Chapter 2: El precio de defender a una empleada
—No voy a despedir a Elena para que usted se sienta satisfecha —dijo Mateo.
Graciela parpadeó, como si acabara de escuchar una frase en otro idioma.
—¿Qué acabas de decir?
—Que no voy a despedirla por algo que usted asegura que ocurrió, pero que todavía no hemos investigado.
La sonrisa de Graciela desapareció.
—¡Mi hijo tiene cinco años! ¿Crees que inventaría algo así?
Mateo no miró al niño. Miró a la mujer que había empujado a una empleada embarazada hasta el suelo y la había sujetado del cabello frente a toda la tienda.
—No estoy diciendo que su hijo mienta. Estoy diciendo que hay una diferencia entre escuchar una acusación y comprobarla.
Graciela soltó una carcajada seca.
—¡Qué conveniente! Aquí todo el mundo protege a sus empleados, pero cuando llega alguien que realmente compra algo, se olvidan de quién mantiene abierto este lugar.
Una señora que examinaba una blusa dejó la prenda sobre la mesa.
—Yo vi lo que pasó —intervino.
Graciela se volvió hacia ella.
—Nadie le preguntó.
La clienta retrocedió, incómoda, pero no guardó silencio.
—Vi al niño resbalar. La muchacha lo sostuvo para que no se cayera.
—¿Y usted quién es? —espetó Graciela—. ¿Su abogada?
Mateo levantó una mano para evitar que la discusión continuara.
—Señora, necesito que dé un paso atrás y deje de gritar. Voy a pedir que revisemos las cámaras de seguridad.
Al oír aquella palabra, Graciela se quedó inmóvil.
Solo fue un instante.
Pero Mateo lo notó.
—¿Las cámaras? —repitió ella—. ¿Para qué? ¿Ahora van a montar un juicio porque un niño tuvo un accidente?
—Las cámaras nos ayudarán a establecer qué ocurrió.
—¡El video no va a cambiar lo que mi hijo me contó!
—Entonces no debería preocuparle que lo revisemos.
Elena apretó los labios para contener otro sollozo.
No quería que aquello se convirtiera en un espectáculo. Cada segundo que pasaba le recordaba que seguía en el trabajo, con el uniforme puesto, mientras una desconocida decidía cuánto valía su dignidad.
Mateo se volvió hacia ella.
—Elena, ¿te sientes capaz de caminar hasta la oficina? Podemos sentarte mientras llega alguien que te acompañe.
—Sí —respondió ella—. Pero no quiero irme sin explicar lo que pasó.
—No tienes que justificarte ante nadie ahora mismo.
—Mateo, necesito que sepa que no le pegué al niño. Yo jamás haría algo así.
—Te creo lo suficiente para querer revisar las pruebas antes de tomar una decisión.
Aquellas palabras no resolvieron el miedo de Elena, pero le permitieron respirar un poco mejor.
Graciela, en cambio, parecía estar perdiendo el control de la situación.
—¡Esto es absurdo! Llevo meses comprando aquí. La encargada de la sucursal anterior me conoce. El dueño sabe perfectamente quién soy.
Mateo recogió la carpeta que había dejado caer.
—Puede comunicarse con quien considere necesario. Mientras tanto, voy a solicitar que se conserve la grabación.
La mujer sacó su celular de inmediato.
—Eso haré. Voy a llamar a la señora Alicia y le voy a explicar cómo trata su gerente a sus mejores clientes.
Mateo conocía el nombre.
Alicia Vargas era la propietaria de la cadena de boutiques y pocas veces intervenía en los problemas cotidianos de una sucursal. Graciela presumía de conocerla desde hacía años y de haber organizado compras privadas para varias personas de su círculo social.
Pero conocer a la propietaria no le daba derecho a agredir a nadie.
—Puede llamarla —respondió Mateo—. Yo también le informaré de lo sucedido.
Graciela marcó un número y activó el altavoz.
Mientras esperaba, Diego tiró de su manga.
—Mamá, quiero una galleta.
—Ahora no, mi amor.
—¡Pero quiero una!
—Te dije que ahora no.
Por primera vez, el niño pareció sorprendido de que su madre no atendiera inmediatamente su petición. Hizo un puchero y pateó suavemente una bolsa de compras vacía.
Elena lo observó en silencio.
No sentía odio hacia él. Era un niño pequeño, acostumbrado a que cada deseo se convirtiera en una orden para los demás. Lo que le dolía era que Graciela estuviera enseñándole que mentir podía ser una manera de obtener poder.
El teléfono respondió.
—¿Graciela? —se escuchó una voz femenina.
La clienta cambió de inmediato de tono.
—¡Alicia, querida! Gracias a Dios contestas. No te imaginas lo que acaba de pasarme en tu tienda.
Mateo permaneció quieto.
—Un empleado mío ha permitido que una mujer me falte al respeto y, cuando defendí a mi hijo, ¡me amenazó con llamar a seguridad!
La mentira salió con tanta rapidez que Elena sintió náuseas.
—Eso no fue lo que pasó —murmuró.
Graciela cubrió el teléfono con la mano.
—Tú cállate. Los adultos estamos hablando.
Mateo dio un paso adelante.
—No vuelva a hablarle así.
Desde el teléfono llegó una pausa.
—¿Mateo? —preguntó Alicia—. ¿Estás ahí?
—Sí, señora. Estoy aquí.
—Graciela me dice que hubo una agresión contra ella y su hijo. Necesito que me expliques qué está pasando.
Mateo miró el charco de jugo, el vaso abandonado sobre el mostrador y el mechón de cabello de Elena que todavía estaba desordenado.
—Una clienta derramó jugo en el piso. Su hijo resbaló cuando colocó el zapato en el líquido, y Elena lo sostuvo para evitar que se golpeara. Después, el niño dijo que ella le había pegado. La señora Graciela le creyó sin escuchar la explicación y atacó físicamente a mi empleada.
—¡Eso es una mentira! —gritó Graciela.
—Por eso pedí que revisáramos las cámaras —continuó Mateo—. No voy a despedir a nadie antes de comprobar qué ocurrió.
La voz de Alicia se volvió más seria.
—Quiero que conserves cualquier grabación y que nadie borre nada. ¿Entendido?
—Perfectamente.
Graciela apretó los dientes.
No había conseguido la respuesta que esperaba.
—Alicia, por favor. No quiero tener que cancelar una compra importante por culpa de una empleada que no sabe comportarse.
Elena bajó la mirada al escuchar la palabra cancelar.
Conocía esa amenaza. En la tienda, una devolución grande podía afectar las metas mensuales, y las metas influían en los bonos de los empleados.
Podía no ser despedida en ese instante y, aun así, terminar pagando las consecuencias.
Mateo pareció comprender lo mismo.
—Las compras no cambian las reglas de respeto dentro de esta tienda —dijo—. Y el comportamiento de un cliente tampoco justifica una agresión.
Alicia guardó silencio unos segundos.
—Mateo, no tomes decisiones definitivas hasta que yo llegue. Voy para allá.
La llamada terminó.
Graciela guardó el celular en su bolso y sonrió, aunque sus ojos seguían llenos de rabia.
—¿Ves? Ahora la dueña va a resolver esto.
—Espero que resuelva los hechos, señora —contestó Mateo.
Después se volvió hacia Elena.
—Vamos a sentarte. No quiero que sigas de pie.
—Puedo caminar —respondió ella.
Dio un paso y tuvo que detenerse para recuperar el equilibrio.
Mateo la sostuvo por el antebrazo sin presionarla.
—Despacio. No tienes que demostrarle nada a nadie.
Mientras la acompañaba hacia la oficina, Elena volvió la cabeza.
Graciela ya estaba hablando con Diego, acariciándole el pelo y diciéndole que todo iba a salir bien.
El niño no parecía preocupado. Se acomodaba los cordones de los zapatos como si la escena completa hubiera sido un juego.
Elena sintió un escalofrío.
No era la primera vez que había visto a una persona rica tratar mal a alguien que consideraba inferior. Pero nunca había imaginado que una mujer pudiera mirar un vientre de ocho meses y decidir que allí no había razón suficiente para detenerse.
En la pequeña oficina, Mateo le ofreció una silla y un vaso de agua.
—Voy a llamar a recursos humanos y a pedir que guarden las grabaciones de todas las cámaras —dijo—. También quiero que te revise un médico. No quiero correr ningún riesgo con la bebé.
Elena rodeó el vaso con las dos manos.
—¿Y si la señora consigue que me despidan?
Mateo se agachó un poco para mirarla de frente.
—No voy a permitir que una amenaza sustituya una investigación.
Ella quiso creerle.
Pero conocía demasiado bien lo fácil que era prometer justicia cuando la persona que la exigía no tenía nada que perder.
Entonces, desde el otro lado de la puerta, escucharon a Graciela alzar la voz.
—¡No voy a esperar! ¡Quiero ver ese video ahora mismo!
Mateo se incorporó.
Antes de salir, una notificación apareció en su teléfono. Era un mensaje de Alicia.
*«Hay algo más que debes saber sobre Graciela. No hables con ella a solas hasta que yo llegue».*
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Mateo leyó el mensaje dos veces.
Y por primera vez desde que había entrado en la tienda, pareció verdaderamente preocupado.