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Chapter 3: La grabación que nadie quería ver

Mateo guardó el teléfono en el bolsillo y miró a Elena.

—Necesito que te quedes aquí un momento. Voy a asegurarme de que nadie toque el sistema de seguridad.

Elena dejó el vaso sobre el escritorio.

—¿Por qué te escribió eso la señora Alicia? ¿Qué tiene que ver Graciela con todo esto?

Mateo dudó.

No quería asustarla más, especialmente cuando todavía no sabía si el dolor de espalda era consecuencia de la caída o de la tensión acumulada.

—No lo sé con certeza —contestó—. Alicia dijo que me lo explicaría cuando llegara.

—¿Crees que la señora tiene algún tipo de poder sobre la tienda?

—Creo que tiene contactos. Pero eso no significa que pueda decidir quién merece ser tratado con respeto.

Elena asintió lentamente.

—Ojalá todo el mundo pensara así.

Mateo salió de la oficina y cerró la puerta con suavidad.

En el pasillo encontró a Sofía, una joven vendedora que trabajaba con Elena desde hacía casi un año. Estaba junto a la computadora de la caja, pálida, con los dedos apretados alrededor de su teléfono.

—¿Estás bien? —le preguntó Mateo.

Sofía negó con la cabeza.

—Vi lo que hizo la señora Graciela. Todos lo vimos.

—¿Grabaste algo?

La joven miró hacia el salón de ventas antes de responder.

—No desde el principio. Empecé a grabar cuando se puso a gritarle a Elena. Tengo unos cuarenta segundos.

Mateo sintió una mezcla de alivio y preocupación.

—No publiques nada. Guárdalo y envíame una copia para preservar la evidencia. No quiero que se difunda la imagen de Diego ni que esto se convierta en una pelea en redes sociales.

—Claro. Pero, Mateo, hay algo más.

Sofía bajó la voz.

—La señora no estaba enojada cuando llegó. Antes de que Elena le atendiera, la escuché decirle a otra clienta que en esta tienda la gente hacía cualquier cosa por evitar que ella se molestara.

Mateo frunció el ceño.

—¿Escuchaste exactamente eso?

—Sí. Y cuando Diego derramó el jugo, ella ni siquiera se sorprendió. Simplemente le dijo a Elena que lo limpiara.

Mateo miró hacia el salón.

—No afirmemos nada que no podamos demostrar. Primero revisaremos las grabaciones.

En ese momento, Graciela apareció al final del pasillo, arrastrando a Diego de la mano.

—¿Qué están conspirando aquí?

Sofía guardó su teléfono.

—Nada, señora.

—Entonces no veo por qué susurran. ¿O acaso están preparando una historia para culparme de algo que jamás hice?

Mateo se interpuso antes de que Graciela se acercara más.

—La revisión de las cámaras no se hace en el pasillo. Le pido que espere en el salón.

—Yo no espero órdenes tuyas.

—No es una orden. Es una petición razonable mientras verificamos lo sucedido.

Graciela soltó una risita despectiva.

—Tienes demasiada confianza para un hombre que podría estar buscando trabajo mañana.

—Y usted parece muy segura de que puede despedir a cualquiera con una llamada.

La expresión de Graciela cambió.

Por un instante, dejó de fingir serenidad.

—Porque sé cómo funciona este negocio.

Mateo no respondió.

La mujer se acercó un poco más.

—Voy a decirte algo, y te conviene escuchar. Mi esposo conoce a personas que han invertido en esta cadena. Alicia podrá hacerse la justa por teléfono, pero cuando vea el dinero que estamos a punto de gastar, cambiará de opinión.

—Entonces no debería tener miedo de que se revisen las cámaras.

Graciela abrió la boca, pero Diego tiró de su mano.

—Mamá, quiero irme.

Ella lo miró irritada.

—¡Ahora no!

El niño hizo un puchero.

—Dijiste que íbamos a comprarme los tenis nuevos.

Graciela inspiró con fuerza y volvió a ponerse en cuclillas para hablarle con dulzura.

—Claro que sí, mi amor. Pero primero tenemos que enseñarles a estas personas cómo se trata a una clienta.

La contradicción fue tan evidente que Sofía bajó los ojos para ocultar su expresión.

Mateo se alejó sin discutir y entró en el pequeño cuarto donde se encontraba el monitor de seguridad.

La pantalla mostraba varias tomas del salón. Una cámara enfocaba la entrada; otra, los vestidores; una tercera cubría el mostrador central y buena parte del suelo donde había ocurrido el incidente.

Mateo retrocedió la grabación hasta el momento en que Graciela y Diego habían llegado.

Observó a la mujer pasearse con seguridad entre los estantes, señalar prendas y hablar con Elena. Vio al niño girar el vaso entre las manos. Vio cómo su madre observaba el teléfono mientras él vertía lentamente el jugo sobre las baldosas.

Mateo inclinó el cuerpo hacia la pantalla.

La cámara no tenía sonido, pero las imágenes eran claras.

Diego miró primero a su madre y después a Elena.

Entonces volcó el resto del vaso.

Graciela levantó la vista.

No pareció sorprendida. Ni siquiera intentó detenerlo.

Simplemente señaló el suelo.

Mateo sintió que se le endurecía la mandíbula.

Avanzó la grabación unos segundos.

Vio a Elena arrodillarse, temblando, mientras Graciela la empujaba. Vio al niño colocar el zapato en el charco y resbalar. Vio las manos de Elena sujetándolo para impedir que cayera.

Y, finalmente, vio a Diego ponerse las manos sobre la cara después de que Elena lo soltara.

No había ninguna cachetada.

Ningún golpe.

La acusación se había producido después de que Elena evitara que el pequeño se lastimara.

Mateo guardó una copia de la grabación en el sistema de respaldo. Después exportó otro archivo para enviarlo a Alicia.

Ya tenía la evidencia.

Pero cuando se volvió para salir, descubrió a un hombre de traje oscuro parado junto a la puerta.

Era Ricardo, el supervisor regional.

—Mateo —dijo el hombre—. Necesito que detengas esa revisión.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Por qué?

Ricardo miró la pantalla y después cerró la puerta detrás de sí.

—Acabo de hablar con Alicia. Me pidió que me ocupara personalmente del incidente.

—Perfecto. Ya tengo la grabación.

—No entiendes. La prioridad de la empresa es evitar un escándalo.

Mateo cruzó los brazos.

—Entonces deberían estar agradecidos de que la grabación demuestre que Elena no hizo nada malo.

Ricardo suspiró.

—A veces no importa únicamente lo que pasó. También importa quién está dispuesto a convertirlo en un problema público.

—Una empleada embarazada fue agredida. Un niño hizo una acusación falsa y una clienta exige que la despidamos. ¿Cuál parte quieres que escondamos?

Ricardo miró a Mateo durante varios segundos.

—No quiero que escondas nada. Quiero que no tomes decisiones sin autorización.

—Conservé la grabación, tal como pidió Alicia. No he despedido a nadie ni he expulsado a ningún cliente.

—Bien. Entonces déjame manejarlo.

Mateo no se movió.

—¿Qué piensan hacer con Elena?

Ricardo apretó los labios.

—Todavía no lo sé.

—¿Y con Graciela?

—Tampoco.

Mateo soltó una risa sin humor.

—La mujer la agarró del cabello. Hay testigos. ¿Qué más necesitan saber?

Ricardo bajó la voz.

—Necesito que entiendas que Graciela no es una clienta cualquiera. Su familia ha estado relacionada con un proyecto de expansión que la empresa lleva negociando desde hace meses. Si esto se vuelve público, puede tener consecuencias para muchas personas.

Mateo sintió que la respuesta le revolvía el estómago.

—¿Y Elena? ¿Ella no cuenta entre esas personas?

Ricardo no respondió de inmediato.

El silencio fue suficiente.

Mateo salió del cuarto con la grabación guardada y el teléfono en la mano. En el salón, Graciela hablaba por su celular con una sonrisa satisfecha. Cuando lo vio, terminó la llamada.

—¿Ya comprobaste que tu empleada atacó a mi hijo? —preguntó.

Mateo se acercó.

—Ya comprobé que Elena lo sostuvo para evitar que se cayera. No hay ninguna imagen en la que ella lo golpee.

La sonrisa de Graciela se congeló.

—Entonces tus cámaras están mal.

—Las cámaras muestran lo que ocurrió.

—¡Las cámaras no saben lo que mi hijo sintió!

—Y eso tampoco convierte una acusación en un hecho.

Graciela miró alrededor. Varias clientas habían dejado de fingir que no escuchaban.

Por primera vez, parecía consciente de que no controlaba la escena.

—Muy bien —dijo, ajustándose el bolso sobre el hombro—. Si ustedes no van a resolver esto, lo resolveré yo.

Sacó el celular y abrió una aplicación.

Mateo alcanzó a ver la pantalla antes de que la mujer girara el dispositivo.

Era una publicación en redes sociales.

La imagen mostraba a Elena arrodillada, con una mano sobre el vientre, mientras Diego estaba frente a ella.

El texto decía: *«Una empleada de esta boutique golpeó a mi hijo de cinco años. La gerencia se niega a tomar medidas. ¿De verdad quieren que gastemos nuestro dinero en un lugar así?»*

Graciela pulsó el botón de publicar.

—Ahora vamos a descubrir a quién le cree la gente —dijo.

Mateo sacó su teléfono.

La publicación ya tenía comentarios y comenzaba a compartirse.

Entonces, desde la entrada de la tienda, una voz femenina interrumpió la discusión.

—¡Eso es mentira! Yo grabé lo que ocurrió desde el principio.

Todos se volvieron.

Una clienta de cabello plateado entró con el teléfono levantado entre las manos. Miró directamente a Graciela.

—Y tengo el video completo.

La sonrisa de Graciela desapareció por completo.

Pero la mujer que acababa de entrar aún no había terminado de hablar.

—Y antes de que me amenaces, Graciela, hay alguien más que debería ver esta grabación.

Mateo frunció el ceño.

La desconocida desbloqueó su teléfono, buscó un contacto y pulsó el botón de llamada.

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Cuando la otra persona respondió, dijo un nombre que hizo que Graciela retrocediera un paso.

*—Alicia, soy Margaret. Necesitas venir ahora mismo. Esta vez, tu amiga se pasó de la raya.*

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