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Chapter 4: La cita en el estacionamiento

—No vas a ir sola —dijo mi madre, arrebatándome el teléfono de las manos.

El mensaje seguía iluminando la pantalla.

Treinta minutos.

Alguien afirmaba saber quién había matado a mi padre y, por alguna razón, quería que yo acudiera sin Marcus.

—Mamá, tenemos que averiguar quién envió esto.

—¿Y si es una trampa?

—Entonces no voy a caer en ella.

Evelyn me sujetó la muñeca.

—Nia, mírame. Cuando tu padre murió, un hombre vino a nuestra casa y me dijo que, si alguna vez intentaba descubrir la verdad, tú serías la siguiente. No voy a permitir que vuelvas a pasar por algo así.

Su confesión me dejó sin palabras.

—¿Quién te amenazó?

—Nunca me dio su nombre. Solo dejó una fotografía tuya sobre la mesa. Tenías nueve años. Estabas saliendo de la escuela con tu mochila rosa.

Me recorrió un escalofrío.

Durante años había pensado que mi madre vivía preocupada porque me había criado sola. Ahora comprendía que su miedo tenía raíces mucho más oscuras.

—No vamos a llamar a Marcus —dije—. Tampoco vamos a avisarle de que recibimos este mensaje.

Mamá asintió lentamente.

Guardé la fotografía del accidente y el documento de la propiedad dentro de mi bolso. Después pedí un automóvil desde mi teléfono y le indiqué a mi madre que esperara en un café cercano, donde habría otras personas.

—Si no regreso en veinte minutos, llama a la policía —le dije.

—¿Y si no contestan?

—Entonces llama a la periodista que entrevistó a papá antes de morir. ¿Recuerdas su nombre?

Evelyn palideció.

—Claudia Bennett.

—¿Conservas su número?

Mi madre abrió el viejo teléfono y buscó entre los contactos.

—Sí. Tu padre me pidió que nunca lo borrara.

Copié el número en mi teléfono.

A las cuatro y cuarenta y siete de la tarde, llegué al estacionamiento subterráneo del hotel situado a pocas cuadras del lugar de la boda. El aire olía a concreto húmedo y gasolina. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre filas de automóviles negros.

Me quedaban trece minutos.

Caminé hasta la columna marcada con la letra D.

—¿Hola? —llamé.

Un automóvil encendió sus luces al fondo.

Una mujer salió de detrás de una camioneta gris. Tendría unos cincuenta años, llevaba el cabello recogido y sostenía una carpeta contra el pecho.

—¿Nia Washington?

—¿Quién es usted?

—Claudia Bennett. Tu padre me pidió que te encontrara si algo le ocurría.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Usted es la periodista?

—Lo era. Ahora trabajo con abogados que investigan fraudes empresariales.

Sacó una fotografía de la carpeta.

Era una imagen de mi padre junto a otro hombre, frente a una oficina. Entre ambos sostenían una carpeta con el logotipo de una empresa de construcción.

El otro hombre era Richard Cole, el abogado que mi madre había mencionado.

—Tu padre descubrió que estaban utilizando su empresa para desviar dinero de contratos públicos —explicó Claudia—. Antes de que pudiera denunciarlo, alguien filtró documentos que lo acusaban a él de ser el responsable.

—¿Y Marcus?

Claudia bajó la mirada.

—Su padre también estaba implicado. Pero hay algo más. La noche del accidente, Marcus llamó a tu padre tres veces.

—¿Por qué?

—Eso es lo que llevo doce años intentando averiguar.

Me mostró una copia de un registro telefónico. Las llamadas aparecían con fecha y hora. La última se había realizado apenas diecisiete minutos antes del accidente.

—¿Está diciendo que Marcus estuvo involucrado en la muerte de mi padre?

—Estoy diciendo que estuvo allí y que después desapareció durante varios días. Su familia afirmó que había viajado fuera del estado.

—Pero la fotografía demuestra que estuvo en la escena.

Claudia asintió.

—Tu padre me dejó una grabación. Nunca conseguí escucharla completa porque alguien robó el dispositivo donde estaba guardada. Sin embargo, conservé una copia parcial.

Sacó un pequeño reproductor digital y pulsó un botón.

La voz de mi padre llenó el estacionamiento.

«Si algo me pasa, busquen el contrato de la autopista. Richard no está actuando solo. El muchacho sabe lo que hicieron, pero no creo que entienda hasta dónde llega todo esto».

La grabación terminó con un chasquido.

—¿El muchacho? —pregunté.

Claudia no respondió de inmediato.

—Creo que se refería a Marcus.

—¿Por qué me contactó ahora?

—Porque ayer recibí un sobre anónimo con una copia de un documento que podría demostrar quién falsificó la firma de tu madre. Alguien escribió tu nombre en el exterior.

Me entregó una hoja.

Reconocí el documento de la propiedad. Pero esta copia incluía una segunda página que mi madre nunca había visto.

En la parte inferior aparecía una firma autorizando la transferencia.

No era la firma de Evelyn.

Era la de Richard Cole.

—Esto demuestra que el abogado participó en la transferencia —dije.

—Demuestra que autorizó la operación. Todavía necesitamos establecer quién ordenó la falsificación y quién se benefició.

Claudia cerró la carpeta.

—Nia, tienes que escucharme con atención. No confíes en nadie que tenga acceso a los archivos de la empresa, ni siquiera en alguien que parezca estar ayudándote.

Antes de que pudiera responder, escuchamos un motor.

Un sedán negro entró en el estacionamiento y se detuvo a unos metros de nosotras.

La puerta del conductor se abrió.

Marcus salió del vehículo.

Mi sangre se heló.

—¿Cómo nos encontró? —susurré.

Claudia guardó rápidamente la carpeta.

Marcus caminó hacia nosotras con la mandíbula tensa.

—Nia, aléjate de esa mujer.

—¿Me estás siguiendo?

—No entiendes lo que está pasando.

Claudia se interpuso entre nosotros.

—Marcus, esta conversación terminó hace doce años.

Él la miró como si acabara de reconocer a un fantasma.

—Usted debería haberse mantenido fuera de esto.

—Y tú deberías haber dicho la verdad.

Marcus se volvió hacia mí.

—Nia, por favor. Dame cinco minutos para explicarte.

—Tuviste dos años.

—¡No sabes lo que tuve que hacer para mantenerte a salvo!

—¿A salvo de quién?

Marcus miró hacia la rampa de salida.

Por primera vez, parecía estar buscando una vía de escape.

Entonces un segundo automóvil apareció detrás del suyo.

Dos hombres bajaron.

Uno llevaba un teléfono en la mano. El otro sostenía un sobre marrón.

Claudia palideció.

—Tenemos que irnos. Ahora.

Pero uno de los hombres levantó la voz.

—Señor Reed, el señor Cole quiere saber si ya le entregó a Nia los documentos originales.

Marcus cerró los ojos.

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Y yo comprendí que el secreto de mi padre no había muerto con él.

Había estado sentado a mi lado durante dos años, besándome cada mañana y prometiéndome un futuro que quizá nunca había tenido intención de darme.

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