Chapter 7: Mi madre confesó lo que había ocultado durante diecisiete años
—Tu padre no murió simplemente en un accidente, Camila.
Mi madre pronunció aquellas palabras con tanta suavidad que, por un instante, pensé que las había imaginado.
Seguíamos en la suite nupcial. Mi vestido blanco estaba arrugado, el velo descansaba sobre una silla y los mechones de cabello de Elena permanecían esparcidos junto al tocador. Abajo, la música había comenzado a sonar, aunque nadie sabía todavía que la boda había terminado antes de empezar.
Me arrodillé frente a ella.
—Mamá, necesito que me cuentes todo.
Elena apretó el teléfono contra su pecho. Sus ojos estaban enrojecidos y su respiración era irregular.
—Tu padre trabajaba como contador para una empresa de inversiones en San Antonio. Antes de que muriera, descubrió que estaban utilizando documentos falsos para quedarse con propiedades de varias familias. Algunas personas habían perdido sus casas sin entender cómo. Otras habían firmado contratos que nunca habían visto.
—¿Y la familia Herrera estaba involucrada?
Mi madre no contestó inmediatamente.
Aquello fue suficiente para que mi corazón comenzara a golpearme el pecho.
—Mamá, mírame.
Ella levantó los ojos.
—El abuelo de Daniel era uno de los principales inversionistas de esa empresa.
Me puse de pie y caminé hasta la ventana.
Durante tres años había compartido cenas con los Herrera. Había escuchado a Patricia hablar de las propiedades familiares como si cada ladrillo representara una victoria personal. Había visto a Daniel estrechar la mano de su padre y felicitarlo por sus negocios.
Nunca imaginé que el nombre de aquella familia pudiera estar relacionado con la muerte de mi padre.
—¿Qué descubrió papá? —pregunté.
—Encontró transferencias de dinero que no correspondían a ninguna operación legal. También encontró contratos con firmas falsificadas. Una de esas propiedades pertenecía originalmente a tu padre y a un socio suyo.
Recordé la fotografía de la casa de ladrillo rojo.
—¿La casa del sobre?
Elena asintió.
—Tu padre había invertido sus ahorros en esa propiedad. Era una casa antigua, pero tenía un terreno enorme. Él quería convertirla en un pequeño taller donde pudiera trabajar por su cuenta cuando dejara la empresa.
—Pero la familia de Daniel se quedó con ella.
—Después de su muerte, recibí documentos que decían que tu padre había vendido su participación. También me dijeron que tenía deudas. Yo acababa de quedarme viuda, tú eras una niña y apenas podía pagar las cuentas. No tenía dinero para contratar a un abogado.
Mi madre se cubrió la cara.
—Firmé algunos papeles porque me aseguraron que eran necesarios para cerrar las cuentas de tu padre. No entendía lo que estaba aceptando.
Me acerqué a ella.
—¿Y nunca sospechaste nada?
—Sí. Pero cada vez que preguntaba, alguien me enviaba una carta recordándome que podía perder la casa donde vivíamos. Después recibí una llamada. Un hombre me dijo que, si seguía buscando respuestas, podrían quitarte de mi custodia porque yo no tenía suficientes recursos para mantenerte.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién te amenazó?
—Nunca me dio su nombre.
—¿Y por qué no me lo contaste cuando crecí?
Elena comenzó a llorar otra vez.
—Porque durante mucho tiempo creí que había sido culpa mía. Pensaba que, si hubiera insistido, si hubiera tenido más dinero, si hubiera sido más inteligente, quizá tu padre seguiría vivo.
Me senté a su lado y le tomé las manos.
—Tú no mataste a papá por no tener dinero.
—Lo sé ahora. Pero entonces estaba aterrorizada. No quería que te pasara nada.
Miré el teléfono que descansaba entre nosotras.
—¿Quién nos envió el mensaje?
Mi madre negó con la cabeza.
—No lo sé.
Volví a leerlo.
Si encuentran el documento original, descubrirán que la muerte de su padre no fue el accidente que les hicieron creer.
—¿Existe un documento original que demuestre lo que pasó?
Elena respiró hondo.
—Tu padre me entregó una llave antes de morir. Me dijo que había guardado copias de todo en el sótano de aquella casa. También me pidió que, si alguna vez alguien intentaba obligarme a renunciar a mis derechos, buscara a un hombre llamado Samuel.
—¿Quién es Samuel?
—Su antiguo socio.
—¿Sigue vivo?
—No lo sé. Tu padre me dijo que podía confiar en él, pero después del funeral nadie volvió a hablarme de ese hombre.
Me levanté y recogí la llave dorada de la caja.
—Entonces vamos a esa casa.
Mi madre me agarró la muñeca.
—No podemos ir sin saber quién está esperándonos.
—Tampoco podemos seguir huyendo.
—Camila, esa gente tiene dinero, abogados y contactos. Nosotros solo tenemos una llave y una carta.
Me arrodillé frente a ella una vez más.
—Tenemos algo más, mamá. Tenemos la verdad. Y si alguien está tan desesperado por impedir que la encontremos, es porque tiene miedo de lo que podamos descubrir.
Elena me observó durante un largo momento.
Finalmente, asintió.
Antes de salir, me quité los zapatos blancos y me puse unas sandalias que llevaba en mi bolso. Mi madre se cubrió el cabello con un pañuelo que encontró en su maleta. No pudimos arreglar lo que Vanessa había hecho, pero al menos conseguimos que Elena dejara de intentar ocultarlo.
Cuando llegamos al vestíbulo del hotel, varias personas se volvieron para mirarnos.
Una mujer se acercó a mi madre y preguntó si necesitaba ayuda.
Elena sonrió por costumbre.
—Estoy bien, gracias.
Yo no dije nada. No tenía fuerzas para explicar por qué la novia caminaba por el hotel sin novio, con el vestido arrugado y una llave antigua apretada en la mano.
Entonces vi a Daniel junto a la entrada del salón.
Estaba hablando con su padre, Ricardo Herrera. Cuando nos vio, interrumpió la conversación y caminó hacia nosotras.
—Camila, espera.
Seguí avanzando.
Él se colocó delante de mí.
—No puedes marcharte sin escucharme.
—Ya te escuché suficiente.
—Sé que estás furiosa, pero lo que pasó hoy no tiene por qué destruir nuestro futuro.
Miré a Ricardo.
El hombre mayor me observaba con una expresión extrañamente tranquila. Llevaba un traje gris y sostenía una carpeta negra bajo el brazo.
—¿Su padre sabe lo que ocurrió en la suite? —pregunté.
Daniel apretó los labios.
Ricardo respondió por él.
—Sé que hubo un desacuerdo familiar. Estoy seguro de que podemos resolverlo discretamente.
—¿También sabe que su familia aparece en documentos relacionados con mi padre?
Por primera vez, la expresión de Ricardo se quebró.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
Daniel me tomó del brazo.
—Camila, no hables de cosas que no entiendes.
Me solté.
—No vuelvas a tocarme.
Ricardo se acercó un poco.
—Tu madre ha sufrido bastante. No creo que quiera que remuevas el pasado.
Mi madre se puso rígida.
Yo di un paso hacia él.
—No vuelva a utilizar el sufrimiento de mi madre para amenazarme.
Ricardo dejó de sonreír.
—No sabes lo que estás poniendo en riesgo.
—Entonces debería preocuparse por lo que usted está arriesgando.
Salimos del hotel sin mirar atrás.
Media hora después, estacioné frente a la casa de ladrillo rojo.
Las ventanas estaban cubiertas por tablones. La maleza había invadido el camino de entrada y la pintura de la puerta se desprendía en grandes pedazos.
Introduje la llave dorada en la cerradura.
Giró sin resistencia.
La puerta se abrió con un gemido largo.
Dentro olía a polvo, madera húmeda y tiempo detenido.
Avanzamos por el pasillo hasta encontrar una puerta estrecha junto a la cocina. La llave también abrió aquella cerradura.
Descendimos por una escalera de madera.
En el sótano había cajas, muebles cubiertos con sábanas y un escritorio antiguo. Sobre el escritorio descansaba una fotografía de mi padre con otro hombre.
Detrás de la fotografía había una nota.
Camila, si estás leyendo esto, significa que alguien finalmente se atrevió a desafiar a los Herrera.
Sentí que las piernas me temblaban.
Debajo de la nota aparecía un número de teléfono y un nombre.
Samuel Ortega.
Antes de que pudiera sacar mi celular, escuchamos pasos sobre nuestras cabezas.
Alguien acababa de entrar en la casa.
Mi madre me apretó la mano.
Una voz masculina resonó en el pasillo.
—Elena, sé que estás aquí.
La voz hizo que mi madre palideciera.
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Porque no pertenecía a Ricardo Herrera.
Era la voz del hombre que había firmado como testigo en el certificado de defunción de mi padre.