Chapter 6: El secreto de la mujer que juró amar a mi padre
Mi padre observó la fotografía durante tanto tiempo que pensé que no volvería a levantar la mirada.
La luz de la pantalla iluminaba su rostro. Tenía los labios apretados y los dedos rígidos alrededor del teléfono.
Yo conocía a mi padre. Sabía cuándo estaba enojado, cuándo estaba decepcionado y cuándo intentaba ocultar que algo le dolía.
Aquella vez era diferente.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que los últimos seis años de su vida podían haber sido construidos sobre una mentira.
—¿Quién te mandó eso? —pregunté.
—No lo sé.
—Podría ser alguien intentando separarlos.
Mi padre amplió la fotografía con dos dedos.
—Mira la fecha.
Ya la había visto.
Tres días antes de su hospitalización.
Recordé aquella semana. Patricia había insistido en acompañarlo a todas sus citas médicas. También había empezado a responder algunas de sus llamadas, diciendo que él necesitaba descansar.
En aquel momento, nos pareció una muestra de preocupación.
Ahora, cada recuerdo tenía un significado diferente.
—Tenemos que hablar con el tío Daniel —dije.
Mi padre asintió.
—Mañana por la mañana.
—¿Y Patricia?
Él miró hacia las escaleras.
—Primero quiero escuchar lo que tiene que decirme.
Subimos juntos a la casa. Sofía se quedó en la cocina, preparando café, mientras mi padre caminaba hacia la recámara.
La puerta estaba cerrada.
Él tocó dos veces.
—Patricia, necesitamos hablar.
No hubo respuesta.
Volvió a tocar.
—Sé que estás ahí.
La puerta se abrió unos centímetros.
Patricia apareció con el cabello recogido y una expresión de cansancio cuidadosamente preparada.
—Si vienes a seguir acusándome, no tengo nada más que decir.
Mi padre levantó el teléfono y le mostró la fotografía.
Por primera vez en toda la tarde, ella perdió por completo la compostura.
Sus ojos se abrieron.
Luego miró hacia el pasillo, como si buscara una salida.
—¿Quién te mandó eso? —preguntó.
—Eso es lo que quiero saber. Y también quiero saber por qué estabas con Daniel.
Patricia tragó saliva.
—Es una fotografía vieja.
—Tiene fecha de hace dos meses.
—Daniel y yo teníamos asuntos que resolver.
—¿Qué asuntos?
Ella intentó cerrar la puerta, pero mi padre puso una mano en el marco.
—No vuelvas a hacer eso. No voy a discutir contigo a través de una puerta.
Patricia se apartó lentamente.
Entramos en la recámara.
Todo estaba impecable: las almohadas perfectamente acomodadas, los zapatos alineados junto al armario y el perfume de Patricia flotando en el aire.
Parecía imposible que aquella habitación perteneciera a una mujer capaz de convertir nuestra casa en un lugar donde mis hermanos y yo caminábamos con cuidado para no provocar otra discusión.
—Daniel me buscó —dijo ella finalmente—. Quería hablar de asuntos relacionados con tu familia.
—¿Qué asuntos?
—La propiedad de tus padres.
Mi padre se quedó inmóvil.
La casa donde vivíamos no era la única propiedad que había heredado. También poseía una pequeña casa de alquiler en Arizona, comprada por sus padres décadas atrás.
—¿Qué tiene que ver Daniel con esa propiedad?
Patricia se cruzó de brazos.
—Él cree que tienes una deuda pendiente con la familia de tu madre.
—¿Una deuda? ¿De qué estás hablando?
—No lo sé todo, Roberto. Daniel me dijo que había documentos que demostraban que parte de esa propiedad debía pertenecerle.
Mi padre soltó una risa incrédula.
—Mi madre dejó esa casa a mi nombre. Hay un testamento registrado. Daniel no tiene ningún derecho sobre ella.
—Eso fue lo que tú me dijiste.
—¿Y por qué le creíste a él?
Patricia no contestó.
Mi padre sacó la copia del fideicomiso y la puso sobre la cómoda.
—¿Reconoces este documento?
Ella lo miró apenas un segundo.
Fue suficiente.
—Lo vi una vez.
—¿Dónde?
—En tu oficina.
—¿Cuándo?
Patricia se pasó una mano por la frente.
—Hace unos meses.
—¿Y por qué aparece una solicitud de modificación con mi firma durante mi hospitalización?
—Yo no preparé esa solicitud.
—No te pregunté quién la preparó. Te pregunté por qué existe.
Patricia comenzó a caminar de un lado a otro.
—¡Porque Daniel dijo que podía ayudarnos! ¡Dijo que había una manera de resolver las cosas sin tener que pasar por un proceso legal interminable!
—¿Resolver qué cosas?
Ella se detuvo.
—Las deudas.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Qué deudas?
El silencio de Patricia fue más revelador que cualquier confesión.
—Patricia —dijo él con una voz que apenas reconocí—. ¿Debes dinero?
Ella comenzó a llorar.
No eran las lágrimas de Sofía, que habían brotado después de meses de sentirse humillada. Eran lágrimas rápidas, desesperadas, acompañadas de una respiración entrecortada.
—No entiendes lo que pasó.
—Entonces explícame.
Patricia se sentó al borde de la cama.
—Antes de conocerte, invertí dinero en un negocio con una amiga. El negocio fracasó. Pedí préstamos para mantenerlo a flote y terminé debiendo mucho más de lo que podía pagar.
Mi padre permaneció de pie.
—¿Cuánto?
Ella se cubrió la cara.
—Casi noventa mil dólares.
Me quedé helado.
Nunca habíamos sabido que Patricia tenía problemas económicos. Desde que se casó con mi padre, vivía en una casa cómoda, conducía un automóvil nuevo y compraba ropa costosa.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó mi padre.
—Tenía miedo de perderte.
—¿Y por eso decidiste involucrar a Daniel?
—Él me dijo que podía arreglarlo. Que si conseguíamos modificar algunos documentos, podríamos usar la propiedad de Arizona como garantía y conseguir un préstamo.
—¿Conseguíamos? —repitió mi padre—. ¿O conseguías tú?
Patricia levantó la cabeza.
—¡Estábamos casados! ¡Lo que era tuyo también era mío!
—Eso no te autorizaba a falsificar mi firma.
—¡Yo no falsifiqué nada!
La negación salió demasiado rápido.
Mi padre la observó sin parpadear.
—Entonces, ¿quién lo hizo?
Patricia se quedó callada.
En ese instante, su teléfono vibró sobre la cómoda.
La pantalla se iluminó con un mensaje nuevo.
No pude evitar leerlo.
*Daniel: «¿Ya conseguiste que Roberto firme? Necesito los documentos antes del viernes. Si no, estamos acabados».*
Mi padre también lo vio.
Patricia tomó el teléfono de inmediato, pero ya era demasiado tarde.
—Dame eso —ordenó él.
—No.
—Patricia, dame el teléfono.
—¡Es privado!
Mi padre retrocedió un paso.
—Está bien. No voy a quitártelo. Pero mañana mi abogado revisará todo, y si alguien ha falsificado documentos, tendrá que responder por ello.
Patricia se levantó de golpe.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Yo te he cuidado durante años! ¡He estado contigo cuando tus hijos apenas se preocupaban por ti!
—¡Nosotros nunca dejamos de preocuparnos por él! —grité desde la puerta.
No me había dado cuenta de que Sofía había subido detrás de mí.
Patricia giró hacia nosotros.
—¡Ustedes no saben nada!
—Sabemos que nos has tratado como si no perteneciéramos a esta familia —respondió Sofía, con la voz temblorosa—. Sabemos que nos hiciste sentir culpables por querer hablar con nuestro propio padre. Y ahora sabemos que estabas usando su dinero para resolver problemas que nunca le contaste.
Patricia abrió la boca, pero Sofía no le permitió interrumpirla.
—Mi mamá nunca habría hecho eso.
Aquellas palabras cayeron sobre la habitación como un golpe.
Mi padre bajó la mirada.
Patricia, en cambio, se quedó completamente rígida.
—No vuelvas a compararme con esa mujer —susurró.
—No la estoy comparando contigo —respondió Sofía—. Estoy recordando lo que significa ser una madre.
Patricia dio un paso hacia ella.
Mi padre se interpuso inmediatamente.
—No vuelvas a acercarte a mi hija para intimidarla.
Por primera vez, Patricia no discutió.
Se quedó mirando a mi padre, con una expresión que mezclaba furia y miedo.
Finalmente, señaló la puerta.
—Si vas a ponerte de su lado, entonces tendrás que escuchar toda la verdad.
Mi padre no se movió.
—Te estoy escuchando.
Patricia respiró hondo.
—Daniel no fue el único que me ayudó con esos documentos.
Sentí que Sofía me apretaba el brazo.
Mi padre palideció.
—¿Quién más?
Patricia miró directamente hacia mí.
—Tu hijo estuvo allí aquella noche, Roberto. Y antes de que desaparecieran los documentos, alguien le abrió la caja fuerte.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—Eso es mentira —dije.
Pero Patricia ya no me miraba a mí.
Miraba a Sofía.
—Pregúntale a tu hija por qué tiene la llave de la oficina.
Sofía dejó de respirar.
Mi padre se volvió lentamente hacia ella.
—¿Sofía? ¿Qué está diciendo?
Mi hermana retrocedió un paso, con los ojos llenos de lágrimas.
—Papá, yo puedo explicarlo.
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Y entonces metió la mano en el bolsillo de sus pantalones.
Cuando sacó la pequeña llave de metal, comprendí que nuestra pesadilla apenas estaba comenzando.