Chapter 8: El hombre que conocía el secreto de nuestra madre
Mi padre no durmió aquella noche.
Se quedó sentado en la sala, con la carpeta de nuestra madre sobre las rodillas y una taza de café que se enfrió sin que llegara a probarla.
Sofía y yo permanecimos cerca de él.
No porque creyéramos que Patricia fuera a intentar algo durante la madrugada, sino porque después de tantos años de sentirnos solos en aquella casa, ninguno de nosotros quería volver a quedarse sin respuestas.
A las seis y media de la mañana, mi padre recibió una llamada del licenciado Herrera.
—Señor Vega, necesito que venga acompañado —dijo el abogado—. Traiga todos los documentos que encontró.
—¿Puede explicarme qué está pasando?
—Prefiero hacerlo personalmente. Hay cosas que no puedo discutir por teléfono.
Mi padre miró hacia las escaleras.
—¿Tiene que ver con mi esposa?
—Tiene que ver con su esposa actual, con su esposa fallecida y con una operación financiera que fue detenida hace cinco años.
Mi padre apretó los labios.
—¿Qué operación?
—Una transferencia de derechos sobre la propiedad de Arizona. Su esposa María consiguió impedirla antes de que se completara.
Mi padre se quedó inmóvil.
—¿Está diciendo que Patricia intentó quedarse con mi propiedad antes de que nos casáramos?
—Estoy diciendo que necesito mostrarle los documentos antes de sacar conclusiones.
Cuando colgó, mi padre se levantó y fue a buscar sus llaves.
—Vamos a San Antonio.
Sofía quiso acompañarnos, pero él le pidió que se quedara en casa y descansara antes de su examen. Mi hermana se negó.
—Papá, esa caja también es parte de mi historia. No voy a quedarme aquí esperando mientras ustedes descubren lo que mamá intentó decirnos.
Mi padre la observó durante unos segundos.
Finalmente, asintió.
—Está bien. Pero no quiero que te sientas obligada a escuchar nada que te haga daño.
—Ya he pasado demasiado tiempo sin saber la verdad.
Salimos de la casa poco después de las siete.
Patricia no apareció para despedirnos.
Sin embargo, cuando mi padre encendió la camioneta, recibió un mensaje de ella.
«Si sales de esa casa con esos documentos, no esperes encontrarme cuando regreses».
Mi padre leyó el mensaje dos veces.
Después guardó el teléfono.
—Durante años pensé que mantener la paz significaba evitar las discusiones —dijo mientras conducía—. Ahora entiendo que solamente estaba permitiendo que los problemas crecieran.
Ninguno de nosotros respondió.
La oficina del licenciado Herrera estaba en un edificio antiguo de ladrillo rojo, cerca del centro de San Antonio. En la recepción nos esperaba un hombre de unos sesenta años, con cabello gris y gafas de montura oscura.
Cuando vio a mi padre, se levantó inmediatamente.
—Roberto.
Se estrecharon la mano.
El abogado miró a Sofía y luego a mí.
—Ustedes son Daniel y Sofía, ¿verdad?
Asentimos.
—Su madre hablaba de ustedes constantemente.
Nos condujo a una sala de reuniones y cerró la puerta.
Sobre la mesa había varias carpetas, fotografías y copias certificadas de documentos legales.
El licenciado Herrera tomó asiento.
—Voy a empezar por algo que quizá les resulte difícil de aceptar. María descubrió que Patricia y Daniel Vega estaban trabajando juntos mucho antes de que Patricia se casara con usted.
Mi padre frunció el ceño.
—¿En qué estaban trabajando?
—Intentaban conseguir acceso a determinados bienes familiares. Al principio, utilizaron una empresa intermediaria para presentar una reclamación sobre la propiedad de Arizona. La reclamación no prosperó porque el testamento de sus padres era claro.
—Entonces, ¿por qué Patricia se acercó a mí?
El abogado abrió una carpeta.
—Eso fue lo que María intentó averiguar. Encontró mensajes entre Patricia y Daniel que sugerían que ella quería acercarse a usted para conocer mejor sus finanzas y la estructura del fideicomiso.
Sofía se llevó una mano a la boca.
—¿Mamá sabía que Patricia estaba intentando acercarse a papá?
—Sí —respondió el abogado—. Pero no tenía pruebas suficientes para acusarla de un delito. Lo que sí pudo demostrar fue que alguien había intentado obtener información financiera utilizando documentos que no contaban con la autorización correspondiente.
Mi padre se inclinó hacia delante.
—¿Y por qué María no me lo dijo?
El abogado bajó la mirada.
—Porque su esposa recibió amenazas.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué clase de amenazas? —pregunté.
El abogado abrió un sobre y sacó varias cartas.
Una de ellas contenía una copia de un mensaje escrito a mano.
«Si le cuentas a Roberto lo que sabes, tus hijos pagarán las consecuencias».
Sofía empezó a llorar.
Mi padre tomó la carta con una delicadeza que me rompió el corazón.
—Ella estaba protegiéndonos.
—Hizo todo lo que pudo —respondió Herrera—. Pero cuando su salud empeoró, decidió dejar instrucciones para que ustedes pudieran recuperar los documentos si algún día era necesario.
El abogado colocó sobre la mesa la memoria USB que habíamos encontrado en la caja.
—¿Ya revisaron esto?
Negamos con la cabeza.
—Aquí hay copias de los mensajes que María consiguió guardar. También hay una grabación de una conversación entre Patricia y Daniel.
Mi padre miró la memoria.
—¿Qué dicen?
—No la he reproducido desde que María me la entregó. Ella me pidió que esperara hasta que usted estuviera presente.
El abogado conectó la memoria a su computadora y abrió un archivo de audio.
Al principio solo se escucharon ruidos de fondo y el sonido de una puerta cerrándose.
Después apareció la voz de Patricia.
«No voy a esperar otros cinco años. Cuando Roberto firme la modificación, podremos usar la propiedad para cubrir la deuda».
La voz de Daniel respondió:
«¿Y los muchachos? Si se enteran, van a cuestionar todo».
Patricia soltó una risa.
«Los muchachos no saben nada. Roberto siempre termina creyendo lo que le digo».
Mi padre cerró los ojos.
La grabación continuó.
«¿Y si no firma?», preguntó Daniel.
Patricia respondió sin vacilar:
«Entonces tendremos que hacer que parezca que él ya lo hizo».
El audio terminó.
Nadie habló durante varios segundos.
Mi padre se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—¿Esto demuestra que falsificaron mi firma?
—No por sí solo —explicó el abogado—. Pero, junto con los documentos bancarios y la solicitud de modificación, constituye una evidencia importante que debemos entregar a las autoridades y a los especialistas correspondientes.
Sofía se limpió las mejillas.
—¿Y qué tiene que ver la muerte de mamá con todo esto?
El licenciado Herrera guardó silencio.
Luego sacó una última carpeta.
—María descubrió algo más antes de morir. Algo que nunca llegó a contarle a su esposo porque estaba esperando una confirmación.
Mi padre levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
El abogado abrió la carpeta y colocó un documento sobre la mesa.
Era una copia de un registro empresarial.
El nombre de la compañía aparecía en letras mayúsculas: VEGA HOLDINGS LLC.
Debajo figuraban dos socios originales.
Roberto Vega.
Y un segundo nombre que ninguno de nosotros esperaba encontrar.
*Patricia Morales.*
Mi padre se quedó mirando el documento.
—Esto es imposible. Yo nunca tuve una empresa con Patricia.
—No con la Patricia que usted conoce —respondió Herrera—. Esta compañía fue registrada varios años antes de que ustedes se conocieran oficialmente.
Sofía negó con la cabeza.
—Pero Patricia tiene otro apellido. Ella siempre nos dijo que se llamaba Patricia Morales.
El abogado asintió.
—Ese es precisamente el problema. La mujer que se presentó ante usted como Patricia Morales aparece vinculada a una operación empresarial que utilizó información de su familia sin autorización.
Mi padre se puso de pie.
—¿Me está diciendo que mi esposa usó una identidad falsa?
—No puedo afirmarlo todavía. Pero hay suficientes inconsistencias como para solicitar una investigación formal.
Entonces el abogado señaló una fecha en el documento.
Era de ocho años atrás.
Un año antes de que nuestra madre muriera.
Mi padre miró la fecha y después la fotografía que acompañaba el registro.
En ella aparecía una mujer más joven, con el cabello oscuro y una sonrisa idéntica a la de Patricia.
Pero no estaba sola.
A su lado había un hombre que reconocí inmediatamente.
Mi tío Daniel.
Y entre ellos, sosteniendo una carpeta de documentos, aparecía nuestra madre.
María Vega.
La mujer que supuestamente nunca había conocido a Patricia hasta aquella reunión familiar.
Mi padre se desplomó en la silla.
—¿Qué estaba haciendo mi esposa con ellos antes de que Patricia entrara en mi vida?
El licenciado Herrera respiró profundamente.
—Eso es lo que María intentaba descubrir cuando empezó a enfermarse.
Antes de que pudiera continuar, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Sofía, aunque ella estaba sentada a mi lado.
Confundido, miré su pantalla.
El mensaje no venía de mi hermana.
Venía de Patricia.
«Vuelvan a casa inmediatamente. Daniel está aquí y trae documentos que demuestran que Roberto no es el único heredero de esa propiedad».
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Debajo había una segunda línea.
«Y si tu padre no quiere perderlo todo, será mejor que escuche lo que su hermano tiene que decir».