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Chapter 8: El testigo que llevaba diecisiete años mintiendo

Mi madre me empujó suavemente detrás del escritorio.

—No hagas ruido —susurró.

La voz volvió a escucharse.

—Elena, no quiero problemas. Solo necesito hablar contigo.

Reconocí el miedo en el rostro de mi madre. No era el miedo que había mostrado cuando Vanessa le cortó el cabello ni la tristeza que había intentado ocultar en el hotel.

Era algo mucho más antiguo.

Algo que había vivido con ella durante diecisiete años.

Tomé mi teléfono y escribí un mensaje a Lucía, mi mejor amiga, explicándole que estábamos en la casa y que necesitábamos ayuda. Le envié nuestra ubicación y le pedí que llamara a la policía si dejábamos de responder.

Después guardé el teléfono en el bolsillo.

Los pasos descendieron por la escalera.

Un hombre apareció en la puerta del sótano. Tenía unos sesenta años, cabello gris y una cicatriz pequeña junto a la ceja izquierda. Llevaba una chaqueta marrón y sostenía un sobre grueso.

Cuando vio a mi madre, se detuvo.

—Elena.

Ella salió de detrás del escritorio.

—¿Qué haces aquí, Víctor?

El hombre miró hacia mí.

—Así que ella es Camila.

Me coloqué delante de mi madre.

—No se acerque.

Víctor levantó las manos.

—No vine a hacerles daño.

—Entonces explique por qué conoce a mi madre y por qué aparece en el certificado de defunción de mi padre.

Su expresión se endureció.

—Veo que encontraste la carta.

—Quiero saber qué pasó aquella noche.

Víctor dejó el sobre sobre el escritorio.

—Tu padre me llamó unas horas antes del accidente. Estaba desesperado. Decía que había encontrado pruebas de fraude y que alguien estaba siguiéndolo.

Mi madre cerró los ojos.

—¿Por qué nunca nos dijiste eso?

—Porque tenía miedo.

—¿Miedo de quién?

Víctor miró hacia la escalera.

—De Ricardo Herrera.

Sentí que la habitación se volvía más pequeña.

—¿Ricardo estaba involucrado en los negocios de mi padre?

—No solamente estaba involucrado. Era quien se beneficiaba de ellos.

Víctor abrió el sobre y sacó varias fotografías, copias de contratos y una hoja con movimientos bancarios.

—Tu padre descubrió que Ricardo utilizaba empresas intermediarias para transferir dinero y quedarse con propiedades mediante documentos fraudulentos. Cuando intentó denunciarlo, comenzaron a amenazarlo.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

—Me dijo que había recibido amenazas, pero nunca me contó quién estaba detrás de ellas.

—No quería ponerte en peligro —respondió Víctor.

Lo miré con rabia.

—¿Y por eso mintió sobre su muerte?

El hombre bajó la cabeza.

Durante varios segundos, no respondió.

Finalmente, sacó una copia de un informe policial.

—La noche del accidente, yo estaba trabajando como supervisor de seguridad para una empresa contratada por los Herrera. Me pidieron que revisara una carretera donde supuestamente había ocurrido una colisión. Cuando llegué, el automóvil de tu padre estaba fuera del camino.

—¿Y qué vio?

—Vi a Ricardo junto a dos hombres. Uno de ellos llevaba una carpeta. El otro estaba hablando por teléfono. Ricardo me dijo que tu padre había perdido el control del vehículo y que debía confirmar que no había indicios de otra participación.

Mi madre soltó un grito ahogado.

—¡Pero tú firmaste el informe!

Víctor asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí. Firmé una declaración que no era cierta. Me dijeron que, si hablaba, perdería mi trabajo y que podían acusarme de haber alterado pruebas.

Tenía una hija pequeña. Me asusté.

—¿Y mi padre? —pregunté—. ¿Cómo sabe que no fue un accidente?

Víctor tardó en responder.

—No puedo asegurarte quién provocó la colisión. No vi el momento exacto. Pero vi a Ricardo en el lugar antes de que llegaran los primeros agentes, y escuché una conversación que nunca debí escuchar.

Se inclinó hacia mí.

—Ricardo dijo que había recuperado los documentos y que el problema estaba resuelto.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué documentos?

Víctor señaló el escritorio.

—Los originales de las transferencias. Tu padre los había escondido y Ricardo creía que los había encontrado todos. Pero no fue así.

Abrí una de las carpetas. Había nombres de empresas, cantidades de dinero y fechas que se remontaban a casi veinte años atrás.

En varias páginas aparecía la firma de Ricardo.

En otras, la del abuelo de Daniel.

También encontré un contrato relacionado con la casa de ladrillo rojo.

El documento afirmaba que mi padre había vendido la propiedad por una cantidad ridículamente baja. Sin embargo, la fecha era posterior a su muerte.

—Esto es imposible —murmuré.

Víctor asintió.

—Tu padre murió antes de que se firmara ese contrato. Alguien falsificó su firma para apropiarse de la propiedad.

Mi madre comenzó a llorar.

No intentó ocultarlo.

Yo sentí una mezcla de rabia y alivio. Por primera vez, teníamos algo concreto. No solo recuerdos, sospechas y una carta antigua, sino documentos que podían demostrar que alguien había manipulado la historia de nuestra familia.

Entonces encontré una hoja distinta.

Era una transferencia bancaria a nombre de Elena Martínez.

Mi madre dejó de llorar al verla.

—Eso no es mío.

La fecha correspondía a seis meses después de la muerte de mi padre. La cantidad era suficiente para comprar varias casas.

—¿Por qué aparece tu nombre? —pregunté.

—Nunca recibí ese dinero.

Víctor examinó la hoja.

—Esta transferencia se utilizó para justificar que Elena había aceptado una compensación a cambio de renunciar a sus derechos sobre la propiedad.

—¡Eso es mentira! —exclamó mi madre—. Nunca recibí nada.

—Lo sé —respondió Víctor—. Por eso guardé una copia.

Lo miré con desconfianza.

—¿Por qué esperó diecisiete años para venir aquí?

El hombre sacó un pequeño dispositivo de memoria del bolsillo.

—Porque hace tres semanas alguien intentó entrar en mi casa. Se llevaron documentos, pero no encontraron esto. Después recibí una llamada de una persona que me dijo que la boda de Daniel Herrera y Camila Martínez iba a celebrarse y que todos los problemas debían quedar resueltos antes de esa fecha.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Quién lo llamó?

—No lo sé. La persona utilizó un número oculto. Pero mencionó algo que me hizo entender que el pasado estaba a punto de repetirse.

Víctor me entregó el dispositivo.

—Tu padre dejó una grabación. No conseguí escucharla completa porque está protegida por una contraseña. Pero hay algo que debes saber antes de intentar abrirla.

—¿Qué?

Me miró directamente a los ojos.

—Daniel no es como su padre en todos los aspectos. Hace dos meses, vino a verme en secreto. Me pidió información sobre el accidente de tu padre y me dijo que estaba investigando los negocios de Ricardo.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué nunca me lo contó?

—Eso tendrás que preguntárselo a él.

Mi teléfono vibró.

Era Lucía.

Camila, estoy afuera. Hay dos patrullas conmigo. ¿Están bien?

Le respondí que sí y le pedí que esperara.

Entonces escuchamos un ruido en la planta superior.

Víctor palideció.

—No puede ser.

Apagó la pequeña lámpara del escritorio.

—¿Qué pasa? —susurré.

—Alguien nos siguió.

Pasos rápidos cruzaron el pasillo.

Una puerta se cerró violentamente.

Después escuchamos una voz que reconocí de inmediato.

Ricardo Herrera.

—Víctor, deja de esconderte. Sé que tienes lo que me pertenece.

Mi madre me apretó la mano.

Víctor señaló una puerta estrecha detrás de unas estanterías.

—Hay una salida al jardín. Llévate los documentos y vete con Elena.

—¿Y usted?

—Yo voy a ganarles tiempo.

Antes de que pudiera protestar, un golpe sacudió la puerta del sótano.

Ricardo gritó:

—¡No me obligues a hacerlo otra vez!

Víctor me miró con una expresión desesperada.

—Camila, escucha bien. La grabación de tu padre contiene algo que puede destruir a Ricardo. Pero también revela por qué Daniel se acercó a ti en primer lugar.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué significa eso?

Víctor abrió la puerta secreta.

—Significa que tienes que descubrir si tu prometido se enamoró de ti por casualidad o si sabía quién eras desde el principio.

La puerta del sótano comenzó a ceder.

Agarré los documentos, el dispositivo de memoria y la mano de mi madre.

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Y escapamos por el jardín justo cuando escuchamos a Ricardo pronunciar una frase que me perseguiría durante el resto de mi vida.

—Si Camila escucha esa grabación, sabrá que Daniel también tiene algo que ocultar.

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