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Chapter 2: El secreto escondido en la casa de mi madre

Durante varios segundos, no pude escuchar nada.

Ni los gritos de Vanessa.

Ni a Marcus llamándome.

Ni siquiera el llanto de mi madre a mi lado.

Solo miraba aquella fotografía.

Marcus besando a Vanessa en la sala donde mi padre solía sentarse a leer el periódico los domingos por la mañana.

La misma sala donde mi madre había colocado una foto de nuestra familia sobre la chimenea. La misma donde Marcus me había pedido matrimonio después de cenar con ella.

—¿Qué estás mirando, hija? —preguntó mi madre.

Bloqueé la pantalla instintivamente.

—Nada, mamá. Tenemos que salir de aquí.

Pero ella me conocía demasiado bien.

—Nia, estás blanca como una sábana.

Marcus apareció en la puerta.

—Amor, dame cinco minutos para explicarte.

Me reí al escuchar aquella palabra.

Amor.

¿Cómo podía pronunciarla después de todo lo que acababa de suceder?

—No me vuelvas a llamar así.

—Lo de Vanessa no es lo que parece.

Le mostré el teléfono.

Su rostro perdió el color.

Vanessa apareció detrás de él y, al ver la fotografía, dejó de tocarse el cabello cortado.

—¿Quién te mandó eso? —preguntó Marcus.

No preguntó si era verdad.

No preguntó cuándo había ocurrido.

Solo quiso saber quién había enviado la prueba.

Y esa respuesta me aterrorizó más que la propia fotografía.

—Eso es lo primero que quieres saber —dije lentamente—. No si me engañaste. No por qué estabas besando a Vanessa en la casa de mi mamá. ¿Quién me mandó la foto?

Marcus se pasó una mano por el rostro.

—Nia, estás alterada. No estás pensando con claridad.

—Entonces ayúdame a pensar. Explícame la fotografía.

Vanessa intervino.

—Fue una estupidez. Una sola vez. No significa nada.

La miré.

—¿Una sola vez?

Su silencio duró demasiado.

Marcus se volvió hacia ella.

—Vanessa, cállate.

Ella abrió los ojos, ofendida.

—¿Ahora quieres que me calle? ¡Llevas meses diciéndome que ibas a resolver esto!

Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.

—¿Resolver qué?

Marcus la agarró del brazo.

—Ya basta.

Vanessa se soltó.

—No. Estoy harta de ser la que siempre tiene que esconderse mientras tú juegas a ser el novio perfecto.

Mi madre me apretó la mano.

—Nia, vámonos.

Asentí, pero no podía dejar de mirar a Marcus.

—¿Cuánto tiempo?

Él no respondió.

—Te hice una pregunta. ¿Cuánto tiempo llevas engañándome con ella?

Marcus bajó la mirada.

—Desde hace seis meses.

Vanessa soltó una risa amarga.

—No mientas. Desde hace casi un año.

Sentí náuseas.

Casi un año.

Habíamos elegido el lugar de la boda, probado el menú y enviado invitaciones durante esos mismos meses. Él me había abrazado por las noches mientras yo hablaba de nuestros hijos futuros.

Y mientras tanto, había estado con ella.

—¿Por qué? —pregunté.

Marcus dio un paso hacia mí.

—Las cosas entre nosotros se complicaron.

—¿Qué cosas?

—El estrés. La boda. Tu trabajo. Siempre estabas ocupada.

Lo miré incrédula.

—Trabajaba para pagar la mitad de esta boda porque tú dijiste que querías empezar nuestro matrimonio sin deudas.

—No estoy diciendo que fuera tu culpa.

—Acabas de culparme por trabajar.

Marcus apretó la mandíbula.

Vanessa se acomodó el vestido.

—Mira, Nia, no voy a fingir que me arrepiento de todo. Marcus me dijo que estaba enamorado de mí.

La frase me atravesó.

—¿Y por eso le cortaste el cabello a mi madre?

Por primera vez, Vanessa no encontró una respuesta inmediata.

Su mirada se desvió hacia Marcus.

Ahí estaba otra vez.

Aquella complicidad.

Aquel secreto compartido.

—¿Qué tiene que ver mi mamá con ustedes dos? —pregunté.

Marcus respondió demasiado rápido.

—Nada.

Mi teléfono vibró otra vez.

El desconocido había enviado un mensaje nuevo.

«No les creas. La fotografía no es lo peor. Revisa el cajón inferior del escritorio de tu padre. Tu madre todavía conserva la llave».

Me quedé inmóvil.

Mi padre había muerto once años atrás, cuando yo tenía diecisiete. Era contador y guardaba documentos importantes en un escritorio de madera oscura que había construido él mismo. Después de su muerte, mi madre nunca permitió que nadie lo moviera.

Marcus había pasado muchas tardes en aquella casa.

Demasiadas.

—¿Qué estabas haciendo en el escritorio de mi padre? —pregunté.

El silencio cayó como una piedra.

Marcus miró a Vanessa.

Vanessa lo miró a él.

Mi madre dejó de llorar.

—¿Qué escritorio? —preguntó Marcus finalmente.

Lo miré con incredulidad.

—El escritorio que aparece detrás de ustedes en la fotografía.

Él tragó saliva.

—Estábamos buscando unos documentos.

—¿Qué documentos?

—Nada importante.

—Entonces dime qué eran.

Marcus levantó la voz.

—¡No tengo por qué rendirte cuentas de cada cosa que hago!

Mi madre dio un paso al frente.

—Estabas en mi casa. En el escritorio de mi esposo. Tienes que darme explicaciones.

Marcus pareció darse cuenta de que había cometido un error.

Su expresión se suavizó de golpe.

—Evelyn, yo te respeto. Sabes cuánto quiero a Nia.

Mi madre lo miró con una tristeza que jamás le había visto.

—Creía saberlo.

Vanessa se cruzó de brazos.

—No entiendo por qué estamos hablando de un escritorio. El problema es que Nia no puede aceptar que Marcus y yo tenemos sentimientos.

Me volví hacia ella.

—No vuelvas a pronunciar el nombre de mi madre.

Entonces mi teléfono recibió una llamada.

Número desconocido.

Contesté y activé el altavoz.

—¿Bueno?

Una voz masculina respondió, tensa y apresurada.

—¿Nia? Me llamo Daniel. Soy el abogado que trabajó con tu padre antes de que muriera.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

—¿Daniel?

—Evelyn, necesito que me escuches. Acabo de enterarme de lo que pasó en la boda. No sé quién les envió las fotografías, pero tienes que mantener a Nia lejos de Marcus.

Mi prometido se quedó completamente inmóvil.

—¿Por qué? —pregunté.

Daniel guardó silencio unos segundos.

Después dijo algo que hizo que mi madre se apoyara contra la pared.

—Porque tu padre dejó un documento que demuestra que Marcus se acercó a tu familia mucho antes de conocerte. Y si encontró lo que estaba buscando en ese escritorio, ustedes dos podrían estar en peligro financiero.

Miré a Marcus.

Ya no parecía enojado.

Parecía asustado.

—¿Qué documento? —pregunté.

Daniel respiró hondo.

—El testamento original de tu padre. Hay una cláusula que cambia quién tiene derecho a una propiedad que vale varios millones de dólares.

Vanessa dejó caer su bolso.

Marcus cerró los ojos.

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Y entonces Daniel pronunció la frase que cambió todo:

—Nia, tu prometido no apareció en tu vida por casualidad. Tu padre ya sabía quién era él.

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