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Chapter 5: La mentira que convirtió a un hijo en sospechoso

—¿De qué documentos estás hablando? —preguntó mi padre.

Patricia cruzó los brazos. Había recuperado la seguridad de alguien que acaba de encontrar una carta ganadora.

—De los documentos de la propiedad, Roberto. Los que guardabas en tu oficina.

Mi padre frunció el ceño.

—Esos documentos están en la caja fuerte.

—Ya no todos.

El aire pareció desaparecer del patio.

Yo recordaba aquella noche perfectamente.

Había llegado del trabajo cerca de las nueve. Sofía estaba estudiando en su habitación y Patricia había salido a cenar con unas amigas. Mi padre dormía porque al día siguiente tenía una cita médica temprano.

Mientras buscaba una carpeta con mis documentos fiscales, escuché un ruido procedente de la oficina.

La puerta estaba entreabierta.

Entré pensando que mi padre se había levantado, pero encontré el escritorio desordenado y varios papeles tirados en el suelo.

No vi a nadie.

Tomé una linterna del cajón, revisé la habitación y me fui después de acomodar los documentos que estaban esparcidos por todas partes.

Eso había sido todo.

O eso creía.

—Yo no robé nada —dije, mirando directamente a Patricia.

Ella soltó una risa seca.

—Qué curioso. Yo no dije que hubieras robado. Solo dije que estabas allí.

Mi padre se volvió hacia mí.

—Hijo, necesito que me cuentes exactamente qué pasó.

—Entré porque escuché un ruido. La oficina estaba desordenada. No tomé nada.

—¿Y por qué no me lo contaste?

—Porque pensé que alguien había dejado caer los papeles. No sabía que faltaba algo.

Patricia negó lentamente con la cabeza.

—Siempre has sido bueno inventando explicaciones.

—¡Y tú siempre has sido buena culpando a los demás! —le respondí.

—¡Basta los dos! —ordenó mi padre.

Su voz resonó por el patio.

Por un instante, nadie se movió.

Mi padre respiró profundamente antes de continuar.

—No voy a acusar a mi hijo sin pruebas. Patricia, quiero saber qué documentos faltan y cuándo fue la última vez que los viste.

Ella dudó.

Aquella vacilación fue pequeña, pero la noté.

—La escritura original de la casa —respondió finalmente—. Y una copia del fideicomiso familiar.

Mi padre se quedó inmóvil.

—¿Qué fideicomiso?

Patricia parpadeó.

—El que hiciste hace años. El que establece qué ocurrirá con tus bienes.

Mi padre me miró.

—¿Tú sabías algo de eso?

Negué con la cabeza.

Nunca habíamos hablado de un fideicomiso. Sabía que mi padre tenía propiedades y algunas inversiones, pero jamás había visto los documentos legales.

—No sabía que existía —contesté.

Patricia aprovechó la oportunidad.

—¿Lo ves? Ni siquiera sabe de qué estoy hablando. Pero estuvo en tu oficina cuando desaparecieron los papeles. ¿No te parece sospechoso?

—Me parece sospechoso que tú sepas exactamente qué documentos faltan si, según tú, no estabas allí —respondió mi padre.

Ella abrió los ojos.

—¡Porque soy tu esposa! ¡Sé dónde guardas tus cosas!

—Entonces también sabes que no permito que nadie entre en esa caja fuerte.

Patricia apretó los labios.

Sofía, que había permanecido en silencio, se levantó de la silla.

—Papá, yo vi algo.

Los tres nos volvimos hacia ella.

—¿Qué viste, hija? —preguntó él.

Sofía se abrazó a sí misma.

—Hace dos semanas, Patricia estaba hablando por teléfono en la lavandería. Creía que yo estaba dormida. Escuché que dijo que necesitaba conseguir la firma de alguien antes de que terminara el mes.

Patricia se quedó completamente quieta.

—Eso es mentira.

Sofía negó con la cabeza.

—También dijo que, si Roberto no firmaba voluntariamente, encontraría otra manera de conseguirlo.

Mi padre dejó de respirar por un instante.

—¿Con quién estabas hablando? —le preguntó a Patricia.

—Con nadie que te importe.

—Te estoy preguntando con quién.

—¡Con una persona que me estaba ayudando con unos asuntos personales! ¡No tengo que contarte cada conversación que tengo!

Mi padre sacó su teléfono del bolsillo.

—Mañana llamaré a mi abogado. Revisaremos las cuentas, la propiedad y cualquier documento que lleve mi firma.

Patricia dio un paso hacia él.

—No vas a hacer eso.

—Claro que sí.

—¡Si involucras a un abogado, vas a destruir este matrimonio!

Mi padre la miró con una tristeza que nunca le había visto.

—No necesito destruir un matrimonio que tú misma estás poniendo en peligro.

Patricia se llevó una mano al pecho.

—¿Después de todo lo que he hecho por ti? ¿Después de cuidarte cuando estuviste enfermo? ¿Así me pagas?

Por un momento, mi padre pareció vacilar.

Era la misma expresión que había tenido tantas veces durante los últimos años: la culpa de un hombre que confundía la paz con el silencio.

Pero esta vez no retrocedió.

—Cuidarme no te da derecho a controlar a mis hijos ni a tocar el dinero que les pertenece.

Patricia miró hacia la casa.

Luego volvió a mirarnos.

—Muy bien. Quieres revisar los documentos, hazlo. Pero cuando descubras quién ha estado mintiendo, no esperes que yo siga aquí para ayudarte.

Se dio la vuelta y entró.

Escuchamos sus pasos subir las escaleras.

Mi padre permaneció en el patio, mirando el teléfono que sostenía entre las manos.

—Papá —dije—, ¿qué es ese fideicomiso?

No respondió inmediatamente.

Finalmente, guardó el teléfono.

—Hace diez años, después de que murió su mamá, establecí algo para proteger el futuro de ustedes dos. La casa, ciertos ahorros y una propiedad que heredé de mis padres quedaron sujetos a condiciones específicas.

—¿Qué condiciones? —preguntó Sofía.

Mi padre miró hacia las ventanas del segundo piso.

—Que nadie pudiera vender ni transferir esos bienes sin cumplir ciertos requisitos legales.

Sentí un escalofrío.

—¿Y Patricia sabía eso?

—Sí. Pero nunca le di autoridad para modificarlo.

Entonces mi padre recordó algo.

Me pidió que lo acompañara a la oficina y abrió un cajón que casi nunca utilizaba. Sacó una carpeta delgada, revisó varias páginas y se detuvo en una hoja firmada por un abogado.

Su rostro perdió el color.

—Esto no puede ser.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Me entregó el documento.

Era una copia de una solicitud para modificar el fideicomiso. En la última página aparecía la firma de mi padre.

Pero había algo extraño.

La fecha era de hacía apenas dos meses, cuando él había estado hospitalizado por su problema de presión arterial.

Y debajo de su firma aparecía el nombre de un testigo.

*Daniel Vega.*

Mi tío Daniel.

El hermano de mi madre.

El hombre que llevaba años sin poner un pie en nuestra casa.

Mi padre cerró los ojos.

—Ahora entiendo por qué Patricia insistió tanto en que lo invitáramos a cenar el mes pasado.

Lo miré, confundido.

—¿Qué tiene que ver el tío Daniel con todo esto?

Mi padre tomó el documento de mis manos.

—Eso es precisamente lo que voy a averiguar.

Pero antes de que pudiera guardar la carpeta, su teléfono vibró.

Había llegado un mensaje de un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

En ella aparecían Patricia y mi tío Daniel, sentados juntos en un restaurante, tomados de la mano.

La fecha de la fotografía era de tres días antes de la hospitalización de mi padre.

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Debajo había una frase:

*«Si quieres saber quién está intentando quitarte tu casa, pregúntale a tu esposa qué prometió a cambio de casarse contigo».*

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