Chapter 4: El secreto que mi prometido quería enterrar
—Estoy bien, mi amor —repitió mi madre, aunque su voz se quebró antes de terminar la frase.
Le sostuve las manos. Estaban heladas.
A unos pasos de nosotras, Daniel permanecía inmóvil, con su traje negro perfectamente ajustado y una expresión que no conseguía descifrar. Había sido el hombre que me prometió protegerme de cualquier dolor. El mismo que, apenas unos minutos antes, había mirado los mechones de cabello de mi madre y había decidido que lo importante era evitar un escándalo.
Vanessa seguía junto a la ventana, guardando las tijeras en su bolso como si acabara de terminar una tarea doméstica.
—Daniel —dije, levantándome despacio—. Quiero que la mires.
Él frunció el ceño.
—Camila, ya la estoy mirando.
—No. Quiero que mires a mi madre. Mírala de verdad y dime qué ves.
Daniel volvió la cabeza hacia Elena.
Mi madre intentó cubrir el lado de su cabeza con la mano.
—Veo que está alterada —respondió él—. Y entiendo que Vanessa se excedió, pero todos estamos bajo mucha presión.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Bajo mucha presión? ¿Eso es lo que vas a decir después de que tu hermana le cortara el cabello a una mujer indefensa?
—No exageres. Le cortó un mechón, no le hizo una herida grave.
Mi madre cerró los ojos.
Aquella reacción me hizo comprender que Daniel no estaba simplemente confundido. Estaba minimizando el daño porque reconocerlo significaría enfrentarse a su familia.
—¿Y si alguien hubiera hecho eso con tu madre? —pregunté.
Su mandíbula se tensó.
—No metas a mi madre en esto.
—¿Por qué? ¿Porque ella merece respeto y la mía no?
Vanessa soltó una carcajada seca.
—Ay, por favor. Siempre conviertes todo en una tragedia. Tu madre debería agradecer que la familia de Daniel la haya recibido con tanta generosidad.
Me giré hacia ella.
—Mi madre no necesita que tu familia la reciba. Tiene más dignidad en un solo dedo que tú en todo tu cuerpo.
—¡Camila! —intervino Daniel—. No le hables así a mi hermana.
Lo miré incrédula.
—¿Acabas de defenderla otra vez?
—Estoy intentando mantener la situación bajo control.
—Entonces empieza por pedirle que se disculpe.
Vanessa cruzó los brazos.
—No voy a disculparme por algo que hice para evitar que esta boda se convirtiera en un espectáculo desagradable.
—¿Un espectáculo? —susurré.
La palabra me supo a veneno.
Entonces recordé algo.
Una hora antes, cuando mi madre había entrado en la suite para entregarme una pequeña caja de terciopelo, Vanessa había aparecido detrás de ella. En aquel momento, había pensado que solo quería asegurarse de que todo estuviera listo.
Ahora comprendía que había estado observándola.
Midiéndola.
Buscando una oportunidad.
—¿Por qué lo hiciste ahora? —pregunté—. ¿Por qué no ayer, o la semana pasada? ¿Por qué esperar hasta que faltan treinta minutos para la ceremonia?
Vanessa miró a Daniel.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
Él también lo vio.
Y, por primera vez, su expresión cambió.
—¿Qué significa esa mirada? —pregunté.
—No significa nada —contestó Daniel demasiado rápido.
Me acerqué a él.
—Mírame a los ojos y repítelo.
Daniel obedeció, aunque sus dedos comenzaron a jugar con el anillo que llevaba en la mano derecha.
—No significa nada, Camila.
No le creí.
Mi madre se levantó con dificultad.
—Mi amor, por favor. No quiero que pierdas el día de tu boda por mi culpa.
Me volví hacia ella y le acaricié la mejilla.
—Tú no arruinaste nada, mamá.
—Pero todos están esperando abajo. Hay invitados que viajaron desde muy lejos. Tu vestido, el salón, las flores…
—Nada de eso importa más que tú.
Ella negó con la cabeza, llorando en silencio.
—Tu padre habría querido verte caminar hacia el altar.
La mención de mi padre me golpeó de lleno.
Había muerto cuando yo tenía doce años. Desde entonces, mi madre había trabajado de noche limpiando oficinas y de día cosiendo vestidos para pagar mis estudios. Nunca permitió que me sintiera pobre, aunque muchas veces la escuché llorar en la cocina cuando creía que yo dormía.
Daniel conocía esa historia.
Conocía cada sacrificio.
Incluso había prometido, durante nuestra cena de compromiso, que jamás permitiría que nadie hiciera sentir inferior a mi madre.
—Daniel —dije—, ¿recuerdas lo que me prometiste?
Él bajó la mirada.
—Camila, no es el momento.
—Me prometiste que Elena sería tratada como parte de tu familia.
—Y lo es.
—Entonces, ¿por qué permites que tu hermana la humille?
Vanessa se adelantó.
—Porque hay cosas que tú no sabes.
La habitación quedó en silencio.
Daniel palideció.
—Vanessa, cállate.
Ella lo miró con una sonrisa amarga.
—¿Por qué? ¿Todavía piensas que puedes esconderlo todo hasta después de la ceremonia?
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¿Esconder qué?
Daniel avanzó hacia su hermana.
—Te estoy advirtiendo.
—Y yo estoy cansada de guardar tus secretos —respondió Vanessa.
Mi madre dejó escapar un pequeño sollozo.
Yo me volví hacia ella.
—Mamá, ¿tú sabes de qué está hablando?
Elena no respondió.
Sus ojos se desplazaron hacia el tocador. Entre los cosméticos y las horquillas había una pequeña caja de terciopelo azul, la misma que me había entregado al entrar.
La caja que todavía no había abierto.
Cuando intenté acercarme, Daniel se interpuso.
—No la toques.
Su reacción fue tan inmediata que retrocedí.
Lo miré durante varios segundos.
—¿Qué hay dentro?
—Es algo entre tu madre y yo.
Las palabras me dejaron sin aire.
—¿Algo entre ustedes dos?
Mi madre se cubrió la boca.
Vanessa sonrió como si, por fin, alguien hubiera encendido la luz en una habitación oscura.
Y Daniel, el hombre con quien debía casarme en menos de media hora, acababa de confirmar que existía un secreto relacionado con mi madre del que yo no sabía absolutamente nada.
Tomé la caja.
Él intentó detenerme, pero esta vez no lo permití.
Abrí el broche.
Dentro había una fotografía antigua, una llave dorada y un sobre con mi nombre escrito a mano.
Reconocí la letra inmediatamente.
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Era la de mi padre.
Y en la parte inferior del sobre había una fecha que me heló la sangre: el día de su muerte.
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