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Chapter 3: La herencia que mi prometido quería robar

Mi madre comenzó a temblar.

—Eso no puede ser cierto —susurró—. Tu padre jamás mencionó a Marcus. Ni siquiera lo conocía.

Daniel respondió desde el teléfono:

—No hablo de Marcus como tu yerno, Evelyn. Hablo de su familia.

Marcus avanzó hacia mí.

—Cuelga, Nia.

No me moví.

—¿Por qué? ¿Qué tienes miedo de que diga?

—Ese hombre está confundido. Tu padre murió hace once años. No tiene sentido sacar esto ahora.

—Entonces no te importará que lo escuchemos.

Daniel intervino.

—Nia, necesito que vayas a la casa de tu madre. No abras ningún documento delante de Marcus ni de Vanessa. Y, sobre todo, no firmes absolutamente nada que ellos te entreguen.

Miré a mi prometido.

—¿Qué documentos podría querer que firmara?

Marcus se pasó ambas manos por el cabello.

—Esto es ridículo. Nia, por favor. Vamos a hablar como adultos.

—Llevas un año acostándote con Vanessa y ahora resulta que también estás interesado en la herencia de mi padre. ¿Qué parte de esto quieres que hablemos como adultos?

Vanessa dio un paso atrás.

—Yo no sabía nada de ninguna herencia.

Marcus la fulminó con la mirada.

—¡Cállate!

Aquella reacción me dijo más que cualquier confesión.

Vanessa había sido cruel con mi madre, pero de pronto parecía comprender que el hombre por quien había arriesgado todo le había ocultado algo importante.

Mi madre me tomó del brazo.

—Vámonos a casa.

Marcus intentó detenernos.

—Evelyn, espera. Hay cosas que no entiendes.

Ella lo miró directamente.

—Durante cuatro años te abrí la puerta de mi casa. Te preparé la comida que te gustaba. Te defendí cuando mi hija decía que estabas trabajando demasiado. Te traté como al hijo que nunca tuve.

Su voz se quebró.

—Y tú usaste mi confianza para entrar a la habitación donde guardo las cosas de mi esposo.

Marcus no dijo nada.

Mi madre levantó la barbilla.

—No vuelvas a acercarte a mi familia.

Salimos de la suite sin mirar atrás.

En el pasillo, varios invitados comenzaban a subir desde el salón. Una prima me vio con el vestido de novia y la cara empapada de lágrimas.

—Nia, ¿qué pasó? ¿Por qué no ha comenzado la ceremonia?

No pude responder.

Mi madre me rodeó los hombros y siguió caminando.

En el estacionamiento, nos esperaba el automóvil que habíamos contratado para llevarnos a la ceremonia. Le pedí al conductor que nos llevara directamente a la casa.

Durante el trayecto, abrí la fotografía por tercera vez.

Cuanto más la observaba, más detalles descubría.

Marcus tenía una carpeta azul debajo del brazo.

Vanessa sostenía una hoja de papel.

Y, sobre el escritorio de mi padre, había una pequeña caja de madera que yo no recordaba haber visto antes.

Amplié la imagen.

En la carpeta azul aparecían unas letras doradas.

*R. V. Holdings.*

No conocía aquella empresa.

Se la mostré a mi madre.

Ella palideció.

—Ese nombre...

—¿Lo reconoces?

Mi madre tardó en responder.

—Tu padre trabajó una vez con una compañía que tenía esas iniciales. Fue antes de que tú entraras a la universidad. Después de que murió, recibí varias llamadas de personas que preguntaban por documentos de su trabajo.

—¿Y qué les dijiste?

—Que no sabía nada. Tu padre nunca me explicó sus asuntos profesionales.

Miré nuevamente la fotografía.

—¿Por qué Marcus tendría documentos de esa empresa?

Mi madre negó con la cabeza.

—No lo sé, mi niña. Pero tu padre guardaba algo bajo llave en ese escritorio. Nunca me permitió tocarlo.

Llegamos a la casa veinte minutos después.

La puerta principal estaba cerrada. Entramos y encontramos la sala exactamente como aparecía en la fotografía, con las cortinas blancas y los cojines color crema.

El escritorio de mi padre seguía en su lugar, junto a la ventana.

Mi madre sacó un pequeño llavero del bolso.

Sus dedos se detuvieron frente a una llave de bronce.

—Esta es la llave del cajón inferior.

La tomó con ambas manos.

—Tu papá me la entregó una semana antes de morir. Me dijo que, si algún día alguien intentaba quitarme esta casa, debía buscar a Daniel.

La miré sorprendida.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

Mi madre bajó la mirada.

—Porque pensé que se refería a algún problema legal de la propiedad. Después de su muerte, tuve miedo de encontrar algo que no pudiera manejar. Y, con el tiempo, olvidé que la llave seguía aquí.

La introdujo en la cerradura.

El cajón se abrió con un crujido.

Dentro había carpetas antiguas, fotografías familiares, un sobre amarillento y una pequeña caja metálica.

Mi madre sacó el sobre.

En el frente estaba escrito mi nombre con la letra de mi padre.

*Para Nia. Abrir únicamente cuando estés preparada para conocer la verdad.*

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Mi padre siempre escribía mi nombre con una pequeña inclinación al final de la última letra. Era un detalle insignificante que reconocería entre mil.

Abrí el sobre con cuidado.

Dentro había una carta y una copia de un documento legal.

La carta decía:

«Mi niña, si estás leyendo esto, significa que alguien ha cruzado una línea que esperaba que nadie tuviera que cruzar. No confíes ciegamente en las personas que se acerquen a nuestra familia hablando de amor, dinero o protección. Algunas personas pueden esperar años para conseguir lo que desean».

Me llevé una mano a la boca.

Mi madre comenzó a llorar en silencio.

Seguí leyendo.

«La propiedad de Cedar Ridge no pertenece a quien aparezca en el registro público. La compré con dinero que me confiaron para protegerlo. Cuando cumplas veinticinco años, tendrás derecho a conocer el acuerdo completo. Si alguien intenta casarse contigo antes de esa fecha y te presiona para firmar documentos financieros, llama a Daniel».

Me quedé mirando la hoja.

Yo tenía veintinueve años.

Marcus y yo nos habíamos comprometido dos años antes, cuando yo tenía veintisiete.

La carta no mencionaba su nombre.

Pero la advertencia parecía escrita específicamente para él.

—¿Qué es Cedar Ridge? —pregunté.

Mi madre se secó las lágrimas.

—Una propiedad cerca de Austin. Tu padre hablaba de ella como una inversión que algún día nos daría tranquilidad.

Revisé el documento adjunto.

Era un acuerdo de fideicomiso. Había nombres, fechas y cantidades que apenas comprendía. Sin embargo, una cifra aparecía claramente en la última página.

*Valor estimado: 8.4 millones de dólares.*

Me senté lentamente.

—Mamá... ¿papá tenía una propiedad de ocho millones de dólares?

—Yo no sabía cuánto valía.

En ese instante, mi teléfono vibró.

Daniel había enviado un mensaje.

«Ya revisé el registro de la empresa. Necesito que me confirmes una cosa: ¿Marcus sabe que heredaste los derechos del fideicomiso al cumplir veinticinco años?»

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.

«Nia, encontré una solicitud de transferencia presentada hace tres semanas. Alguien intentó mover la propiedad a una compañía privada».

Adjuntó un documento escaneado.

En la parte inferior aparecía una firma.

Marcus Reed.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

No era una simple aventura.

No era un hombre enamorado de otra mujer.

Era alguien que había entrado en mi vida, ganado la confianza de mi madre y planeado casarse conmigo mientras intentaba apropiarse de una propiedad que mi padre había protegido durante años.

Pero había algo todavía peor.

La solicitud de transferencia incluía una autorización supuestamente firmada por mí.

Una autorización que yo jamás había firmado.

Llamé a Daniel inmediatamente.

—¿Cómo consiguieron mi firma?

Su respuesta fue tan rápida que parecía llevar horas esperando esa pregunta.

—Estamos tratando de averiguarlo. Pero hay un problema, Nia. La autorización fue presentada junto con una copia de tu identificación y un certificado de matrimonio civil.

Me quedé paralizada.

—¿Certificado de matrimonio? ¡Nunca me he casado con Marcus!

—Lo sé. Por eso necesito que vengas a mi oficina mañana por la mañana.

Mi madre me apretó la mano.

—¿Qué está pasando?

Daniel respiró profundamente.

—Alguien presentó documentos afirmando que Nia ya está legalmente casada. Y si el registro no se corrige pronto, podrían intentar transferir los derechos del fideicomiso antes de que ella pueda impugnarlo.

Miré el documento otra vez.

Había una fecha.

Una fecha de tres meses atrás.

Y debajo de los nombres de los supuestos contrayentes aparecían los nuestros.

Nia Evelyn Torres.

Marcus Alexander Reed.

Entonces vi la firma que aparecía junto a la mía.

Parecía exactamente mi letra.

Pero yo jamás había firmado aquel documento.

Mi madre me abrazó mientras el teléfono seguía pegado a mi oído.

Y Daniel pronunció las palabras que me hicieron comprender que cancelar la boda no había sido más que el principio.

—Nia, hay algo más. La persona que certificó ese supuesto matrimonio fue una mujer que trabaja para la familia Reed.

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Hizo una pausa.

—Se llama Vanessa.

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