Chapter 6: El hombre detrás de la traición
Volví a reproducir el audio.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
La voz de Marcus era inconfundible. Reconocería aquel tono incluso entre mil voces. Era el mismo con el que me deseaba buenas noches, con el que me prometía que algún día tendríamos una familia y con el que me decía que mi madre era como una segunda madre para él.
Pero en la grabación hablaba de nosotras como si fuéramos obstáculos.
Como si mi vida, mi confianza y mi futuro fueran piezas de un negocio.
—Patricia tiene que enviarnos el archivo original —dijo Daniel—. Necesitamos verificar que no haya sido editado y conservar sus metadatos.
Le escribí inmediatamente.
«Necesitamos el archivo original. ¿Puedes enviarlo de forma segura?»
La respuesta llegó casi al instante.
«Sí. Pero no puedo hacerlo desde la oficina. Marcus está aquí y está buscando los documentos».
Daniel me quitó suavemente el teléfono.
—Dile que salga del edificio si puede hacerlo sin llamar la atención. No debe enfrentarse a él.
Escribí el mensaje.
Patricia respondió con un pulgar levantado.
Después no volvió a contestar.
Durante los siguientes veinte minutos, Daniel organizó la presentación de la denuncia y preparó una solicitud urgente para impedir la transferencia de Cedar Ridge. Mi madre reunió sus documentos personales, los recibos de la hipoteca y los papeles originales de la casa.
Yo no dejaba de mirar el teléfono.
A las nueve y cuarto, Patricia finalmente llamó.
—Nia, estoy en mi automóvil. Tengo una copia del archivo y fotografías de los documentos. Pero hay algo que no te he contado.
Su voz temblaba.
—Dime.
—Marcus no estaba solo cuando preparó todo esto. Encontré correos de una persona que le decía qué documentos necesitaba, qué fechas debía utilizar y cómo conseguir que la solicitud pareciera legítima.
Daniel se inclinó hacia el altavoz.
—¿Quién enviaba esos correos?
—Un hombre llamado Robert. Robert Hale.
Mi madre soltó un pequeño grito.
Yo me quedé inmóvil.
Robert Hale era el hermano mayor de mi padre.
Mi tío.
El hombre que me había enseñado a andar en bicicleta cuando era pequeña. El que me llevaba a comprar helado después de la escuela y me llamaba su pequeña estrella. El que había pronunciado el discurso en el funeral de mi padre y me había prometido que nunca permitiría que nadie se aprovechara de nuestra familia.
No lo había visto en casi dos años.
Según mi madre, había tenido problemas económicos y se había mudado a otro estado.
—Eso no puede ser —susurré.
Daniel me observó con cautela.
—¿Estás segura de que es el mismo Robert Hale?
Patricia respondió antes que yo.
—El correo contiene su dirección profesional y un número de teléfono que coincide con el que aparece en los registros de la empresa. También hay una fotografía de su licencia de conducir en el archivo.
Mi madre se sentó lentamente.
—Tu tío no haría algo así.
Quise creerle.
De verdad quise.
Pero entonces recordé todas las veces que Robert había preguntado por la propiedad de Cedar Ridge. Todas las ocasiones en que había insistido en que mi padre era demasiado reservado con sus negocios.
Y, sobre todo, recordé una conversación de hacía seis meses.
Robert había venido a cenar a nuestra casa. Marcus estaba allí. Durante la comida, mi tío había preguntado si yo ya había actualizado los documentos de mi herencia.
En aquel momento, me pareció una pregunta inocente.
Ahora parecía una advertencia.
—Patricia —dije—, ¿puedes enviarnos esos correos?
—Sí. Pero hay un problema. Marcus acaba de llamar a seguridad para averiguar quién está copiando los archivos. Tengo que irme.
La llamada terminó.
Daniel me miró.
—No vamos a hacer nada impulsivo. Primero verificaremos la información y luego decidiremos cómo proceder.
—Es mi tío.
—Precisamente por eso debemos estar seguros.
Mi madre tomó mi mano.
—Nia, tu padre confiaba en Robert. Eran hermanos.
—También confiaba en Marcus —respondí—. Y mira lo que hizo.
Mi madre no discutió.
A las diez y media, Patricia envió un paquete con copias de los correos electrónicos, fotografías de los documentos y el archivo de audio original.
Daniel revisó cada archivo con cuidado.
El primer correo estaba fechado dieciocho meses antes.
El remitente era Robert.
El destinatario, Marcus.
El asunto decía: «La heredera».
Abrí el mensaje.
«No puedes acercarte a ella hablando directamente de Cedar Ridge. Evelyn sospechará. Primero debes ganarte su confianza. Si consigues que acepte casarse contigo, podremos utilizar el registro matrimonial para solicitar acceso a los derechos del fideicomiso».
Me quedé sin aliento.
El siguiente correo era todavía peor.
«Vanessa se encargará de los documentos. Ella conoce el sistema de registro y sabe cómo presentar una solicitud sin despertar sospechas. Cuando llegue el momento, necesitaremos la firma de Evelyn para asegurar la propiedad».
Mi madre se cubrió el rostro.
Daniel siguió leyendo.
—Hay más.
El tercer correo contenía una fecha y una cifra.
«La deuda debe quedar resuelta antes del treinta y uno de octubre. Si no conseguimos el dinero, los acreedores tomarán medidas contra mí. No voy a perder todo lo que construí por culpa de los errores de tu padre».
Miré a Daniel.
—¿Qué deuda?
Revisó los archivos adjuntos.
—Parece que Robert tiene varias deudas comerciales. Algunas están vinculadas a una empresa de inversiones que cerró hace dos años.
Mi madre negó con la cabeza.
—Tu padre intentó ayudarlo. Le prestó dinero cuando su negocio empezó a fracasar. Robert prometió devolverlo.
—¿Cuánto le debía? —pregunté.
Daniel señaló una tabla.
—Según estos registros, más de dos millones de dólares.
Me llevé una mano a la boca.
Todo empezaba a tener sentido.
Robert no quería proteger la herencia de su sobrina. Quería utilizarla para cubrir sus propias pérdidas. Marcus había aceptado acercarse a mí porque pensaba que el matrimonio le daría acceso a Cedar Ridge. Y Vanessa había falsificado los documentos para convertir aquel plan en una realidad.
Pero todavía había una pregunta que me atormentaba.
¿Por qué mi padre había dejado una cláusula que protegía a mi madre en caso de fraude matrimonial?
Daniel pareció leerme el pensamiento.
Abrió la pequeña caja metálica que habíamos encontrado en el escritorio.
Dentro había una memoria USB y un sobre sellado.
En el sobre estaba escrito:
«Para Evelyn. Solo si Robert vuelve a acercarse a nuestra familia».
Mi madre dejó escapar un sollozo.
—Él sabía que Robert podía hacer algo así.
Daniel conectó la memoria a su computadora y abrió una carpeta de archivos antiguos.
Había estados financieros, contratos y varias grabaciones de voz.
La última tenía la fecha de tres días antes de la muerte de mi padre.
Daniel presionó reproducir.
La voz de mi padre llenó la habitación.
«Evelyn, si algún día escuchas esto, significa que Robert ha vuelto a cruzar una línea. Lo quiero porque es mi hermano, pero no puedo seguir pagando sus errores. Descubrí que falsificó mi firma en un préstamo y utilizó documentos de Cedar Ridge como garantía sin mi permiso».
Mi madre comenzó a llorar.
La grabación continuó.
«He decidido proteger la propiedad y asegurarme de que Nia la reciba cuando sea adulta. No quiero que mi hija crezca pensando que la familia siempre merece confianza. A veces, las personas que más queremos son las que más pueden lastimarnos».
Sentí que las lágrimas me ardían en los ojos.
Mi padre había intentado protegernos incluso después de su muerte.
Pero había una segunda grabación.
Daniel la abrió.
La voz de mi padre sonaba más débil.
«Si Robert vuelve a intentarlo, no lo enfrentes sola, Evelyn. Busca a Daniel. Él tiene una copia de los documentos originales.
Y si alguien intenta utilizar el nombre de Nia para reclamar la propiedad, revisa el registro de beneficiarios. Hay una persona que puede demostrar quién está detrás de todo».
La grabación terminó.
Daniel se quedó mirando la pantalla.
—¿Qué persona? —pregunté.
—No lo sé todavía. El registro de beneficiarios no está completo en esta copia.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era Marcus.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
«Necesitamos hablar. Tu tío quiere verte hoy. Dice que tiene algo de tu padre que nunca debiste haber encontrado».
Miré a mi madre.
Ella estaba pálida.
—¿Qué quiere decir con algo de tu padre?
No lo sabía.
Pero antes de que pudiera responder, llegó una segunda notificación.
Esta vez era una fotografía.
Robert estaba sentado en la sala de nuestra casa, sosteniendo una carpeta antigua.
A su lado había una mujer que no reconocí.
Debajo de la imagen, Marcus había escrito:
«Si quieres saber por qué tu padre dejó de confiar en su propio hermano, ven sola. Y trae el documento que encontraste en el escritorio».
Daniel me arrebató el teléfono de las manos.
—No vas a ir.
—Es mi tío. Puede saber algo que necesitamos.
—También puede estar intentando destruir las pruebas.
Mi madre me abrazó.
—No quiero perderte, hija.
Cerré los ojos.
Durante toda mi vida había creído que la familia era un lugar seguro. Ahora mi prometido, la mujer que había humillado a mi madre y el hermano de mi padre estaban unidos por una mentira que había comenzado antes de mi compromiso.
Pero no iba a permitir que el miedo decidiera por mí.
—No iré sola —dije finalmente—. Y no llevaré ningún documento original.
Daniel asintió.
—Entonces lo haremos a nuestra manera. Primero contactaremos a las autoridades y prepararemos una reunión controlada.
Miré una vez más la fotografía de Robert.
La mujer sentada a su lado llevaba un anillo de oro con una piedra azul.
Mi madre vio la imagen y dejó de respirar por un instante.
—Conozco ese anillo.
Me volví hacia ella.
—¿De quién es?
Mi madre señaló la pantalla con un dedo tembloroso.
—Era de tu abuela. Tu padre se lo entregó a Robert después de su muerte. Pero Robert me dijo que lo había vendido para pagar sus deudas.
Volví a mirar a la mujer de la fotografía.
Entonces mi madre susurró algo que ninguno de nosotros esperaba escuchar.
—Nia, esa mujer no es una desconocida.
Daniel se inclinó hacia la pantalla.
Mi madre tragó saliva.
—Es Laura. La primera esposa de tu padre.
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Y yo sabía que mi padre jamás había mencionado que hubiera tenido una primera esposa.
Mucho menos una que siguiera viva.