Chapter 6: La decisión que acabó con el compromiso
El reloj de la suite marcaba las once y treinta y siete.
A las doce comenzaría la ceremonia.
Abajo, cientos de invitados esperaban en un salón decorado con rosas blancas, velas y arreglos de cristal. Los músicos debían estar afinando sus instrumentos. Los fotógrafos seguramente ya tenían preparadas las cámaras para capturar el momento en que yo caminara hacia el altar.
Pero en aquella habitación, con mi vestido blanco y el cabello de mi madre esparcido sobre la alfombra, lo único que podía escuchar era la respiración agitada de Daniel.
—Necesito hablar contigo a solas —me dijo.
Miré a mi madre.
—No voy a dejarla aquí con Vanessa.
—Vanessa puede salir —respondió él—. Solo necesito cinco minutos.
Mi hermana política soltó una carcajada.
—Qué conveniente. Ahora quieres privacidad.
—¡Sal de aquí! —ordenó Daniel.
Vanessa lo miró con desprecio, recogió su bolso y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo junto a mí.
—No sabes con quién te estás casando, Camila.
—Y tú acabas de demostrarme que tampoco sé quién eres tú.
Su sonrisa desapareció.
La puerta se cerró tras ella.
Daniel se aflojó la corbata y se sentó en una silla. Por primera vez, su traje impecable parecía quedarle demasiado ajustado.
—Sé que estás enojada —comenzó.
—No tienes idea.
—Lo que hizo Vanessa estuvo mal. No debió tocar a tu madre.
Esperé.
—Pero tienes que entender que las cosas no son tan sencillas como parecen.
Me crucé de brazos.
—Explícamelas.
Daniel se inclinó hacia delante.
—Mi abuelo invirtió dinero con tu padre. Mucho dinero. Cuando tu padre murió, quedaron cuentas pendientes y documentos que nunca se resolvieron. Mi familia tuvo que hacerse cargo de las deudas.
—¿Qué deudas?
—No tengo todos los detalles.
—Pero sí sabías que había un conflicto.
Daniel guardó silencio.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unos meses.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Desde hace unos meses? ¿Y durante todo este tiempo me dejaste creer que nuestras familias no tenían secretos entre sí?
—Quería proteger nuestra relación.
—No. Querías controlar lo que yo sabía.
Se levantó.
—Camila, te amo.
Las palabras que tantas veces me habían hecho sentir segura ahora sonaban como una puerta cerrándose.
—Si me amaras, me habrías contado la verdad.
—No quería que cargaras con los errores de nuestros padres.
—Mi madre está llorando porque tu hermana le cortó el cabello. Tú acabas de admitir que conocías el conflicto entre nuestras familias y todavía esperas que me ponga el vestido, baje las escaleras y sonría para las fotografías.
Daniel pasó ambas manos por su rostro.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que cancele una boda con cuatrocientas personas esperando?
Lo miré sin poder creerlo.
—¿Eso es lo que más te preocupa?
—Hay contratos, compromisos comerciales, familiares que viajaron desde otros estados. Mi padre ha invertido una fortuna en este evento.
—¿Y cuánto vale la dignidad de mi madre?
Daniel abrió la boca, pero no respondió.
Me acerqué a él.
—Quiero que mires a Elena y le pidas perdón. No porque yo te lo exija. No porque haya invitados esperando. Quiero que lo hagas porque comprendes que alguien a quien dices amar acaba de ser humillada y tú elegiste proteger a quien la lastimó.
Daniel miró a mi madre.
Ella permanecía junto a la cama, con una mano sobre el cabello destrozado. No dijo nada. No le pidió disculpas ni intentó convencerlo.
Simplemente lo miró.
Y aquella mirada parecía darle a Daniel una última oportunidad para demostrar quién era realmente.
Él tragó saliva.
—Elena, lamento que esto haya ocurrido.
Mi madre bajó los ojos.
—No te pregunté si lamentabas lo ocurrido —respondió suavemente—. Te pregunté con mis ojos si entiendes lo que hiciste.
Daniel se tensó.
—No fui yo quien le cortó el cabello.
—Pero fuiste tú quien permitió que mi hija tuviera que defenderme de tu familia el día de su boda.
Él apretó la mandíbula.
—No puedo controlar todo lo que hace Vanessa.
—No te pedí que la controlaras —dijo Elena—. Te pedí que no la convirtieras en la persona a la que todos deben obedecer.
Daniel dio un paso atrás.
Yo lo conocía lo suficiente para reconocer aquella expresión. Era la misma que aparecía cuando alguien cuestionaba a su padre en una reunión de negocios. Primero guardaba silencio. Después buscaba una manera de recuperar el control.
—Si cancelamos la boda ahora, no habrá forma de evitar las consecuencias —dijo finalmente—. Mi familia no lo va a aceptar. Los invitados hablarán.
Los periódicos locales podrían enterarse. Y todo por un incidente que podemos resolver después.
Me quedé mirándolo.
—¿Un incidente?
—Sí.
—¿Eso es lo que crees que pasó aquí?
Daniel extendió la mano para tomar la mía.
—Cásate conmigo, Camila. Después tendremos todo el tiempo del mundo para arreglar las cosas.
Miré su mano.
Recordé nuestra primera cita, cuando me llevó a una pequeña cafetería porque yo había dicho que prefería lugares tranquilos. Recordé las noches en que me acompañó a visitar a mi madre, las flores que enviaba sin motivo y la promesa que me hizo junto a la playa de Santa Mónica.
Durante dos años, había creído conocer al hombre que estaba frente a mí.
Quizá algunas de aquellas cosas habían sido sinceras.
Quizá él me amaba a su manera.
Pero acababa de descubrir algo mucho más importante: cuando amar a alguien exigía enfrentarse a su propia familia, Daniel prefería pedirle a la persona herida que guardara silencio.
Le tomé la mano.
Él soltó un suspiro de alivio, convencido de que había ganado.
—Sabía que entrarías en razón —murmuró.
Le solté los dedos uno por uno.
—No me voy a casar contigo.
La expresión de Daniel cambió.
—¿Qué?
—La boda está cancelada.
—No puedes hablar en serio.
—Nunca he hablado más en serio.
Se acercó a mí.
—Camila, piensa en lo que estás haciendo. No puedes destruir nuestra vida por una discusión.
—Nuestra vida empezó a destruirse cuando decidiste que la humillación de mi madre era un precio aceptable para mantener contenta a tu familia.
—¡Te estoy diciendo que podemos arreglarlo!
—Y yo te estoy diciendo que no quiero casarme con un hombre al que tengo que enseñarle a defender lo correcto.
Daniel me miró como si acabara de abofetearlo.
—Si sales de esta habitación sin casarte conmigo, no esperes que todo siga igual. Mi familia no va a perdonarte.
Miré a mi madre y después volví a mirarlo.
—No necesito que tu familia me perdone por elegir mi dignidad.
Me quité el anillo de compromiso.
Lo había llevado durante ocho meses. Durante ese tiempo, había imaginado el día de nuestra boda cientos de veces. Nunca había imaginado que terminaría sosteniendo aquella pequeña pieza de oro mientras mi madre lloraba a mi lado.
Coloqué el anillo sobre el tocador.
—Adiós, Daniel.
Él miró el anillo, luego mi vestido blanco.
—¿De verdad vas a hacer esto?
—Ya lo hice.
Daniel recogió su teléfono y salió de la habitación sin despedirse.
La puerta se cerró con tanta fuerza que una de las horquillas del tocador cayó al suelo.
Durante varios segundos, no me moví.
Después me arrodillé frente a mi madre y la abracé.
—Lo siento, mamá —susurré—. Debí darme cuenta antes.
Ella me acarició la espalda.
—No, mi amor. Tú no tienes que disculparte por haber confiado en alguien.
Apoyé la cabeza sobre su hombro y lloré por primera vez desde que había visto las tijeras en las manos de Vanessa.
Mi madre me sostuvo como cuando era niña, aunque ahora yo llevaba un vestido que había costado más que varios meses de su salario.
Entonces sonó su teléfono.
Elena miró la pantalla y palideció.
—¿Quién es? —pregunté.
No respondió.
El teléfono volvió a vibrar.
En la pantalla aparecía un mensaje de un número desconocido:
Elena, Daniel acaba de salir de la suite. Si Camila ya vio la carta, no pueden ir a la casa. Hay alguien esperándolas allí.
Debajo había una segunda línea.
Y si encuentran el documento original, descubrirán que la muerte de su padre no fue el accidente que les hicieron creer.
Mi madre dejó caer el teléfono sobre la cama.
La miré, sintiendo que el dolor de aquella mañana acababa de transformarse en algo mucho más oscuro.
—Mamá —dije despacio—, ¿qué pasó realmente con papá?
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Ella cerró los ojos.
Y cuando volvió a abrirlos, comprendí que la verdad que había ocultado durante diecisiete años era mucho más terrible de lo que yo había imaginado.
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