Chapter 4: La llave que Patricia nunca debió encontrar
El silencio que siguió a las palabras de mi padre fue tan pesado que pude escuchar el zumbido de una mosca cerca de la puerta corrediza.
Patricia seguía mirando a mi padre como si acabara de hablarle en un idioma desconocido.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó ella, con una risa nerviosa que no llegó a convertirse en una sonrisa—. ¿Que ya no puedo decidir quién se queda en esta casa?
Mi padre, Roberto, permaneció inmóvil.
—Exactamente eso, Patricia. Esta casa es mía, y mis hijos no van a volver a ser tratados como intrusos bajo mi propio techo.
Yo nunca había visto a mi padre hablarle así.
Durante los últimos seis años, Patricia había conseguido que cada discusión terminara de la misma manera: mi padre se quedaba callado, ella se encerraba en la recámara y nosotros terminábamos pidiendo disculpas por cosas que ni siquiera habíamos hecho.
Pero aquel día algo había cambiado.
Sofía se secó las mejillas con la manga de su blusa verde. Intentó acercarse a mí, aunque Patricia giró inmediatamente hacia ella.
—Y tú, deja de llorar como si alguien te hubiera golpeado —espetó—. Siempre haces lo mismo cuando quieres que tu papá se ponga de tu lado.
—¡Ya basta! —grité.
—¡No me levantes la voz! —respondió Patricia, apuntándome con el dedo—. ¡Todavía no he terminado contigo!
Mi padre dio un paso al frente.
—Tú sí. Esta conversación termina ahora.
Patricia abrió la boca, pero no encontró una respuesta inmediata. Se dio la vuelta y entró a la casa, cerrando la puerta de cristal con tanta fuerza que los vasos de la cocina vibraron dentro del gabinete.
Sofía se dejó caer en una silla del patio.
—¿Crees que ahora sí va a cambiar? —me preguntó en voz baja.
Miré a mi padre. Él estaba observando la puerta por la que Patricia había desaparecido.
—No lo sé, Sofi.
Mi padre se acercó y se agachó frente a ella.
—Perdóname, hija. Debí haber intervenido hace mucho tiempo.
Sofía comenzó a llorar otra vez, pero esta vez no intentó esconderlo.
—Papá, hay algo que no te hemos contado.
Mi padre levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Ella me miró antes de responder. Yo sabía exactamente de qué estaba hablando, y sentí que el estómago se me hacía un nudo.
—No empezó hoy —dije—. Patricia lleva meses haciendo cosas que no queríamos contarte porque cada vez que intentábamos hablar contigo, ella decía que te íbamos a provocar otro problema de salud.
Mi padre palideció ligeramente.
El año anterior había sufrido una crisis de presión arterial que lo obligó a pasar dos noches en el hospital. Desde entonces, Patricia utilizaba cualquier preocupación médica para convencernos de que debíamos mantenerlo tranquilo.
—¿Qué cosas? —preguntó él.
Sofía metió la mano en el bolsillo de sus pantalones de mezclilla y sacó un sobre blanco arrugado.
—Esto llegó hace tres semanas.
Mi padre lo tomó.
Dentro había una notificación del banco sobre un retiro de cuatro mil ochocientos dólares de la cuenta de ahorros que él había abierto para nosotros cuando murió nuestra madre.
Reconocí el número de cuenta inmediatamente.
Era dinero destinado a nuestros estudios y a cualquier emergencia importante.
—¿Por qué retiraste este dinero? —preguntó mi padre, mirando a Sofía.
—Yo no lo retiré —contestó ella—. Fui al banco cuando me avisaron que la cuenta estaba casi vacía. Me dijeron que alguien había solicitado acceso autorizado.
Mi padre examinó el documento.
Su expresión cambió al llegar a la última página.
Allí aparecía la firma de la persona que había solicitado el acceso.
Patricia.
—¿Ella tenía permiso para hacer esto? —preguntó mi padre.
—No que nosotros supiéramos —respondí—. Pero cuando le pregunté, me dijo que tú habías autorizado todo.
Mi padre se puso de pie lentamente.
—Voy a hablar con ella.
—Papá, espera —le dije—. Hay algo más.
Saqué mi teléfono y le mostré una fotografía que había tomado semanas atrás. Era una imagen de varios documentos que encontré por accidente sobre la mesa del comedor. En aquel momento no entendí su importancia.
Ahora sí.
En la fotografía aparecía una solicitud bancaria con el nombre de mi padre, junto con una cantidad escrita a mano: treinta y cinco mil dólares.
Y al lado, con tinta azul, estaban las iniciales de Patricia.
Mi padre miró la pantalla durante varios segundos.
—¿De dónde sacaste esto?
—De la mesa del comedor. Patricia me dijo que eran papeles del seguro y que no tenía por qué revisarlos.
Mi padre apretó la mandíbula.
—No recuerdo haber firmado ninguna solicitud por esa cantidad.
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos dentro de la casa.
Patricia apareció en la puerta con una taza de café en la mano. Su rostro había recuperado parte de su arrogancia habitual.
—¿Qué están haciendo? —preguntó al ver el documento en manos de mi padre.
Él levantó la notificación bancaria.
—Quiero que me expliques por qué retiraste dinero de la cuenta de mis hijos.
La taza se detuvo a medio camino de sus labios.
Durante una fracción de segundo, su mirada se dirigió hacia Sofía.
Después sonrió.
—Roberto, cariño, no hagamos un drama por una transferencia. Ese dinero se utilizó para gastos de la casa.
—¿Qué gastos?
—Los que tú mismo aprobaste.
—Entonces no te molestará mostrarme los comprobantes.
Patricia dejó la taza sobre una mesita.
—No tengo que justificar cada movimiento que hago. Soy tu esposa.
Mi padre levantó la fotografía de la solicitud por treinta y cinco mil dólares.
—¿Y también eres mi esposa cuando firmas documentos que yo nunca he autorizado?
La sonrisa desapareció de su rostro.
Por primera vez desde que la conocíamos, Patricia parecía verdaderamente asustada.
Pero no por mucho tiempo.
Miró el teléfono, luego a mi padre y finalmente a mí.
—Está bien —murmuró—. Si quieren saber la verdad, se las voy a contar.
Hizo una pausa.
—Pero antes tendrás que preguntarle a tu hijo qué estaba haciendo realmente en mi oficina la noche en que desaparecieron los documentos originales.
Sentí que la sangre se me helaba.
Porque yo sabía exactamente a qué noche se refería.
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Y también sabía que Patricia no podía haberme visto entrar allí.
A menos que alguien hubiera estado observándome.
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