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Chapter 7: La mujer que me dio la vida

—Dime que esto es una mentira —susurré.

Mi madre permanecía junto a la puerta, sosteniendo el certificado de nacimiento con ambas manos. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y el cabello plateado, cortado de forma irregular, le caía sobre el rostro.

—Ojalá pudiera, cariño.

Tomé el documento.

Mi nombre aparecía en la parte superior. Nia Washington. Fecha de nacimiento: la misma que había celebrado durante veintiocho años.

Pero debajo estaba el nombre de la mujer que supuestamente me había dado a luz.

Isabella Reed.

—¿Por qué aparece el apellido de la familia de Marcus? —pregunté—. ¿Por qué me dijiste que eras mi madre biológica?

Evelyn dejó escapar un sollozo.

—Porque te crie como a mi propia hija. Porque te amé desde el primer momento en que te sostuve. Y porque tu padre me pidió que te protegiera de una familia que habría hecho cualquier cosa por recuperar lo que consideraba suyo.

Marcus se apartó de la mesa.

—No puede ser.

Mi madre lo miró.

—Tu padre sabía que Isabella había tenido una niña. Pero nunca le dijo que esa niña eras tú.

—¿Por qué?

—Porque Isabella murió poco después del parto. Thomas Reed quería quedarse con la niña, pero tu padre descubrió algo que lo hizo cambiar de opinión.

Claudia se quitó los auriculares.

—¿Qué descubrió?

Evelyn respiró profundamente.

—Que Thomas había utilizado a Isabella para ocultar dinero de la empresa. Ella firmaba documentos sin saber lo que contenían. Cuando descubrió la verdad, amenazó con denunciarlo. Entonces él empezó a decir que estaba enferma, que no podía cuidar de una hija y que la niña debía quedar bajo su custodia.

Miré el certificado otra vez.

—¿Y papá?

—Tu padre era el mejor amigo de Isabella. Había prometido ayudarla a escapar de Thomas. Cuando ella murió, él encontró documentos que demostraban que Thomas había falsificado varias de sus firmas. También encontró una carta en la que Isabella pedía que, si algo le sucedía, su hija creciera lejos de los Reed.

—¿Por eso me adoptaste?

Evelyn negó con la cabeza.

—No fue tan sencillo. Tu padre y yo llevábamos años intentando tener un hijo. Cuando él me llevó al hospital y me puso en los brazos a una bebé que necesitaba una familia, sentí que la vida me había dado una segunda oportunidad.

Su voz se quebró.

—Pero no te elegí porque necesitara una hija. Te elegí porque, cuando abriste los ojos, me agarraste un dedo y no lo soltaste. Desde ese instante, fuiste mi niña.

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

Quería abrazarla. Quería gritarle. Quería preguntarle por qué había permitido que creciera sin saber la verdad.

Al final, solo pude pronunciar una pregunta.

—¿Papá sabía que yo no era su hija biológica?

—Sí. Y nunca te quiso menos por eso.

Aquellas palabras me destrozaron.

Mi padre había sido mi padre en cada sentido que importaba. Había estado conmigo en mis primeros pasos, en mis exámenes, en mis desilusiones amorosas y en mis noches de fiebre.

Ningún documento podía cambiar eso.

Pero quedaba una pregunta.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

Evelyn bajó la cabeza.

—Porque después de la muerte de tu padre, Thomas vino a buscarte. Me dijo que, si no le entregaba a su nieta, destruiría nuestras vidas. Me mostró documentos falsificados que afirmaban que yo había robado dinero de la empresa. Amenazó con acusarme de secuestro y con llevarte ante un juez.

—¿Y qué hiciste?

—Desaparecí contigo. Cambié de abogado, vendí lo que pude y nos mudamos. Cuando Thomas murió, pensé que por fin estábamos a salvo.

Claudia intervino con voz firme.

—Pero alguien mantuvo vivo el expediente.

Daniel, que había regresado para recoger una copia de los documentos, abrió su maletín.

—Y si estos papeles son auténticos, alguien ha utilizado información privada de Nia para manipularla durante años.

Marcus seguía mirando el certificado.

—Mi padre me dijo que Isabella había muerto sin dejar hijos.

Lo miré.

—¿Cuándo te lo dijo?

—Cuando tenía diecisiete años. Me enseñó una fotografía de ella y dijo que nunca había podido tener una familia. Nunca mencionó a una niña.

—¿Y nunca investigaste?

Marcus apretó la mandíbula.

—No. No tenía motivos para pensar que me estaba mintiendo.

—Tenías motivos para investigar la muerte de mi padre y los documentos de tu familia. Elegiste no hacerlo.

Él aceptó mi reproche sin responder.

Entonces Claudia sacó de su carpeta una copia de la grabación de mi padre.

—Hay algo que debemos escuchar antes de sacar conclusiones.

Conectó el reproductor a un altavoz.

La voz de mi padre llenó la cocina.

«Evelyn, si alguna vez Nia descubre la verdad sobre Isabella, dile que no fue abandonada. Su madre la amó. Y dile que la familia Reed no tiene derecho a reclamarla como si fuera una propiedad».

La grabación se interrumpió brevemente y continuó.

«Thomas no actuó solo. Richard sabe dónde están los documentos originales. Si me ocurre algo, busca la caja de seguridad. Allí está la prueba de que la muerte de Isabella y el fraude de la empresa están relacionados».

Claudia detuvo el audio.

—Eso confirma que tu padre sospechaba que había una conexión. No demuestra quién mató a Isabella ni quién causó el accidente, pero nos da una dirección concreta para investigar.

Me sequé las lágrimas.

—Entonces abriremos la caja.

Daniel asintió.

—Mañana, con la autorización adecuada.

Marcus levantó la cabeza.

—Hay otra cosa que deben saber. Richard no está interesado únicamente en los documentos. Hace tres meses me pidió que me casara con Nia antes de que terminara el año.

Lo miré, incrédula.

—¿Qué?

—Dijo que el matrimonio uniría legalmente a las dos familias y facilitaría resolver ciertas reclamaciones sobre las propiedades. Yo pensé que hablaba de negocios. Nunca me dijo que tú fueras hija de Isabella.

—¿Y aceptaste?

Marcus bajó los ojos.

—Acepté casarme contigo porque te amaba. Pero también creí que, si me convertía en parte de tu familia, podría acceder a los documentos que Richard había escondido.

El silencio que siguió fue insoportable.

—¿Nuestra boda también era parte de tu investigación? —pregunté.

—Al principio, sí. Después dejó de serlo.

—¿En qué momento?

Marcus no encontró una respuesta.

Y aquella ausencia me dijo todo lo que necesitaba saber.

Me quité la cadena que llevaba alrededor del cuello. En ella colgaba una pequeña llave que Marcus me había regalado durante nuestro primer aniversario.

La dejé sobre la mesa.

—No vuelvas a decirme que me amabas si ni siquiera fuiste capaz de darme la verdad.

Él miró la llave.

—Nia, por favor...

—Vete.

Marcus salió sin discutir.

Cuando la puerta se cerró, abracé a Evelyn.

—Tú eres mi madre —le dije entre lágrimas—. Eso no cambia.

Ella me rodeó con sus brazos.

Pero mientras permanecíamos abrazadas, Claudia recibió una notificación en su computadora.

La abrió y se quedó inmóvil.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Giró la pantalla hacia nosotras.

Era un registro recién obtenido de una base de datos empresarial. Mostraba una transferencia realizada dos días antes a una cuenta vinculada a Richard Cole.

El concepto de la operación decía:

*«Liquidación final. Archivo Washington. Cierre antes de la apertura de la caja».*

Debajo aparecía el nombre de una segunda persona autorizada para retirar los fondos.

Vanessa Reed.

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Y junto a su firma figuraba una fecha.

El día anterior a nuestra boda.

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