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Chapter 4: El contrato que convirtió mi boda en una trampa

Me quedé mirando la cláusula hasta que las letras comenzaron a mezclarse frente a mis ojos.

«La operación solo podrá completarse después del matrimonio de Nia Bennett».

Mi nombre estaba escrito en un contrato que yo jamás había visto, vinculado a un acuerdo del que ni siquiera sabía que existía.

Y el hombre con quien había planeado compartir mi vida había firmado al lado de mi padre biológico.

—Marcus, necesito que me expliques esto —dije, levantando la hoja—. ¿Qué operación? ¿Qué tiene que pasar después de que me case?

Marcus permaneció detrás del escritorio, con ambas manos apoyadas sobre la madera.

—Siéntate, Nia.

—No quiero sentarme. Quiero respuestas.

—Entonces tendrás que escucharme hasta el final.

Su voz era tranquila, pero había algo en sus ojos que nunca había visto. No era enojo. Era cansancio. El cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo cargando una verdad sin saber cuándo sería seguro soltarla.

Me dejé caer en la silla frente a él.

—Está bien. Habla.

Marcus abrió una carpeta azul y sacó varios documentos.

—Tu abuelo, Robert Bennett, fundó una empresa de logística hace treinta años. Empezó con dos camiones, un pequeño almacén y una deuda que casi lo llevó a la bancarrota. Yo trabajé con él desde el principio. Cuando enfermó, me pidió que me hiciera cargo de la operación.

—Eso lo sé.

—Lo que no sabes es que Darius trabajó para él durante un tiempo. Tu abuelo intentó darle una oportunidad porque sabía que era tu padre. Le ofreció una participación minoritaria en la empresa a cambio de que cumpliera ciertas responsabilidades.

—¿Qué responsabilidades?

—Mantenerse alejado de las deudas ilegales, trabajar de manera constante y demostrar que podía ser confiable.

Solté una risa amarga.

—Y no pudo hacerlo.

—No quiso hacerlo.

Marcus me mostró una copia de una carta fechada pocos días antes de la muerte de mi abuelo.

La letra era temblorosa, pero reconocí el nombre al final.

Robert Bennett.

«Darius no entiende que una familia no es una cuenta bancaria. Si acepta mi oferta, tendrá una oportunidad de construir algo para su hija. Si la rechaza, no volveré a negociar con él».

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Mi abuelo hizo todo esto por mí?

—Sí.

—¿Y Darius lo rechazó?

Marcus asintió.

—Tu abuelo murió antes de que pudiera resolver el asunto. Darius interpretó que eso le daba derecho a reclamar la participación de todos modos. Yo me negué porque no había cumplido las condiciones.

Me incliné sobre la mesa.

—Pero ¿qué tiene que ver mi boda?

Marcus deslizó hacia mí una segunda carpeta.

En su interior había un documento de la empresa y una copia de una escritura de fideicomiso. Mi abuelo había establecido que una parte de sus acciones se reservara para mí cuando alcanzara la mayoría de edad. Marcus administraba esas acciones hasta que yo estuviera preparada para tomar decisiones sobre ellas.

Nunca me había hablado de aquello.

—¿Soy accionista? —pregunté.

—Tienes derecho a una participación que tu abuelo dejó protegida para ti. Pero no puedes transferirla sin cumplir los procedimientos establecidos en el fideicomiso.

—¿Y Darius quiere mis acciones?

—Quiere controlar el voto de esas acciones. Si logra que las transfieras o que firmes ciertos documentos, podría utilizarlas para exigir cambios en la dirección de la empresa.

Miré el contrato de Ethan.

—¿Y él iba a ayudarlo?

Marcus no contestó enseguida.

—Eso es lo que parece indicar este acuerdo.

Sentí una presión insoportable detrás de los ojos.

Ethan me había acompañado a elegir mi vestido. Había llorado cuando me vio probarme el velo. Me había prometido que nunca permitiría que nadie me hiciera sentir sola.

Y mientras yo imaginaba nuestra vida juntos, él había estado firmando documentos con Darius.

—¿Por qué necesitarían que me casara? —pregunté.

Marcus señaló una cláusula.

—El matrimonio no te obliga automáticamente a entregar tus acciones. Pero este contrato parece diseñado para que, después de la ceremonia, tú firmes un poder legal que permitiría a Ethan gestionar determinados asuntos financieros en tu nombre.

—Ethan me dijo que quería construir nuestro futuro juntos.

—Tal vez esa sea parte de lo que él cree. Pero quiero que leas cada página antes de decidir qué significa.

Me levanté de golpe.

—¿Por qué no me lo dijiste antes de que empezara la boda?

Marcus bajó la mirada.

—Porque no tenía pruebas suficientes de que Ethan estuviera involucrado. Solo tenía sospechas y algunas transferencias que no lograba explicar. No iba a destruir tu relación basándome en una posibilidad.

—¡Pero me dejaste entrar al salón sin decirme nada!

—Intenté hablar contigo esta mañana.

Recordé su llamada mientras me maquillaban. Había rechazado la llamada porque Darius estaba conmigo, diciéndome que Marcus intentaría arruinar mi gran día.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Me llamaste tres veces.

—Cuatro.

No supe qué decir.

Marcus cerró la carpeta.

—Nia, no te mostré estos documentos para obligarte a elegirme. Si decides casarte con Ethan mañana, dentro de un mes o dentro de diez años, será tu decisión. Pero no firmes nada que no entiendas.

Miré la pequeña llave que todavía sostenía entre los dedos.

—¿Y los pagos de la boda?

Marcus soltó el aire lentamente.

—La mayoría salió de una cuenta que abrí cuando eras pequeña. La alimenté durante años. También utilicé una línea de crédito empresarial para algunos depósitos, respaldada por mis garantías personales.

—¿Entonces perdiste todo ese dinero?

—No he perdido nada que no pueda resolver.

Su respuesta me dolió más que un reproche.

Incluso después de haberlo rechazado delante de cientos de personas, seguía intentando protegerme de las consecuencias.

Me acerqué y me arrodillé junto a su silla.

—Lo siento.

Marcus no me tocó.

—Sé que lo sientes ahora.

—No, Marcus. Lo siento de verdad.

Él cerró los ojos un instante.

—Yo no necesitaba caminar contigo por un pasillo para saber que eras mi hija, Nia.

Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas.

—Pero yo quería que él me eligiera.

—Lo sé.

—Quería creer que me había extrañado.

Marcus me miró finalmente.

—Querer que alguien te ame no significa que debas entregarle las llaves de tu vida.

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta principal.

Tres golpes rápidos.

Después, una voz conocida gritó desde el vestíbulo.

—¡Nia! ¡Sé que estás ahí!

Ethan.

Me levanté de inmediato.

Marcus no se movió.

—No tienes que hablar con él ahora —dijo.

Pero yo ya caminaba hacia la puerta.

Abrí.

Ethan estaba empapado por la lluvia, todavía vestido con el esmoquin de la boda. Tenía el cabello desordenado y la corbata suelta.

—Gracias a Dios —murmuró al verme—. He estado llamándote sin parar.

—¿Por qué firmaste ese contrato?

Su rostro perdió el color.

Miró por encima de mi hombro y vio a Marcus.

—Nia, puedo explicártelo.

—Entonces empieza por decirme por qué mi nombre aparece en un acuerdo entre tú y Darius.

Ethan tragó saliva.

Después hizo algo que jamás habría imaginado.

Se arrodilló frente a mí.

—Porque Darius me dijo que, si no lo ayudaba, tú perderías algo mucho más importante que esta boda.

Lo miré, horrorizada.

—¿Qué cosa?

Ethan levantó la cabeza.

—Tu herencia.

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Y entonces sacó de su bolsillo un segundo contrato.

—Pero hay una parte que Marcus todavía no te ha contado.

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