Chapter 4: La mujer que falsificó mi matrimonio
—Repítelo —le exigí a Daniel, apretando el teléfono con tanta fuerza que me dolieron los dedos—. ¿Vanessa certificó un matrimonio entre Marcus y yo?
—Eso es lo que aparece en los documentos que acabo de revisar, Nia. Pero todavía no sabemos cómo consiguieron registrar algo así sin que tú estuvieras presente.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—¡Eso es un delito! ¡Mi hija jamás se ha casado!
—Lo sé, Evelyn —respondió Daniel—. Por eso necesitamos actuar con cuidado. No contacten a Marcus ni a Vanessa hasta que podamos reunir las pruebas.
Miré el certificado que aparecía en la pantalla de mi teléfono. Mi nombre estaba escrito correctamente. También mi fecha de nacimiento y mi dirección anterior.
Hasta mi firma parecía auténtica.
Pero había algo que me resultaba familiar en el sello que aparecía en la esquina inferior derecha.
—Daniel, ¿puedes enviarme una copia completa?
—Ya te la envié. Y Nia, hay otra cosa que debes saber. La solicitud de transferencia de Cedar Ridge está programada para revisarse mañana a las nueve de la mañana.
Miré el reloj de la cocina.
Eran casi las seis de la tarde.
—¿Qué pasa si la aprueban?
—La empresa que presentó la solicitud podría obtener el control administrativo de la propiedad mientras se resuelve la disputa. No significa que perderías definitivamente tus derechos, pero recuperar el control podría convertirse en una batalla legal larga y costosa.
Mi madre golpeó suavemente la mesa.
—¡No podemos permitirlo!
—No lo permitiremos —dije.
Y por primera vez desde que había entrado en aquella suite nupcial, sentí algo distinto al dolor.
Sentí rabia.
Marcus había utilizado mi amor para acercarse a mi familia. Vanessa había utilizado su trabajo para humillar a mi madre. Y ahora ambos habían convertido mi identidad en una herramienta para robar algo que mi padre había dejado para protegernos.
Pero yo no iba a quedarme llorando mientras ellos celebraban su victoria.
—Daniel, ¿dónde puedo encontrar el registro original del matrimonio?
—En la oficina del condado donde supuestamente se celebró. Ya solicité una copia certificada, pero puede tardar algunos días.
—No tenemos algunos días.
Daniel guardó silencio.
—Hay una alternativa. Podemos solicitar una revisión urgente si presentamos pruebas de falsificación. Necesitaré tu identificación, una declaración firmada y cualquier mensaje que demuestre que no estuviste presente.
—Te enviaré todo esta noche.
Colgué y miré a mi madre.
Ella estaba observando el certificado como si esperara que las letras desaparecieran.
—Mamá, ¿qué pasa?
Se quedó callada durante tanto tiempo que tuve que repetir la pregunta.
Finalmente, señaló el sello del documento.
—Ese no es el sello del condado.
Me acerqué.
—¿Cómo lo sabes?
Mi madre abrió un cajón y sacó una carpeta de plástico. Dentro guardaba los documentos de mi nacimiento, mi pasaporte anterior y varias copias certificadas que había conservado después de la muerte de mi padre.
Colocó uno de ellos junto al certificado falso.
—Mira los bordes. El sello oficial tiene una estrella en el centro. Este tiene una pequeña corona.
Se me erizó la piel.
—¿Y qué significa eso?
Mi madre tragó saliva.
—Tu padre utilizaba un sello parecido en los documentos de su antigua empresa. Nunca supe para qué servía.
Antes de que pudiera preguntarle más, alguien golpeó la puerta principal.
Tres golpes.
Pausa.
Otros dos.
Mi madre se puso de pie.
—¿Esperas a alguien?
Negué con la cabeza.
Miré por la ventana lateral y sentí que el estómago se me encogía.
El automóvil negro de Marcus estaba estacionado frente a la casa.
—No abras —susurré.
Pero Marcus ya estaba golpeando de nuevo.
—¡Nia! ¡Sé que estás ahí!
Mi madre se acercó a mí.
—No tienes que enfrentarlo.
—Sí tengo que hacerlo. Pero esta vez no voy a permitir que controle la conversación.
Abrí la puerta sin quitar la cadena de seguridad.
Marcus estaba solo. Se había quitado el saco del esmoquin y tenía la camisa arrugada. Por primera vez en cuatro años, parecía un hombre que no sabía qué hacer cuando las cosas dejaban de obedecerlo.
—Gracias a Dios —dijo—. Llevo una hora llamándote.
—¿Cómo supiste que estábamos aquí?
—Porque conozco esta casa, Nia. He venido cientos de veces.
—Y también conoces el escritorio de mi padre.
Su expresión cambió.
—¿Encontraste algo?
No contesté.
Marcus bajó la voz.
—Escúchame. Lo de la boda fue un desastre, lo admito. Pero lo del documento no es lo que piensas.
—¿Entonces qué es?
—Vanessa me pidió ayuda con unos papeles. Ella trabaja con asuntos administrativos y creyó que podía simplificar una transferencia de propiedad.
—¿Una transferencia de una propiedad que vale ocho millones de dólares?
Marcus apretó los labios.
—No sabía que habías visto esa cifra.
Me reí amargamente.
—Acabas de confirmar que sabías de qué propiedad estoy hablando.
Él cerró los ojos por un segundo.
—Nia, tu padre tenía negocios complicados. Hay cosas que nunca te contaron.
—Curioso. Porque tú tampoco me contaste que supuestamente estábamos casados desde hace tres meses.
El silencio que siguió fue suficiente.
Marcus miró hacia la calle.
—Baja la voz.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que los vecinos descubran que eres un estafador?
—¡No soy un estafador!
—Entonces explícame el certificado.
Se pasó una mano por el rostro.
—Vanessa dijo que era una formalidad temporal.
—¿Una formalidad temporal? ¿Mi matrimonio?
—No era para hacerte daño.
—¿Y qué era? ¿Una manera de conseguir mis derechos sobre Cedar Ridge?
Marcus dio un paso hacia la puerta.
—Necesitábamos asegurar la propiedad antes de que otros reclamaran lo que les corresponde.
—¿Quiénes son esos otros?
Él no respondió.
Mi madre apareció detrás de mí.
—Marcus, quiero que te vayas.
Él la miró con una expresión que mezclaba frustración y desesperación.
—Evelyn, por favor. Usted sabe que jamás quise lastimar a su hija.
—Entonces debiste haberla respetado.
Marcus bajó la cabeza.
Por un instante, casi pareció el hombre que yo había amado.
Entonces sacó un sobre del bolsillo interior de su camisa.
—Nia, firma esto y podemos resolver todo sin abogados. Te devolveré el control de la propiedad y me alejaré de tu vida.
No tomé el sobre.
—¿Qué es?
—Una declaración para anular el registro matrimonial.
—¿Y por qué necesitarías mi firma para anular un matrimonio que nunca existió?
Su rostro se endureció.
—Porque así funciona el procedimiento.
—Daniel dice lo contrario.
Marcus se quedó inmóvil.
Después miró a mi madre y bajó la voz.
—Hay algo que no entiendes. Si no firmas antes de mañana, tu madre podría perder esta casa.
Sentí que la sangre me abandonaba.
—¿Qué acabas de decir?
Marcus levantó el sobre.
—La casa de Evelyn está vinculada a los documentos de Cedar Ridge. Si la transferencia se bloquea, los acreedores pueden reclamar otras propiedades relacionadas con el fideicomiso.
Mi madre retrocedió.
—¡Esta casa es mía! La compré con mi esposo.
Marcus no la miró.
Solo me observaba a mí.
—Firma, Nia. Es la única manera de protegerla.
Miré el sobre.
Después miré su rostro.
Finalmente comprendí que no había venido a disculparse.
Había venido a amenazarnos.
—Vete de mi casa —dije.
Marcus apretó la mandíbula.
—Te vas a arrepentir.
—Tal vez. Pero nunca me arrepentiré de no haberme casado contigo.
Cerré la puerta.
Escuché sus pasos alejarse por el porche.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Daniel.
«Nia, acabo de encontrar el expediente original de Cedar Ridge. Hay una cláusula que Marcus no conoce».
Debajo había una fotografía de una página firmada por mi padre.
Y una frase resaltada en amarillo:
*«En caso de fraude matrimonial o falsificación de identidad, todos los derechos del fideicomiso pasarán automáticamente a Evelyn Torres».*
Mi madre leyó la frase dos veces.
Después levantó la mirada hacia mí.
—Tu padre sabía que alguien podría intentar hacerte esto.
Antes de que pudiera responder, recibimos otra notificación.
Una fotografía de Marcus entrando en una oficina con Vanessa.
La hora de la imagen era de hacía apenas diez minutos.
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Y el mensaje que la acompañaba decía:
«Están preparando un segundo documento. Esta vez, Evelyn es la víctima».