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Chapter 1: Los mechones que destruyeron una boda

—¡Si vuelves a tocar a mi madre, te juro que no habrá boda, ni hoy ni nunca!

Mi grito atravesó la lujosa suite nupcial del hotel como un disparo. A mis pies, sobre la alfombra color marfil, descansaban varios mechones de cabello castaño que, apenas unos minutos antes, habían pertenecido a la mujer que me había criado sola.

Frente a mí estaba Vanessa, la hermana de mi prometido, vestida completamente de negro y sosteniendo unas tijeras plateadas.

No parecía arrepentida.

Ni siquiera parecía sorprendida por mi reacción.

A su lado, mi madre, Elena, permanecía sentada frente al tocador, con una mano temblorosa sobre su cabeza. Su elegante vestido de satén color champaña seguía impecable, pero su cabello, que había peinado cuidadosamente esa mañana, tenía un enorme mechón arrancado de un costado.

Las lágrimas le corrían por las mejillas.

Y yo estaba a punto de casarme con el hombre cuya familia acababa de destrozarla delante de mí.

—¿Qué hiciste? —pregunté, acercándome a Vanessa—. ¡Te estoy preguntando qué demonios le hiciste a mi madre!

Vanessa levantó las tijeras y las cerró lentamente.

—Le hice un favor a esta boda, Camila.

Me quedé helada.

—¿Un favor?

—Ese peinado no combinaba con el evento. Y, sinceramente, alguien tenía que decirle que no podía presentarse así en una boda como esta.

Miré a mi madre.

Elena había pasado tres horas arreglándose. Había comprado aquel vestido después de ahorrar durante meses, rechazando incluso unas vacaciones que llevaba años deseando. Quería verse hermosa cuando me acompañara hasta el altar.

No porque le importaran las apariencias.

Sino porque yo era su única hija y quería que aquel día fuera perfecto para mí.

—Mamá, mírame —le pedí, arrodillándome frente a ella.

Ella intentó sonreír.

Aquella sonrisa me dolió más que cualquier insulto.

—Estoy bien, mi amor. No hagas un escándalo por mí.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Te cortó el cabello!

Mi madre bajó los ojos.

—Fue un accidente.

Vanessa soltó una risa seca.

—Exactamente. Un accidente que se pudo evitar si tu madre hubiera dejado de moverse.

Me levanté tan rápido que la silla detrás de mí cayó al suelo.

—¡No vuelvas a hablar de ella de esa manera!

Vanessa arqueó una ceja.

—¿O qué? ¿Vas a cancelar tu boda por un poco de cabello?

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

Gabriel apareció en el umbral, impecable en su traje negro hecho a medida. Llevaba el reloj que yo le había regalado por nuestro tercer aniversario y la misma sonrisa tranquila que me había enamorado durante nuestra primera cita.

Pero esa sonrisa desapareció cuando vio las tijeras, los mechones sobre la alfombra y a mi madre llorando.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.

Corrí hacia él.

—Tu hermana acaba de cortarle el cabello a mi mamá. ¡Mírala, Gabriel! ¡Mírala y dime que entiendes lo que acaba de hacer!

Gabriel miró a Elena.

Después miró a Vanessa.

Por un instante pensé que iba a perder el control. Pensé que exigiría una explicación, que le quitaría las tijeras a su hermana y que se colocaría a mi lado sin necesidad de que yo se lo pidiera.

En cambio, suspiró.

—Vanessa, dime que no hiciste esto a propósito.

Mi futura cuñada inclinó la cabeza.

—Solo intentaba ayudar. Mamá dijo que las fotos debían verse elegantes y que todos teníamos que cuidar nuestra imagen.

—¿Mamá te pidió que le cortaras el cabello a mi madre? —pregunté.

—No exageres, Camila —intervino Gabriel—. Estoy seguro de que Vanessa no quiso lastimarla.

Sentí como si acabara de abrirse una grieta bajo mis pies.

—¿Eso es lo que tienes que decirme?

Gabriel se acercó y me tomó de las manos.

—Amor, por favor. Nos quedan cuarenta minutos para la ceremonia. Hay doscientas personas abajo, nuestros amigos, nuestros familiares, los socios de mi papá… No podemos convertir esto en un desastre.

Miré sus manos alrededor de las mías.

Las mismas manos que habían sostenido las mías cuando me pidió matrimonio bajo las luces de un pequeño restaurante en San Antonio.

Las mismas que me habían prometido que nunca permitiría que nadie me hiciera sentir menos.

—Gabriel, mi madre está llorando porque tu hermana la humilló. ¿Y tú estás preocupado por los invitados?

Él apretó los labios.

—Estoy preocupado por todos. También por ti. No quiero que recuerdes este día como una pelea familiar.

—¡Yo tampoco quería recordarlo así!

Mi voz se quebró.

Gabriel me soltó y se volvió hacia su hermana.

—Vanessa, guarda las tijeras y discúlpate con Elena.

Vanessa abrió mucho los ojos.

—¿Qué? ¿Ahora tengo que disculparme por intentar arreglar un problema?

—Te estoy diciendo que te disculpes.

Por primera vez, creí que Gabriel estaba haciendo lo correcto.

Pero entonces añadió:

—Aunque, Elena, con todo respeto, quizá debiste decir algo cuando viste que Vanessa estaba tratando de ayudarte. Ella no tenía por qué ponerse nerviosa si tú hubieras colaborado.

Mi madre dejó de llorar durante un segundo.

No porque estuviera mejor.

Sino porque aquellas palabras la habían herido de una manera que las tijeras jamás podrían hacerlo.

—Yo no le pedí que me ayudara —susurró.

Gabriel se pasó una mano por el cabello.

—No quiero discutir contigo también.

Me quedé mirándolo, incapaz de reconocer al hombre que tenía delante.

Vanessa sonrió discretamente.

Creía haber ganado.

Y Gabriel, el hombre que había prometido proteger mi corazón, acababa de enseñarme que, cuando llegara el momento de elegir entre la comodidad de su familia y mi dignidad, quizá yo siempre tendría que luchar sola.

Me agaché, recogí uno de los mechones del suelo y lo deposité sobre el tocador.

Después miré a mi prometido.

—Necesito que me contestes una sola pregunta.

—Camila, por favor…

—Si la mujer sentada aquí fuera tu madre, ¿seguirías diciendo exactamente lo mismo?

Gabriel abrió la boca.

No salió ninguna respuesta.

Y entonces, desde el pasillo, escuchamos una voz femenina que nos dejó a todos inmóviles.

—Gabriel, cariño, tu mamá está preguntando si ya terminaron de poner en su lugar a la madre de la novia.

Vanessa palideció.

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Porque la persona que acababa de hablar no sabía que la puerta seguía abierta.

Y yo acababa de escuchar algo que nadie había querido que descubriera.

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