Chapter 9: La grabación de mi padre reveló la verdadera razón de nuestra boda
Lucía nos esperaba junto a su automóvil.
Cuando nos vio salir del jardín, abrió la puerta y corrió hacia nosotras.
—¡Dios mío, Camila! ¿Qué pasó? ¿Por qué estás vestida de novia?
No tuve tiempo de responder.
A nuestras espaldas, la puerta de la casa se abrió de golpe. Víctor apareció en el porche, discutiendo con Ricardo. Las luces de las patrullas iluminaban la calle.
Dos agentes corrieron hacia la entrada mientras otros nos indicaban que nos alejáramos.
Mi madre temblaba.
La abracé y la ayudé a subir al automóvil de Lucía.
—Vámonos —le dije.
Mientras Lucía conducía hacia su apartamento, revisé los documentos. Cada página parecía revelar una mentira distinta: transferencias ocultas, propiedades adquiridas mediante contratos dudosos y firmas que no correspondían a las personas que supuestamente las habían realizado.
Pero mi mente seguía atrapada en las palabras de Víctor.
¿Daniel se enamoró de ti por casualidad o sabía quién eras desde el principio?
No quería creer que nuestra relación hubiera sido una estrategia.
Recordé la primera vez que conocí a Daniel. Había sido en una cafetería cerca de mi oficina. Yo estaba revisando unas facturas cuando él se acercó para preguntarme si la silla frente a mí estaba libre.
Hablamos durante casi dos horas.
Nunca me preguntó por el dinero de mi familia. Nunca pareció interesado en mi apellido ni en la historia de mi padre.
O eso había creído.
—Camila —dijo Lucía desde el asiento del conductor—, tienes que respirar.
No me había dado cuenta de que estaba apretando el dispositivo de memoria con tanta fuerza que me dolían los dedos.
—Necesito escuchar esto.
Llegamos a su apartamento y cerramos todas las puertas. Lucía preparó café para mi madre mientras yo conectaba el dispositivo a su computadora.
Había tres archivos.
Dos estaban dañados.
El tercero tenía un nombre: Para Camila.
Intenté abrirlo, pero apareció una solicitud de contraseña.
Probé mi fecha de nacimiento.
Incorrecta.
La fecha de nacimiento de mi padre.
Incorrecta.
El día de su muerte.
Incorrecta.
Mi madre observaba la pantalla desde el otro lado de la mesa.
—Tu padre siempre decía que la contraseña era algo que nadie podría quitarte.
Miré la fotografía que habíamos encontrado en la casa.
Mi padre y su socio estaban de pie frente al roble del jardín.
Recordé una frase que él repetía cuando yo era pequeña.
El dinero puede comprar una casa, mi niña, pero nunca podrá comprar lo que llevas dentro.
Escribí la palabra «dignidad».
La pantalla se iluminó.
El archivo se abrió.
Durante varios segundos solo escuchamos interferencias. Después apareció la voz de mi padre, cansada pero clara.
—Elena, si estás escuchando esto, significa que no pude entregarte las pruebas personalmente. Y si algún día nuestra hija llega a escuchar esta grabación, quiero que sepa que nunca hice nada de lo que puedan acusarme.
Mi madre comenzó a llorar.
Yo me cubrí la boca.
Hacía diecisiete años que no escuchaba la voz de mi padre.
—Ricardo Herrera ha estado falsificando contratos y desviando fondos de la empresa —continuó la grabación—. Tengo copias de los documentos originales. También tengo pruebas de que utilizó mi firma después de mi muerte para apropiarse de la casa y de otras propiedades.
Hubo una pausa.
Se escuchó un golpe, como si mi padre hubiera dejado algo sobre una mesa.
—Pero hay algo más grave. Mi socio Samuel descubrió que Ricardo no actuaba solo. Alguien dentro de su familia le proporcionaba información sobre los movimientos de dinero y sobre las personas que intentaban denunciarlo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
La grabación continuó.
—No sé quién es. Pero encontré una transferencia autorizada desde una cuenta vinculada a Daniel Herrera. La operación se realizó cuando Daniel todavía era un adolescente y utilizaba una cuenta supervisada por su padre.
No puedo asegurar que él supiera lo que estaba ocurriendo. Ricardo controlaba sus cuentas y firmaba muchos documentos en su nombre.
Me quedé inmóvil.
Daniel había estado vinculado a aquellos negocios desde mucho antes de conocerme.
Pero la grabación no terminaba ahí.
—Si nuestra hija llega a relacionarse con esa familia, no la culpes. Ella no tiene por qué pagar por mis errores ni por los de nadie. Sin embargo, si algún día Daniel aparece en su vida, quiero que recuerde una cosa: las personas no siempre son responsables de las mentiras con las que crecen, pero sí son responsables de lo que hacen cuando descubren la verdad.
La voz de mi padre se volvió más débil.
—Elena, hay un último documento. Lo guardé con Samuel. Si Ricardo consigue encontrarlo, tendrá una razón para perseguir a nuestra familia durante el resto de su vida. Ese documento demuestra quién es el verdadero propietario de la casa y de los terrenos que la rodean.
La grabación terminó con un ruido seco.
Me quedé mirando la pantalla.
Mi madre tenía el rostro cubierto de lágrimas.
—Tu padre sabía que algo así podía ocurrir —susurró—. Pero nunca imaginé que llegaríamos a este punto.
Lucía se sentó a mi lado.
—¿Qué hacemos ahora?
Antes de responder, mi teléfono comenzó a vibrar.
Era Daniel.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Finalmente, recibí un mensaje.
Camila, por favor, contéstame. Necesito explicarte algo sobre la grabación.
Sentí un escalofrío.
No le había contado que habíamos encontrado el dispositivo.
¿Cómo sabía que existía una grabación?
Escribí una respuesta.
¿Cómo sabes que estoy escuchándola?
El mensaje apareció como leído inmediatamente.
Daniel tardó casi un minuto en contestar.
Porque yo fui quien la encontró primero.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
Mi madre me miró con terror.
—¿Qué dice?
Le mostré la pantalla.
Lucía se levantó.
—Tenemos que ir a la policía.
—Sí —respondí—. Pero primero necesito saber qué hizo Daniel.
Llamé.
Contestó al primer tono.
—Camila, gracias a Dios.
Su voz sonaba desesperada.
—¿Cómo sabías que existía la grabación?
Daniel guardó silencio.
—Respóndeme.
—Porque hace dos meses fui a buscarla —admitió—. Víctor me dijo que tu padre había dejado pruebas contra mi familia. Quería encontrar los documentos antes de que mi padre los destruyera.
—¿Y por qué no me lo contaste?
—Porque todavía no sabía qué había ocurrido realmente. Mi padre me había convencido de que tu padre había cometido fraude y que la disputa se había resuelto legalmente.
—¿Y le creíste?
—Sí.
La sinceridad de aquella respuesta me dolió más que una mentira.
—¿Cuándo dejaste de creerle?
—Cuando encontré un contrato con tu firma que no coincidía con los documentos originales.
Miré a mi madre.
Daniel continuó:
—Era un acuerdo sobre la propiedad de tu padre. Mi padre quería que nos casáramos antes de que se revisaran ciertos documentos. Me dijo que, una vez casados, tú podrías autorizar una reorganización de los bienes familiares y que eso evitaría una disputa judicial.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Me pediste matrimonio para conseguir que yo firmara esos documentos?
—Al principio, mi padre quería que nuestra relación facilitara las negociaciones. Pero yo no me enamoré de ti por eso, Camila. Te lo juro.
Cerré los ojos.
—¿Cuándo supiste que tu padre estaba utilizando mi nombre?
—Hace tres semanas.
—¿Y aun así seguiste adelante con la boda?
—Pensaba detenerlo todo después de encontrar las pruebas.
Solté una risa amarga.
—¿Después de casarnos?
—No. Antes de que tuvieras que firmar nada.
—Pero nunca me dijiste la verdad.
Daniel comenzó a hablar más rápido.
—Tenía miedo de que pensaras que todo había sido una mentira. Quería encontrar los documentos, enfrentar a mi padre y después contártelo.
—Eso no es protegerme. Es decidir por mí.
No respondió.
Después de unos segundos, su voz se quebró.
—Lo sé.
Por primera vez, no intentó justificarse.
Y eso me confundió más de lo que quería admitir.
—Hay otra cosa que debes saber —añadió—. Mi padre está buscando el documento original de la propiedad. Cree que Samuel lo tiene. Pero el documento no está con él.
Miré la pantalla de la computadora.
Recordé la última frase de mi padre.
Ese documento demuestra quién es el verdadero propietario de la casa y de los terrenos que la rodean.
—¿Dónde está? —pregunté.
Daniel respiró profundamente.
—Mi padre cree que está escondido en la casa de ladrillo rojo. Pero yo encontré una carta que indica que tu padre lo entregó a una persona de confianza antes de morir.
—¿A quién?
Daniel tardó en responder.
—A tu madre.
Me volví hacia Elena.
Ella palideció.
—No —susurró—. Yo nunca tuve ese documento.
Daniel escuchó su voz a través del teléfono.
—Señora Elena, con todo respeto, su firma aparece en el registro de entrega.
Mi madre se levantó de golpe.
—¡Yo nunca firmé nada!
En ese instante, Lucía recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos y después me miró, aterrorizada.
—Camila, la policía acaba de encontrar a Víctor inconsciente en el jardín de la casa.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Está vivo?
Lucía negó lentamente con la cabeza.
—No lo saben todavía.
Mi teléfono seguía conectado.
Daniel había escuchado todo.
—Camila, escúchame —dijo con urgencia—. Si encontraron a Víctor, significa que mi padre sabe que ustedes tienen las pruebas.
—¿Qué quieres que haga?
Su respuesta llegó inmediatamente.
—No confíes en nadie de mi familia.
Miré a mi madre.
Ella estaba temblando, con los ojos clavados en la pantalla.
Entonces Daniel añadió algo que hizo que el mundo volviera a detenerse.
—Y hay una última cosa que no te he contado. La persona que organizó la transferencia vinculada a tu padre no fue mi padre.
—¿Quién fue?
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Daniel respiró entrecortadamente.
—Fue mi madre, Patricia.