Chapter 5: El hombre que llevaba dos nombres
—Nia, escucha lo que voy a decirte —murmuró Marcus—. No te acerques a esos hombres.
Me reí sin humor.
—¿Ahora quieres protegerme?
—Sí.
—¿Después de mentirme sobre mi padre, sobre tu familia y sobre lo que ocurrió esta mañana?
Marcus apretó los puños.
—Nunca mentí sobre amarte.
Aquellas palabras casi me hicieron más daño que todo lo demás.
Porque una parte de mí todavía recordaba al hombre que me había acompañado a urgencias cuando me torcí el tobillo, que aprendió la receta de la sopa de mi madre y que pasó una noche entera pintando mi apartamento después de que el techo tuviera una fuga.
No sabía si esos recuerdos eran reales o si yo había construido una historia alrededor de alguien que nunca conocí.
—Entonces dime la verdad —respondí—. ¿Qué pasó la noche en que murió mi padre?
Marcus miró a Claudia.
—No aquí.
Uno de los hombres del sedán avanzó hacia nosotros.
—Señor Reed, no tenemos toda la tarde.
Marcus se volvió bruscamente.
—Dígale a Cole que necesito tiempo.
El hombre sonrió.
—El señor Cole ya le dio doce años.
Sentí un nudo en el estómago.
Claudia me agarró del brazo.
—Hay una salida por el lado oeste. Vamos.
Empezamos a caminar, pero Marcus se interpuso en nuestro camino.
—¡No pueden llevársela!
—No eres su dueño —replicó Claudia.
—No sabes lo que le harán.
—Tú tampoco lo sabes. Eso es lo que más te asusta.
Marcus no respondió.
Aproveché la discusión para sacar mi teléfono y activar la grabadora. Lo mantuve dentro del bolso, apuntando hacia él.
—Quiero saber por qué tu nombre aparece en los documentos de mi padre —dije—. Y quiero saber por qué esos hombres te llaman Reed como si estuvieras obligado a obedecerlos.
Marcus miró mi bolso.
No sabía si había descubierto la grabación, pero su voz se volvió más baja.
—Mi padre se llamaba Thomas Reed. Era socio de tu padre en una empresa llamada Southern Crest Development. Cuando yo tenía veinte años, descubrí que utilizaba contratos falsos para cobrar dinero por obras que nunca se habían terminado.
—¿Y lo denunciaste?
—Intenté convencerlo de que se detuviera.
—Eso no responde a mi pregunta.
Marcus se pasó una mano por la cara.
—La noche del accidente, tu padre me llamó. Dijo que tenía pruebas contra mi padre y que iba a entregarlas a las autoridades. Quería que yo confirmara lo que había visto.
—¿Fuiste a verlo?
—Sí.
—¿Y después murió?
Marcus bajó la mirada.
El silencio fue suficiente para que mi imaginación comenzara a llenarse de imágenes horribles.
—¿Lo mataste?
—¡No!
Su grito resonó entre las columnas.
Los dos hombres del sedán intercambiaron una mirada.
Marcus respiró con dificultad.
—Cuando llegué, tu padre ya estaba herido. Había salido de la carretera. Intenté abrir la puerta del conductor, pero estaba atascada. Llamé a emergencias.
—Entonces, ¿por qué desapareciste?
—Porque vi a mi padre llegar.
La voz de Marcus se quebró.
—No se acercó al automóvil. Se quedó junto al camino y me dijo que, si hablaba, tú y tu madre pagarían por ello. Después me obligó a irme con él.
—¿Y lo obedeciste?
—Tenía veinte años, Nia. Estaba aterrorizado.
—Mi madre también tenía miedo. Y aun así pasó doce años tratando de mantenerme a salvo.
Marcus aceptó el golpe sin defenderse.
Claudia intervino.
—¿Qué hizo tu padre con las pruebas?
—Las guardó en una caja de seguridad. Cuando murió, Richard Cole se hizo cargo de todo.
—¿Y tú?
—Intenté recuperarlas hace dos años.
Lo miré.
—¿Cuando empezaste a salir conmigo?
Marcus asintió.
—Al principio quería encontrar los documentos y entregarlos a la policía. Después me enamoré de ti.
—¿Y decidiste seguir adelante con la boda?
—Creí que podía resolverlo antes de que te afectara.
Solté una carcajada amarga.
—¿Cómo? ¿Casándote conmigo mientras ocultabas que tu familia pudo haber destruido la mía?
—No sabía que Vanessa iba a hacerle eso a tu madre.
—Pero sabías que planeaba algo.
Marcus no contestó.
—¿Qué ocurrió esta mañana?
Finalmente levantó la cabeza.
—Vanessa encontró una copia de los documentos originales en la oficina de Richard. Descubrió que tu madre había estado buscando a Claudia. Quería asustarla para que dejara de investigar.
—¿Y tú te reíste?
—Pensé que solo iba a hacerle unas fotografías vergonzosas. Cuando me di cuenta de que estaba cortándole el cabello, ya había empezado.
—Pudiste detenerla.
—Sí.
Su respuesta salió casi en un susurro.
—Pude detenerla.
Por primera vez, no intentó justificar lo que había hecho.
Pero su arrepentimiento no podía devolverle a mi madre la dignidad que le habían arrebatado ni borrar los años de mentiras.
El hombre del sobre marrón se acercó.
—Se acabó el tiempo.
Sacó un documento y se lo entregó a Marcus.
—Firme aquí y el señor Cole retirará la demanda contra su hermana.
Marcus leyó el papel.
Su rostro se endureció.
—Esto no fue lo que acordamos.
—Las condiciones cambiaron.
—No voy a firmar una confesión falsa.
El hombre sonrió.
—Entonces Vanessa irá a prisión por falsificar documentos y amenazar a la señora Washington. Y usted será acusado de colaborar con ella.
Me quedé helada.
Vanessa no era solamente una mujer cruel que había decidido arruinar el cabello de mi madre.
Alguien estaba utilizando sus acciones para obligar a Marcus a hacer algo.
—¿Qué quieren que firme? —pregunté.
El hombre me miró por primera vez.
—Eso no es asunto suyo.
—Si están amenazando a mi prometido con documentos relacionados con mi familia, sí es asunto mío.
Marcus intentó apartarme.
—Nia, no.
Pero yo ya había visto el encabezado.
Era una declaración que reconocía que Evelyn Washington había autorizado voluntariamente la transferencia de la propiedad y que cualquier acusación de falsificación había sido inventada para perjudicar a la familia Reed.
Querían que mi madre cargara con la culpa.
—Nunca firmaremos esto —dije.
El hombre guardó el documento.
—Entonces prepárese para perder algo más que una boda.
Se alejó hacia el sedán.
Antes de subir, se volvió hacia Marcus.
—Richard dice que todavía puedes hacer lo correcto. Entrégale la llave antes de medianoche.
El automóvil desapareció por la rampa.
Me volví hacia Marcus.
—¿Qué llave?
Él no respondió.
Claudia lo observó con una expresión sombría.
—La llave de la caja de seguridad de Thomas Reed.
Marcus abrió lentamente la mano.
En su palma había una pequeña llave de latón con un número grabado.
—Mi padre me la entregó antes de morir —dijo—. Me dijo que, si alguna vez intentaba abrir esa caja, destruiría todo lo que quedara de nuestra familia.
—¿Y por qué no la abriste?
Marcus me miró.
—Porque la caja no contiene solamente las pruebas contra mi padre.
Tragó saliva.
—También contiene una carta escrita por tu padre. Una carta dirigida a ti.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué dice?
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Marcus apretó la llave entre los dedos.
—No lo sé. Pero mi padre siempre dijo que, cuando la leyeras, descubrirías que el hombre que creías conocer nunca fue tu verdadero padre.