Chapter 7: La firma que podía destruirlo todo
Alicia leyó el nombre una segunda vez.
Después, una tercera.
*Daniel Vargas.*
Su hermano menor. El hombre que dirigía las operaciones financieras de la cadena y que había insistido durante meses en que la expansión dependía de cerrar un acuerdo con la familia de Graciela.
Alicia sintió que el automóvil se quedaba sin aire.
—No puede ser —susurró.
Mateo se inclinó para ver la pantalla.
—¿Quién es Daniel Vargas?
Alicia apagó el teléfono.
—Mi hermano.
Mateo guardó silencio.
—¿Tu hermano autorizó el despido de Elena?
—Autorizó iniciar el proceso. Y lo hizo antes de que terminara la investigación.
—¿Sabía que la grabación demostraba que ella no había golpeado al niño?
Alicia no respondió inmediatamente.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Daniel.
Alicia contestó y activó el altavoz.
—¿Qué hiciste? —preguntó sin saludar.
Al otro lado se escuchó una exhalación impaciente.
—Buenas tardes para ti también, hermana.
—No juegues conmigo. Acabo de recibir una solicitud para despedir a Elena Ruiz con tu autorización.
—Es una medida administrativa temporal.
—¿Temporal? El documento establece que su contrato terminaría mañana.
Daniel guardó silencio unos segundos.
—La empresa está bajo presión, Alicia. La publicación de Graciela está perjudicando nuestra reputación y el acuerdo con los Vargas está en peligro.
—La publicación de Graciela es falsa. Tenemos dos grabaciones que lo demuestran.
—Tenemos una empleada que fue acusada de agredir a un niño.
—Tenemos una empleada que evitó que un niño se golpeara y después fue agredida por su madre.
—No puedes saber lo que pasó por un video.
Alicia cerró los ojos.
—Acabo de ver el video completo.
—Entonces sabes que la situación es delicada.
—Lo delicado es que estés intentando despedir a una mujer embarazada para satisfacer a una clienta que atacó a uno de nuestros empleados.
Daniel bajó la voz.
—No entiendes lo que está en juego.
—Explícamelo.
—La familia de Graciela ha prometido invertir millones en la expansión. Si se retiran, tendremos que congelar las aperturas previstas para el próximo año. Habrá contratos que no podremos cumplir y puestos de trabajo que estarán en riesgo.
Mateo miró a Alicia. Aquella era la misma amenaza que Ricardo había utilizado, solo que ahora procedía de alguien con poder real dentro de la empresa.
—¿Y por eso debemos sacrificar a Elena? —preguntó Alicia—. ¿Qué clase de negocio estamos construyendo?
—Uno que necesita sobrevivir.
—No a costa de mentir.
Daniel soltó un suspiro.
—Escúchame. Firma la terminación del contrato, emite una declaración diciendo que la empresa tomó medidas y deja que el asunto pierda fuerza. Nadie necesita conocer los detalles internos.
Alicia apretó el volante.
—No voy a firmar nada.
—Entonces no esperes que yo arregle las consecuencias.
Daniel colgó.
Mateo permaneció inmóvil.
—Alicia, si tu hermano está involucrado, necesitamos conservar todas las pruebas. No basta con que te niegues a firmar.
—Lo sé.
—Y Elena debe saber que existe una amenaza concreta contra su empleo.
Alicia asintió, aunque le costaba encontrar las palabras.
Cuando llegaron al departamento de Elena, la joven bajó del automóvil despacio. El edificio era pequeño, con una escalera estrecha y macetas en los descansillos. Desde la calle se escuchaba a un vecino arreglando una motocicleta.
Elena se detuvo frente a la puerta de su apartamento.
—Gracias por traerme —dijo—. No sé cómo voy a devolverles todo esto.
—No tienes que devolvernos nada —respondió Mateo.
Elena miró a Alicia.
—¿Ya decidieron si voy a perder mi trabajo?
Alicia sintió vergüenza.
Era la propietaria de la cadena. Había construido su empresa hablando de respeto y oportunidades. Sin embargo, no podía garantizarle a una empleada inocente que conservaría su puesto.
—Hay personas dentro de la empresa intentando terminar tu contrato —admitió—. Pero no voy a permitir que lo hagan sin una investigación justa.
Elena palideció.
—Entonces sí puedo perderlo.
—Estoy haciendo todo lo posible para evitarlo.
—Con respeto, señora Alicia, eso mismo me dijo Mateo cuando Graciela exigió que me despidieran.
Mateo bajó la mirada.
Elena continuó, con la voz quebrada:
—No quiero que me prometan cosas que no pueden cumplir. Solo quiero saber si mañana podré comprar comida y pagar el alquiler.
Alicia no tuvo una respuesta que pudiera ofrecerle sin mentir.
Elena abrió la puerta y entró en su apartamento.
Antes de cerrarla, miró a Mateo.
—Gracias por creerme. De verdad. Pero necesito descansar.
La puerta se cerró suavemente.
Alicia se quedó mirando la madera unos segundos.
—Tiene razón —dijo.
—Sí —respondió Mateo—. Necesita algo más que palabras.
Aquella noche, Alicia reunió los correos, las grabaciones y los mensajes de Ricardo. Solicitó que el departamento legal preservara los registros relacionados con la decisión de despedir a Elena. También pidió una revisión independiente del proceso.
A las diez y cuarenta y tres, recibió un correo de Daniel.
El asunto decía: *«Última oportunidad para evitar una crisis».*
El mensaje contenía una copia del acuerdo de inversión con la familia de Graciela. Una cláusula establecía que ciertas controversias públicas podían activar una revisión de las condiciones comerciales.
Pero al final había un anexo que Alicia nunca había visto.
Se titulaba Acuerdo de representación y gestión de relaciones comerciales.
En él aparecía el nombre de Graciela como intermediaria autorizada para negociar condiciones con la empresa.
Alicia frunció el ceño.
¿Por qué su hermano había firmado un acuerdo de representación con la misma mujer que ahora amenazaba con retirar la inversión?
Abrió el documento completo.
En la última página encontró una cifra que la hizo incorporarse de golpe.
Graciela había recibido pagos por gestionar la inversión, pero también existían transferencias mensuales a una empresa de consultoría vinculada a Ricardo.
Alicia tomó una captura de pantalla y llamó a su abogada.
—Necesito que revises esto inmediatamente —dijo—. No es solo el despido de Elena. Creo que alguien está utilizando el acuerdo comercial para presionar decisiones internas.
Mientras esperaba respuesta, llegó otro mensaje.
Esta vez no era de Daniel.
Era de un número desconocido.
*«Si mañana defiendes públicamente a Elena, descubrirás quién pagó realmente por mantener a tu empresa a flote».*
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Alicia miró la pantalla.
Y comprendió que, al intentar proteger a una empleada, había tropezado con un secreto que alguien llevaba meses intentando mantener oculto.