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Chapter 6: La carta que nunca debía encontrar

—¿Qué carta? —pregunté.

Vanessa se limpió las lágrimas con los dedos, pero no respondió.

Mi padre se sentó de nuevo. Parecía haber envejecido diez años en una sola noche.

—Cuando tu madre supo que estaba enferma, escribió varias cartas —dijo finalmente—. Una para ti, otra para mí y otra que debía entregarse al administrador del fondo.

—¿Dónde están?

—La tuya estaba guardada con los documentos de la herencia.

—¿Y Brianna la encontró?

Robert asintió.

Sentí que algo se me cerraba en la garganta.

—¿Qué decía?

Mi padre miró a Vanessa.

Ella negó con la cabeza, como si todavía intentara impedir que las palabras salieran de su boca.

—La carta explicaba por qué tu madre había decidido dejarte el dinero exclusivamente a ti —dijo Robert—. También explicaba qué debía suceder si alguien intentaba utilizarlo sin tu permiso.

Ethan se acercó a la mesa.

—¿Y por qué eso habría provocado que Brianna destruyera el vestido?

Mi padre tardó en contestar.

—Porque la carta mencionaba a Daniel.

Vanessa se cubrió la boca.

Me senté lentamente.

Hasta aquella noche, mi madre había sido el recuerdo más puro de mi infancia. Era la persona que me enseñó a coser botones, a preparar chocolate caliente y a no pedir disculpas por tener sueños propios.

Pensar que su última carta podía estar en manos de Brianna me hacía sentir como si alguien hubiera abierto una habitación privada dentro de mi corazón.

—Quiero leerla —dije.

—No sé dónde está ahora —respondió Robert.

—¿Cómo que no lo sabes?

—La guardaba en la caja fuerte. Hace dos semanas, descubrí que faltaban varios documentos. Pensé que los había trasladado el abogado.

—¿Y no te preocupaste?

—No sabía que Brianna los había encontrado.

Vanessa se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro.

—Daniel la convenció de que esa carta demostraba que tu madre quería mantenernos fuera de la familia. Le dijo que, si conseguía el documento, podría reclamar una parte del dinero.

—Pero la carta no le daba derecho a nada —dije.

—Eso mismo le expliqué —contestó Vanessa—. Brianna no quiso escucharme.

Ethan frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué continuó con las transferencias?

Vanessa se detuvo.

—Porque Daniel le prometió que podía ayudarla a recuperar el dinero después. Le dijo que tenía contactos, abogados y una manera de demostrar que Robert había tratado injustamente a su hija.

—¿Su hija? —repetí—. ¿Ahora se acuerda de que tiene una hija?

Vanessa no respondió.

Me levanté y fui hacia la ventana. Desde allí podía ver las luces del jardín donde se celebraría la recepción al día siguiente. Los empleados habían colocado cientos de pequeñas lámparas entre los árboles. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos y los arreglos florales esperaban en recipientes de cristal.

Todo estaba preparado para una boda que, de pronto, parecía pertenecerle a otra persona.

Ethan se acercó por detrás.

—Amara, podemos cancelar la ceremonia.

Lo miré.

—¿Eso es lo que quieres?

—Quiero casarme contigo. Pero no quiero que sientas que tienes que hacerlo para proteger a tu padre o demostrarle algo a tu hermana.

Sus palabras me hicieron llorar por primera vez desde que Brianna había derramado la pintura.

—He esperado este día durante cinco años.

—Lo sé.

—Y no quiero que ella me quite también eso.

Ethan me tomó las manos.

—Entonces no dejaremos que lo haga. Pero necesito que decidas por ti misma, no por miedo a lo que diga tu familia.

Apoyé la frente contra su pecho.

Durante unos segundos, el cuarto dejó de parecer una escena del desastre. Solo éramos nosotros dos, intentando encontrar una salida entre las mentiras de otras personas.

Entonces sonó el timbre de la mansión.

Un empleado llamó desde el pasillo.

—Señor Robert, hay una mujer en la entrada. Dice que necesita hablar con la señorita Amara.

Mi padre se levantó.

—¿Quién es?

—No quiso dar su nombre. Pero dejó esto.

Escuchamos pasos acercándose.

El empleado entró y me entregó un sobre color crema.

Mi nombre estaba escrito en el frente con una letra que no reconocía.

Dentro había una llave pequeña y una nota.

Tu madre dejó algo más que dinero. Si quieres conocer la verdad, ve al antiguo taller de costura antes del amanecer. Ve sola.

Reconocí el lugar inmediatamente.

El taller donde mi madre solía trabajar estaba en una pequeña propiedad al otro lado de la ciudad. Mi padre lo había cerrado después de su muerte y siempre había dicho que el edificio estaba vacío.

—¿Quién te dio esto? —pregunté.

—Una mujer de cabello oscuro. Se marchó antes de que pudiera detenerla.

Vanessa tomó la nota.

Al leerla, su rostro perdió el color.

—No puedes ir allí.

—¿Por qué?

—Porque el edificio es peligroso. Lleva años abandonado.

—Entonces puedes acompañarme.

—No.

La rapidez de su respuesta me hizo sospechar.

—¿Qué hay en ese taller?

Vanessa devolvió la nota a mis manos.

—Nada que pueda ayudarte.

—¿Cómo sabes lo que puede ayudarme si supuestamente no sabes quién envió la carta?

Mi madrastra se quedó callada.

Ethan tomó la llave y la examinó.

—Parece antigua. Podría abrir una caja o un archivador.

Mi padre se acercó.

—Amara, te lo prohíbo.

Lo miré con incredulidad.

—Tengo veintiocho años, papá.

—Y mañana tienes una boda. No puedes desaparecer en mitad de la noche por una nota anónima.

—Mi vestido está destruido, mi herencia ha sido utilizada sin mi consentimiento y mi hermana tiene una carta de mi madre que nadie quiere mostrarme. No creo que dormir vaya a resolver nada.

Robert apretó los puños.

—Estoy intentando protegerte.

—Entonces empieza por decirme la verdad.

Nadie habló.

Guardé la llave en el bolsillo.

Ethan insistió en acompañarme, pero la nota decía que debía ir sola. Finalmente acordamos que me esperaría cerca del edificio, con el teléfono encendido.

Antes de salir, recogí una pequeña bolsa con una linterna y una chaqueta. No podía dejar de pensar en el vestido destruido. Durante ocho meses había creído que mi mayor desafío sería caminar hacia el altar sin tropezarme con la cola.

Ahora ni siquiera sabía si llegaría a hacerlo.

Cuando pasé junto a mi padre, él me sujetó suavemente del brazo.

—Amara, tu madre te quería más que a nada en el mundo.

Me detuve.

—Entonces, ¿por qué me ocultaste su última carta?

Robert abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Salí de la mansión poco antes de las cuatro de la madrugada.

El antiguo taller estaba al final de una calle tranquila, detrás de una verja cubierta de enredaderas. Las ventanas estaban oscuras y la pintura de la puerta se había desprendido en varios lugares.

Introduje la llave en la cerradura.

Giró con facilidad.

Dentro olía a madera húmeda, polvo y telas antiguas. La luz de mi linterna iluminó una mesa de corte, varios maniquíes cubiertos con sábanas y una máquina de coser que todavía conservaba una cinta azul atada al brazo.

Era la máquina de mi madre.

Me acerqué lentamente y acaricié la cinta.

Entonces vi un cajón entreabierto debajo de la mesa.

Dentro había un sobre con mi nombre, una fotografía de mi madre sosteniendo a una bebé y una carpeta de documentos.

Tomé la fotografía.

La bebé tenía una pulsera de hospital en la muñeca.

Leí el nombre escrito en la etiqueta.

Brianna.

Me quedé sin respiración.

En el reverso de la fotografía, mi madre había escrito una fecha que correspondía a varios meses antes de que Vanessa conociera a mi padre.

Debajo había una frase:

Si algún día mis hijas descubren la verdad, espero que comprendan que ninguna de ellas eligió las mentiras de los adultos.

Abrí el sobre con las manos temblorosas.

La carta comenzaba con una frase que me hizo sentarme en el suelo.

Amara, si estás leyendo esto, significa que Robert no cumplió la promesa que me hizo antes de que yo muriera.

Pero la última página estaba arrancada.

Y justo cuando intenté buscarla entre los documentos, escuché un ruido detrás de mí.

Alguien acababa de cerrar la puerta del taller.

Una voz femenina habló desde la oscuridad.

—Deja esa carpeta, Amara.

Reconocí la voz al instante.

Era Brianna.

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Y cuando encendí la linterna para mirarla, vi que llevaba puesto el anillo de mi madre y sostenía en la mano la página que faltaba.

La página que podía explicar por qué mi madre había confiado en mí para proteger un secreto que nadie en mi familia quería que saliera a la luz.

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