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Chapter 9: La verdad que Patricia quiso enterrar

Mi padre leyó el mensaje tres veces antes de levantarse.

—Nos vamos a casa.

El licenciado Herrera cerró la carpeta.

—Roberto, le recomiendo que no se reúna con Daniel sin asesoría legal. Si trae documentos relacionados con la propiedad, debemos examinarlos primero.

—Es mi hermano —respondió mi padre—. Y ha estado involucrado en esto desde antes de que María muriera. No voy a permitir que siga utilizando a mis hijos para presionarme.

El abogado asintió.

—Entonces iré con ustedes.

El viaje de regreso fue más silencioso que el de ida.

Sofía miraba por la ventana, con las manos cruzadas sobre las rodillas. Yo intentaba ordenar todas las piezas que habíamos descubierto, pero cada respuesta abría otra pregunta.

¿Por qué nuestra madre había guardado aquella fotografía?

¿Por qué Patricia conocía a mi tío Daniel mucho antes de conocer a mi padre?

Y, sobre todo, ¿qué significaba que mi padre no fuera el único heredero de la propiedad?

Cuando llegamos a casa, vimos la camioneta de mi tío estacionada frente al garaje.

La puerta principal estaba abierta.

Mi padre bajó del vehículo antes de que yo terminara de quitarme el cinturón.

Entramos juntos.

Daniel estaba sentado en la sala, con una carpeta negra sobre las rodillas. Patricia permanecía de pie junto a la ventana, vestida con una blusa blanca y pantalones oscuros.

Al ver al licenciado Herrera, mi tío se levantó de golpe.

—¿Qué hace él aquí?

—Es mi abogado —respondió mi padre.

Daniel miró a Patricia.

Ella apartó la mirada.

Fue un gesto pequeño, pero bastó para que mi padre lo notara.

—Muy bien —dijo mi tío, recuperando la compostura—. Si quieres abogados, hablemos como abogados. Tengo documentos que demuestran que la propiedad de Arizona no te pertenece exclusivamente.

Colocó la carpeta sobre la mesa.

El licenciado Herrera no la tocó.

—Antes de examinar cualquier documento, quiero saber en qué fundamento legal se basa su reclamación.

Daniel sonrió.

—En el testamento de mis padres.

Mi padre soltó una risa amarga.

—Nuestros padres dejaron esa propiedad a mi nombre. Tú lo sabes perfectamente.

—Eso es lo que siempre te hicieron creer.

Daniel abrió la carpeta y sacó una copia de un documento con varios sellos.

—Hace años, nuestro padre modificó sus instrucciones. La propiedad debía permanecer en la familia, pero no necesariamente bajo tu control exclusivo.

Mi padre examinó el papel sin tocarlo.

—Nunca había visto esto.

—Porque María lo ocultó.

La expresión de mi padre se endureció.

—No vuelvas a utilizar el nombre de mi esposa para justificar tus mentiras.

Daniel golpeó la mesa con la palma.

—¡No eran mentiras! María sabía que existía una disputa. Por eso se reunió conmigo.

Por eso buscó a Patricia. ¡Ella conocía los términos del acuerdo!

Sofía retrocedió hasta quedar junto a mí.

Patricia seguía inmóvil, con la mirada clavada en el suelo.

El licenciado Herrera finalmente tomó el documento.

Lo examinó por ambos lados y después pidió permiso para fotografiarlo.

Daniel aceptó con una sonrisa confiada.

—Adelante. No tengo nada que ocultar.

El abogado revisó las páginas durante varios minutos.

Después levantó la vista.

—Este documento no demuestra lo que usted afirma.

La sonrisa de Daniel desapareció.

—¿Cómo dice?

—Aquí se establece una condición para la transferencia futura de la propiedad. No se modifica la titularidad actual, y tampoco aparece la firma de un notario que certifique la supuesta modificación.

Daniel se inclinó sobre la mesa.

—¡Eso no puede ser!

—Además —continuó Herrera—, el número de registro que aparece en esta copia corresponde a otro documento.

Mi padre miró a su hermano.

—¿De dónde sacaste esto?

Daniel abrió la boca, pero Patricia intervino.

—¡Él me dijo que era legítimo!

Todos nos volvimos hacia ella.

Daniel la miró con furia.

—¡Cállate!

—¡Tú me dijiste que tenías los documentos originales! —gritó Patricia—. ¡Me prometiste que, una vez que Roberto firmara, podríamos pagar mis deudas y resolverlo todo!

Mi padre se quedó inmóvil.

—¿Así que esa era la razón? ¿Querías utilizar mi propiedad para pagar tus deudas?

Patricia comenzó a llorar.

—No entiendes. Daniel dijo que era la única manera de salir del problema.

—¿Y por eso permitiste que nuestros hijos sufrieran? ¿Por eso retiraste dinero de sus cuentas?

—¡Yo necesitaba ese dinero!

La confesión salió de su boca antes de que pudiera detenerla.

Sofía la miró con incredulidad.

—¿Necesitabas nuestro dinero?

Patricia se cubrió la boca.

Mi padre dio un paso hacia ella.

—¿Cuánto retiraste?

Ella negó con la cabeza.

—No lo recuerdo exactamente.

El licenciado Herrera intervino.

—Los registros bancarios nos darán la cifra. Por ahora, lo importante es que nadie firme nada y que todos los documentos queden preservados.

Daniel intentó recuperar la carpeta, pero el abogado la mantuvo sobre la mesa.

—Esta documentación deberá revisarse antes de que se haga cualquier otra afirmación sobre la propiedad.

Mi tío miró a mi padre.

—No vas a permitir que un abogado te diga qué hacer con tu propia familia.

—Mi familia no me ha pedido que firme documentos falsos —respondió mi padre—. Mi familia no ha intentado robarles el futuro a mis hijos.

Daniel se puso rojo de rabia.

—¡Siempre fuiste el favorito! La casa, los ahorros, la propiedad de Arizona... Todo terminó en tus manos. Nuestro padre confiaba en ti más que en mí.

Mi padre lo observó con una tristeza profunda.

—¿Y por eso decidiste destruir mi matrimonio y poner a mis hijos en medio?

Daniel guardó silencio.

Durante unos segundos, pareció que iba a responder.

En lugar de hacerlo, se volvió hacia Patricia.

—Diles lo que pasó aquella noche.

Patricia levantó la cabeza.

—No.

—¡Diles!

—¡He dicho que no!

Mi padre miró a ambos.

—¿Qué pasó aquella noche?

Daniel soltó una carcajada sin humor.

—La noche en que María descubrió nuestros planes. Ella nos encontró revisando los documentos y amenazó con denunciarlo todo. Patricia intentó convencerla de que guardara silencio.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Y qué hicieron? —pregunté.

Daniel no respondió.

Fue Patricia quien habló.

—Tu madre no quería escucharme. Estaba convencida de que yo intentaba perjudicar a tu padre. Le expliqué que necesitaba ayuda, que tenía deudas, que no quería perderlo todo. Pero ella se negó a colaborar.

Sofía comenzó a temblar.

—¿Qué le hiciste a mi mamá?

Patricia se volvió hacia ella.

—¡Yo no le hice nada!

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Responde a la pregunta!

Patricia se estremeció.

—Discutimos. Eso fue todo. Ella se alteró mucho y se marchó.

—¿Y después? —preguntó el licenciado Herrera.

Patricia miró a Daniel.

Él bajó la cabeza.

—Después —susurró ella—, Daniel me dijo que María había sufrido una crisis y que no debía contarle a Roberto lo que había pasado.

Mi padre se puso pálido.

—¿Qué crisis?

—No lo sé. Yo no estaba allí cuando ocurrió.

El licenciado Herrera se inclinó hacia delante.

—Señora Morales, ¿está afirmando que estuvo presente en una discusión con María Vega la noche anterior a que fuera hospitalizada?

Patricia asintió lentamente.

Sofía se cubrió la boca.

Yo recordé el día en que nuestra madre enfermó. Recordé a Patricia llegando a casa con los ojos hinchados, diciendo que había pasado una tarde difícil. Recordé a mi padre recibiendo la llamada del hospital y saliendo apresuradamente, mientras Patricia insistía en quedarse con nosotros.

Durante cinco años, creímos que nuestra madre había sufrido una complicación inesperada.

Ahora descubríamos que Patricia y Daniel habían discutido con ella justo antes de aquella crisis.

Pero aún no sabíamos si existía alguna relación entre ambos hechos.

Mi padre miró al licenciado Herrera.

—Necesito saber qué ocurrió realmente.

El abogado guardó silencio durante unos segundos.

Después sacó de su maletín una hoja que no nos había mostrado antes.

—Hay algo más que María me pidió conservar. No lo incluí en la primera revisión porque necesitaba verificar su autenticidad.

Era una declaración escrita y firmada por nuestra madre.

Debajo de la firma aparecía una fecha: dos días antes de su hospitalización.

El licenciado Herrera comenzó a leer.

«Si algo me ocurre, quiero que Roberto sepa que no fui yo quien inició esta disputa. Tengo pruebas de que alguien dentro de la familia ha estado utilizando información privada para intentar modificar el fideicomiso».

Mi padre se apoyó en el respaldo de la silla.

El abogado continuó.

«También descubrí que Patricia no fue la única persona que ocultó información sobre sus deudas. Hay una cuenta bancaria vinculada a Daniel que contiene transferencias relacionadas con la propiedad».

Daniel se levantó de golpe.

—¡Eso es privado!

—Si los fondos están relacionados con una posible operación fraudulenta, deberán ser revisados por las autoridades correspondientes —respondió Herrera.

Mi tío miró hacia la puerta.

Mi padre se interpuso en su camino.

—No te vas a marchar hasta que me digas qué hiciste con el dinero.

Daniel apretó los puños.

—No tienes derecho a detenerme.

—No estoy intentando detenerte. Te estoy dando una última oportunidad para decir la verdad.

Mi tío miró a Patricia.

Ella no se movió.

Entonces Daniel pronunció unas palabras que cambiaron el rostro de mi padre.

—Está bien. Quieres saber quién recibió el dinero, Roberto. Pregúntale a tu esposa por qué hay transferencias a una cuenta a nombre de tu hijo.

Todos me miraron.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué? —susurré.

Daniel sacó otra hoja de la carpeta.

En ella aparecía mi nombre completo, el número parcial de una cuenta bancaria que yo había abierto años atrás y una lista de transferencias que supuestamente había recibido.

Yo jamás había visto aquellos movimientos.

—¡Eso es falso! —dije—. ¡Yo nunca recibí ese dinero!

El licenciado Herrera tomó la hoja y la examinó cuidadosamente.

—No saquemos conclusiones todavía.

Pero mi padre me miraba como si intentara reconciliar dos imágenes distintas: el hijo al que había criado y el nombre que aparecía en aquellos documentos.

Patricia aprovechó ese instante.

—Roberto, yo intenté advertirte. Tu hijo estuvo en la oficina, Sofía tenía la llave y ahora Daniel ha demostrado que el dinero terminó en una cuenta de Daniel.

Mi padre levantó la mirada.

—¿Por qué estás tan segura de que mi hijo recibió ese dinero?

Patricia abrió la boca.

No respondió.

El licenciado Herrera dejó el documento sobre la mesa.

—Porque hay un detalle que no encaja. La cuenta que aparece aquí fue abierta después de la fecha de las transferencias.

Daniel perdió el color.

El abogado señaló la parte inferior del documento.

—Alguien ha alterado las fechas.

Mi padre miró a su hermano.

—¿Quién preparó esto?

Daniel retrocedió.

Por primera vez, parecía comprender que había ido demasiado lejos.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla y rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Esta vez, el licenciado Herrera alcanzó a ver el nombre que aparecía en ella.

*Detective Morales.*

Daniel dejó caer el teléfono sobre la mesa.

Mi padre no apartó la mirada de él.

—¿Qué has hecho, Daniel?

Mi tío tragó saliva.

Y, con una voz que apenas reconocí, respondió:

—Lo que Patricia me pidió que hiciera hace cinco años.

La habitación quedó en silencio.

Patricia se llevó una mano a la boca.

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Sofía comenzó a llorar.

Y yo comprendí que, por primera vez, estábamos a punto de escuchar una verdad que ninguno de ellos podría volver a esconder.

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