—Un padre no desaparece durante diecinueve años.
Su expresión se endureció.
—Un padre tampoco debería permitir que otro hombre compre su lugar.
Miré otra vez el documento.
Había una cláusula que no había leído por completo. La señalé con un dedo tembloroso.
«El beneficiario renuncia voluntariamente a cualquier reclamación futura relacionada con la custodia, manutención o representación paterna de la menor».
Debajo aparecía la firma de Darius.
Y junto a ella, la fecha.
—¿Firmaste esto?
Él se quedó callado.
—Darius, ¿firmaste esto?
—Era un acuerdo legal.
—¡Eras mi padre!
Mi voz resonó por el vestíbulo.
Una pareja que pasaba cerca se detuvo. Vanessa fingió revisar su teléfono, aunque era evidente que escuchaba cada palabra.
Darius se acercó a mí.
—Baja la voz. No voy a permitir que humilles a tu familia delante de todos.
Me quedé mirándolo.
Familia.
Hasta hacía unos minutos, habría hecho cualquier cosa por escuchar esa palabra de sus labios.
Ahora solo sentía vergüenza.
—¿Por qué regresaste? —pregunté.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Porque te extrañaba.
—No me conoces.
—Eso puede cambiar.
—¿Y los doscientos mil dólares?
Darius guardó silencio.
Entonces, desde el otro extremo del vestíbulo, escuché una voz conocida.
—Nia, no le hagas esa pregunta si no estás preparada para escuchar la respuesta.
Me volví.
Mi madre estaba de pie junto a la entrada, todavía con su vestido azul marino y los pendientes de perlas que Marcus le había regalado en su aniversario. Había llegado tarde porque, según me había dicho esa mañana, estaba ayudando a mi tía con unos problemas de transporte.
Su rostro estaba pálido.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
Elena miró a Darius.
—Recibí un mensaje de Marcus.
Darius soltó una risa amarga.
—Por supuesto. Todos están conspirando contra mí.
—No —respondió mi madre—. Estamos intentando impedir que nuestra hija cometa el peor error de su vida.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Es verdad? ¿Le pagaste para que desapareciera?
Elena cerró los ojos.
Durante años, yo había creído que mi padre biológico se había marchado porque no estaba preparado para la responsabilidad. Mi madre nunca había hablado de dinero. Siempre decía que Darius simplemente no quería ser padre.
—Yo no le pagué para que desapareciera —dijo finalmente—. Le pagué para que dejara de amenazarnos.
Darius dio un paso hacia ella.
—¡Eso es mentira!
Mi madre no retrocedió.
—Tenías deudas con gente peligrosa. Venías a mi casa a gritar, golpeabas las puertas y me decías que te llevarías a Nia si no te daba dinero. Una noche, cuando ella tenía dos años, la despertaste golpeando una ventana.
Me llevé una mano a la boca.
No recordaba aquella noche.
Pero recordaba otras cosas: el sonido de una puerta cerrándose, mi madre llorando en la cocina y Marcus cargándome en brazos mientras me decía que todo estaba bien.
—¿Por qué nunca me lo contaste? —pregunté.
Mi madre comenzó a llorar.
—Porque quería que tuvieras una infancia normal. Y porque Marcus me prometió que jamás te haría sentir que tenías una deuda con él por criarte.
Miré hacia la salida lateral.
Marcus había desaparecido.
—¿Y los doscientos mil dólares? —pregunté.
Elena respiró temblorosamente.
—Parte de ese dinero se utilizó para pagar las deudas que amenazaban nuestra seguridad. Otra parte fue una indemnización que Darius exigió para firmar la renuncia. Pero el resto…
Se interrumpió.
—¿Qué resto?
—El resto nunca llegó a mis manos.
Darius soltó una carcajada.
—No vas a hacer esto.
Mi madre lo miró con un desprecio que jamás le había visto.
—¿Quieres que se lo diga yo o prefieres hacerlo tú?
Él se quedó inmóvil.
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
—¿Dónde está el dinero? —pregunté.
Darius miró hacia las puertas del salón. Después, hacia la salida.
Y comprendí que estaba pensando en marcharse.
—No voy a discutir esto en una boda —dijo.
—Entonces no debiste traerlo a mi boda.
Le bloqueé el paso.
Por primera vez, no vi al hombre al que había idealizado durante ocho meses. Vi a alguien que llevaba toda la vida encontrando razones para no responder por sus decisiones.
—Tú dijiste que querías recuperar el tiempo perdido —le recordé—. Dijiste que habías guardado mis fotografías, que preguntabas por mí, que nunca habías dejado de quererme.
Darius tragó saliva.
—Todo eso es verdad.
—¿Entonces por qué no me buscaste cuando cumplí dieciocho años? ¿Por qué no apareciste cuando me gradué? ¿Por qué no estuviste cuando me operaron de apendicitis?
No respondió.
—¿Por qué ahora?
El silencio fue tan largo que escuché el zumbido de las luces del techo.
Finalmente, Darius habló.
—Porque sabía que algún día podrías ayudarme.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Ayudarte con qué?
Mi madre se cubrió la boca.
Darius cerró los ojos, consciente de que acababa de decir demasiado.
En ese instante, un hombre de traje gris entró por las puertas principales. Llevaba un sobre de mensajería en la mano y preguntó por Darius Cole.
—¿Quién quiere saberlo? —respondió él.
El hombre sacó una identificación.
—Vengo a notificarle una demanda civil. La audiencia preliminar está programada para el próximo mes.
Darius palideció.
El hombre le entregó el sobre y se marchó.
Yo observé cómo las manos de mi padre biológico empezaban a temblar.
—¿Te están demandando? —pregunté.
—No es asunto tuyo.
—¡Acabas de decir que regresaste porque podía ayudarte!
Él apretó el sobre contra su pecho.
—Nia, puedo explicarlo todo.
—Entonces hazlo.
Darius miró a mi madre, luego a mí.
Finalmente, bajó la voz.
—Necesito que Ethan firme unos documentos. Después de la boda, todo será mucho más fácil.
Me quedé helada.
—¿Qué tiene que ver Ethan con esto?
Darius no respondió.
Y cuando intenté quitarle el sobre para leer la demanda, él lo apartó de mis manos con tanta brusquedad que el contenido cayó al suelo.
Entre los papeles había una fotografía.
Era una imagen de Ethan, mi futuro esposo, saliendo de un edificio de oficinas.
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En la parte posterior, alguien había escrito una sola frase:
«El próximo paso depende de la hija de Marcus Bennett».
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