Chapter 5: La mentira que mi prometido llamó amor
Ethan seguía arrodillado en el vestíbulo, sosteniendo el contrato como si fuera un salvavidas.
Yo no podía dejar de mirar sus manos.
Las mismas manos que habían colocado mi anillo de compromiso en el dedo seis meses antes. Las mismas que me habían acariciado el cabello cuando lloré porque extrañaba a mi abuelo. Las mismas que ahora temblaban mientras me pedía que confiara en él.
—Levántate —le ordené.
—Nia, por favor.
—No voy a escuchar tus explicaciones mientras estés arrodillado. Levántate y dime la verdad.
Ethan obedeció lentamente.
Marcus apareció detrás de mí, pero se mantuvo a una distancia prudente.
—Será mejor que tengas una buena explicación —dijo.
Ethan lo miró con resentimiento.
—Usted nunca me quiso cerca de ella.
Marcus no cambió de expresión.
—Te di la bienvenida a mi casa. Te invité a cenar. Te ayudé a preparar tu currículum cuando perdiste tu primer trabajo. Si eso significa que nunca te quise cerca de Nia, tenemos definiciones muy distintas de la palabra querer.
Ethan apretó el contrato.
—No conoce toda la historia.
—Entonces cuéntala —intervine—. Ahora.
Mi prometido me miró.
—Hace siete meses, mi empresa tuvo problemas financieros. Un cliente importante canceló un contrato y yo había invertido más dinero del que debía. Si no conseguía capital rápidamente, habría tenido que declararme en bancarrota.
—Nunca me dijiste que tenías una empresa en problemas.
—Porque estaba intentando resolverlo.
—¿Y Darius apareció para salvarte?
Ethan asintió.
—Se puso en contacto conmigo. Dijo que conocía a personas que podían ayudarme a conseguir un préstamo. Al principio, pensé que era un inversor.
—¿Cuándo descubriste quién era realmente?
—Después de la primera reunión.
Sentí que el estómago se me revolvía.
—¿Y aun así seguiste trabajando con él?
Ethan bajó la cabeza.
—Me había prestado ciento ochenta mil dólares. Mi empresa estaba al borde del colapso. No tenía forma de devolverle el dinero inmediatamente.
—Podrías habérmelo contado.
—Tenía miedo de perderte.
Solté una risa incrédula.
—Así que preferiste mentirme.
—Quería resolverlo antes de que nos casáramos.
—¿Con un contrato que utiliza mi nombre?
Ethan me entregó el documento.
Lo leí rápidamente. El acuerdo describía una operación financiera entre él, Darius y una sociedad de inversión que no reconocía. En una sección se mencionaba la posibilidad de gestionar determinadas participaciones empresariales pertenecientes a una futura esposa.
No había una transferencia automática de mis acciones, pero sí un mecanismo para solicitar un poder de representación después del matrimonio.
—¿Me ibas a pedir que firmara esto? —pregunté.
Ethan se pasó las manos por el rostro.
—Darius dijo que era una formalidad.
—¿Y tú le creíste?
—No sabía que iba a utilizarlo para presionarte.
Marcus soltó una risa seca.
—Pero sabías que estaba utilizando tu deuda para obligarte a colaborar.
Ethan lo señaló.
—¡Usted también tiene secretos! ¡Ha controlado esa empresa durante años y nunca le explicó a Nia cuánto dinero tiene ni qué derechos heredó!
Marcus no respondió inmediatamente.
Yo me volví hacia él.
—¿Es verdad? ¿Nunca me hablaste de mis acciones porque querías controlarlas?
Marcus me sostuvo la mirada.
—No. Nunca te hablé de ellas porque tu abuelo quería que tuvieras la oportunidad de crecer sin sentir que tu futuro estaba decidido por una cuenta bancaria. Cuando cumpliste veintiún años, te ofrecí revisar el fideicomiso con un abogado. Me dijiste que no querías dedicar tu vida a los negocios.
Recordé aquella conversación.
Había sido después de graduarme de la universidad. Yo quería trabajar en diseño de interiores y le había dicho que no me interesaba pasar los días leyendo contratos.
Marcus había respetado mi decisión.
—Podrías haber insistido —murmuré.
—Podría haber hecho muchas cosas. Pero nunca quise que creyeras que mi amor dependía de lo que heredaste.
Ethan aprovechó mi silencio.
—¿Ves? Nadie te cuenta todo. Yo cometí un error, sí, pero no soy el villano que ellos quieren que creas.
Lo miré con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y qué soy yo en todo esto? ¿Una esposa? ¿Una persona a la que amas? ¿O una firma que necesitabas conseguir?
—Te amo.
—No me respondas con eso. Respóndeme con la verdad.
Ethan abrió la boca, pero el teléfono que llevaba en el bolsillo comenzó a vibrar.
Miró la pantalla y palideció.
—Tengo que contestar.
—Ponlo en altavoz —ordené.
—Nia…
—Ahora.
Ethan aceptó la llamada.
La voz de Darius llenó el vestíbulo.
—¿Ya hablaste con ella? Necesito que firme antes de que Marcus contacte a los abogados.
Ethan cerró los ojos.
Yo sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—No va a firmar nada —respondió Ethan.
Hubo una pausa al otro lado.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no va a firmar.
La voz de Darius se volvió fría.
—Entonces no esperes que yo cubra tu deuda. Tienes cuarenta y ocho horas para devolverme el dinero o me encargaré de que pierdas hasta el último centavo.
La llamada terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Finalmente, miré a Ethan.
—¿Cuánto debes realmente?
Él no contestó.
—Ethan, ¿cuánto?
—Doscientos cuarenta mil dólares, contando los intereses y las penalizaciones.
Me apoyé contra la pared.
Ciento ochenta mil de préstamo. Sesenta mil adicionales en intereses, cargos y otras obligaciones que ni siquiera sabía si eran legales.
—¿Y cuánto de eso pensabas resolver con mis acciones?
Ethan bajó la cabeza.
—No quería quitarte nada. Solo necesitaba tiempo para pagar.
—Entonces ¿por qué aceptaste un contrato que depende de mi matrimonio?
—Darius me dijo que podía conseguir que un banco refinanciara la deuda utilizando la empresa de tu familia como garantía. Yo no entendía todas las cláusulas.
Marcus dio un paso adelante.
—Eso es suficiente. Necesitas un abogado independiente. No volverás a firmar nada con Darius sin asesoría legal.
Ethan se volvió hacia mí.
—Nia, por favor. No permitas que esto destruya lo que tenemos.
Miré el anillo de compromiso.
Durante meses había imaginado el día en que lo reemplazaría por una alianza. Había elegido flores, música y fotografías. Había escrito votos que hablaban de honestidad y confianza.
Ahora cada recuerdo parecía contaminado por una pregunta.
¿Cuándo había empezado a mentirme?
—Necesito que te vayas —le dije.
Ethan retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—¿Me estás dejando?
—Te estoy pidiendo que te vayas de esta casa. No voy a tomar una decisión sobre nuestro futuro mientras siga descubriendo mentiras.
—Pero te amo.
—Entonces deja de utilizar tu amor como excusa para no responder por tus actos.
Ethan miró a Marcus, recogió su teléfono y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Hay algo más que necesitas saber.
No respondí.
—Darius no fue quien me buscó primero.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Ethan apretó los labios.
—La primera persona que se puso en contacto conmigo fue alguien de la empresa de Marcus. Me ofreció información sobre tus acciones y me dijo que, si quería construir un futuro contigo, debía asegurarme de que tu herencia estuviera protegida.
Marcus se quedó inmóvil.
—¿Quién? —preguntó.
Ethan abrió la boca.
En ese momento, su teléfono vibró otra vez.
Miró la pantalla y me mostró el mensaje.
Era de Darius.
«No le digas quién te entregó los documentos. Si Marcus descubre su nombre, todos perderemos».
Ethan guardó el teléfono.
—Lo siento, Nia.
Y se marchó.
Cerré la puerta lentamente.
Durante un largo rato, Marcus y yo permanecimos en silencio.
Finalmente, le mostré el mensaje.
Él lo leyó una vez.
Después volvió a leerlo.
Su rostro cambió de una manera que me hizo sentir miedo.
—¿Reconoces a alguien que trabaje en la empresa? —pregunté.
Marcus no respondió.
Caminó hasta su escritorio, abrió una agenda antigua y buscó un número de teléfono.
—¿A quién llamas?
—A la persona que administra los registros corporativos.
—¿Por qué?
Marcus levantó la mirada.
—Porque hay una sola persona que podía acceder a los documentos que Darius necesitaba. Una persona en quien confié durante más de quince años.
Se llevó el teléfono al oído.
—Necesito hablar con Richard. Ahora.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión se endureció.
—¿Cómo que no ha ido a trabajar?
Colgó lentamente.
Yo sentí que el miedo me apretaba la garganta.
—¿Qué pasa?
Marcus miró la carpeta del contrato, luego el teléfono.
—Richard Cole desapareció esta tarde.
—¿Quién es Richard Cole?
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Marcus me miró directamente a los ojos.
—El director financiero de la empresa. Y el hermano mayor de Darius.