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Chapter 5: La carta que nunca debí encontrar

Durante varios segundos, fui incapaz de respirar con normalidad.

La fotografía mostraba a mi padre frente a una casa de ladrillo rojo. Llevaba la misma camisa azul que recordaba de las pocas imágenes que conservábamos de él. A su lado estaba un hombre mayor al que nunca había visto.

En el reverso había una frase escrita con tinta negra.

Para Elena, cuando llegue el momento de contarle la verdad a nuestra hija.

Mi madre se llevó ambas manos al pecho.

—No —susurró—. Esa carta no debería estar aquí.

Levanté los ojos.

—¿Qué significa esto, mamá?

Daniel se pasó una mano por el cabello.

—Camila, escúchame antes de sacar conclusiones.

—Te hice una pregunta a ti también, pero ahora quiero escucharla de ella.

Mi madre miró a Daniel y después a Vanessa. Parecía una mujer atrapada entre dos puertas, sin saber cuál conduciría al desastre.

—Tu padre me pidió que guardara esa carta —dijo finalmente—. Me dijo que solo debía entregártela cuando fueras lo suficientemente mayor para entender ciertas cosas.

—Tengo veintinueve años, mamá.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué nunca me la diste?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque tenía miedo de perderte.

Aquella respuesta me dolió más que cualquier explicación.

—¿Perderme por qué?

Vanessa se apoyó contra la pared.

—Porque tu madre no es tan inocente como te ha hecho creer.

—¡Cállate! —grité.

Daniel dio un paso hacia ella.

—Vanessa, sal de esta habitación.

—¿Ahora sí quieres que me vaya? Hace diez minutos no tuviste ningún problema en dejarme hacer lo que quería.

Lo miré de golpe.

—¿Qué acabas de decir?

Daniel no respondió.

Vanessa levantó la barbilla.

—Pregúntale quién me pidió que hablara con tu madre antes de la ceremonia. Pregúntale quién me dijo que Elena no podía aparecer en las fotografías familiares con ese vestido y ese peinado.

Me volví hacia Daniel.

—¿Tú le pediste que hablara con mi madre?

—Le pedí que resolviera un problema.

La frase salió de su boca con una frialdad que me hizo sentir náuseas.

—¿Qué problema?

Daniel respiró hondo.

—Mi familia tiene ciertas expectativas. Hay invitados importantes, socios de mi padre y personas que van a participar en nuestra fundación. No quería que hubiera conflictos.

—¿Y por eso dejaste que Vanessa le cortara el cabello?

—¡Yo no le dije que hiciera eso!

—Pero sabías que iba a confrontarla.

No respondió.

Su silencio fue suficiente.

Mi madre intentó acercarse.

—Camila, por favor. Lo que pasó hoy no tiene que ver con tu padre.

Apreté la carta contra mi pecho.

—Entonces explícame por qué está aquí.

Elena se sentó en el borde de la cama. Sus manos temblaban tanto que tuvo que apoyarlas sobre las rodillas.

—Después de que tu padre murió, recibí varias cartas de un abogado. Había documentos pendientes y una propiedad que él había comprado antes de enfermarse. Yo no entendía todos los detalles. Estaba trabajando demasiado y apenas podía ocuparme de ti.

—¿Qué propiedad?

Mi madre miró la fotografía.

—Una casa. La casa de ladrillo rojo que aparece ahí.

Daniel cerró los ojos.

Fue un gesto mínimo, pero lo noté.

—¿Tú conocías esa casa? —le pregunté.

—Sí —contestó.

—¿Cómo?

Vanessa soltó una risa amarga.

—Porque pertenece a nuestra familia.

El silencio cayó como una piedra.

Miré nuevamente la fotografía.

La casa tenía un pequeño porche, dos ventanas en la planta baja y un roble enorme a la izquierda. En una esquina de la imagen, apenas visible, aparecía una placa con el nombre de la calle.

No era una casa cualquiera.

Era la propiedad que la familia de Daniel había mencionado varias veces durante nuestros primeros meses de relación. La mansión donde su abuelo había vivido antes de trasladarse a una residencia privada.

—¿Tu familia compró esa casa? —pregunté.

Daniel se acercó despacio.

—Es complicado.

—No. Lo complicado es que mi prometido conozca una casa que aparece en una carta de mi padre y que ninguno de los dos me lo haya contado.

—Tu padre tenía un acuerdo comercial con mi abuelo —explicó Daniel—. Hubo una disputa hace muchos años. Mi familia consideró que el asunto estaba cerrado.

—¿Qué clase de disputa?

Él miró a mi madre.

—Una que no debería afectar nuestra boda.

Sentí una punzada de rabia.

—Deja de decirme lo que debería afectar mi boda. ¡Se supone que voy a compartir mi vida contigo!

Daniel extendió una mano hacia mí.

No se la di.

—Camila, mi abuelo murió hace años. Lo que ocurrió entre él y tu padre no tiene nada que ver con lo que siento por ti.

—Entonces no te costará explicarlo.

Antes de que pudiera responder, Vanessa sacó su teléfono y mostró una fotografía de un documento.

—Aquí está el acuerdo que tu padre firmó. O, mejor dicho, el acuerdo que nuestra familia dice que firmó.

Me acerqué a la pantalla.

Reconocí el nombre de mi padre, su fecha de nacimiento y una firma que se parecía mucho a la suya.

Debajo aparecía el nombre de Elena.

Mi madre se levantó de golpe.

—¡Eso es una mentira!

Vanessa arqueó las cejas.

—¿Una mentira? Tu firma también aparece aquí.

Miré el documento.

El texto era demasiado pequeño para leerlo todo, pero una frase destacaba cerca del final:

La parte beneficiaria renuncia a cualquier reclamación futura sobre la propiedad y sus activos.

—Mamá, ¿firmaste esto?

Elena comenzó a llorar.

—No como ellos dicen.

Daniel se interpuso entre Vanessa y nosotras.

—Basta. Ese documento no tiene validez en esta conversación.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Porque es falso o porque demuestra que alguien nos ha estado mintiendo?

Daniel apretó los labios.

Mi madre se acercó a mí y me tomó las manos.

—Tu padre descubrió algo sobre esa familia poco antes de morir. Me pidió que no confiara ciegamente en nadie y que protegiera los documentos originales.

—¿Qué documentos originales?

Elena miró la llave dorada que seguía dentro de la caja.

—Los que están guardados en la casa de ladrillo rojo.

Daniel se quedó inmóvil.

Por primera vez desde que había entrado en la suite, parecía verdaderamente asustado.

—Esa casa lleva cerrada quince años —dijo.

Mi madre negó lentamente con la cabeza.

—No toda la casa.

Se acercó al tocador, apartó un cepillo y sacó un papel doblado que había permanecido oculto debajo.

Era una dirección.

Y, debajo de ella, mi madre había escrito una frase con su propia letra:

Si algún día Camila necesita saber quién destruyó la vida de su padre, abre el cuarto del sótano.

Miré a Daniel.

Él no parecía sorprendido por la dirección.

Parecía sorprendido porque yo acababa de descubrirla.

—¿Qué hay en ese sótano? —pregunté.

Daniel tardó en contestar.

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Cuando finalmente habló, su voz era apenas un susurro.

—Algo que mi familia lleva quince años intentando encontrar.

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