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Chapter 1: De rodillas ante la clienta equivocada

El jugo de naranja se extendía por el piso de la boutique mientras Diego sonreía, orgulloso de su travesura. Frente a él, Elena, una empleada embarazada de ocho meses, intentaba mantener el equilibrio sin soltar su vientre. Entonces Graciela, la madre del niño, le hundió una mano en el hombro y la obligó a arrodillarse.

—¡Ponte de rodillas! ¡Mi hijo no tiene que limpiar!

Elena apoyó una palma en el suelo para no caer. Con la otra protegió su abdomen. Una punzada de dolor le atravesó la espalda cuando sus rodillas tocaron las baldosas frías.

A unos metros, una clienta dejó de revisar un vestido. Otra levantó la vista de su celular. Pero nadie se movió.

Diego, un niño de cinco años de mejillas redondas y zapatos blancos, colocó su vaso vacío sobre el mostrador como si acabara de terminar una tarea perfectamente ejecutada.

—Mira, mamá —dijo, señalando a Elena—. Ya está limpiando.

Graciela le acomodó el cuello de su camisa y sonrió con ternura.

—Así es, mi amor. Tú no tienes por qué hacer cosas que otra gente puede hacer por ti.

Elena sintió que la vergüenza le quemaba las mejillas. Llevaba seis horas de pie, atendiendo clientes, organizando prendas y acomodando cajas. Sus tobillos estaban hinchados y el bebé llevaba toda la mañana moviéndose con insistencia.

Aun así, había sonreído cada vez que alguien entraba.

Necesitaba ese trabajo.

El alquiler vencía en cinco días. La cuna que había comprado de segunda mano seguía desarmada en la sala de su pequeño departamento. Y cada dólar contaba para recibir a su hija con lo indispensable.

No podía darse el lujo de perder su empleo.

—Señora, por favor —dijo Elena, intentando levantarse—. Puedo limpiar el jugo, pero necesito hacerlo despacio.

Graciela le puso una mano en el hombro y volvió a empujarla hacia abajo.

—¿Quién te dio permiso de levantarte?

Elena abrió los ojos, incrédula.

—Estoy embarazada de ocho meses.

Graciela miró su vientre. Después le sostuvo la mirada con una sonrisa fría.

—Eso te pasa por meterte en problemas que no puedes manejar.

La mujer tomó un pañuelo de su bolso y limpió una pequeña mancha del pantalón de Diego, como si la única persona perjudicada en aquella escena fuera su hijo.

—A ver, mi vida. Enséñale el otro zapato.

Diego levantó el pie. La suela estaba manchada de jugo.

—También está sucio.

Elena tragó saliva. Tomó un trapo del carrito de limpieza y se inclinó con cuidado para limpiar la suela sin tirar del tobillo del niño.

—Listo —murmuró—. Ya quedó.

Pero Diego no quería que terminara.

Con una risita, apoyó el zapato recién limpiado en el mismo charco de jugo y dio un paso hacia adelante.

La suela resbaló.

El niño perdió el equilibrio y cayó hacia Elena.

Ella soltó el trapo de inmediato.

Sus dos manos se extendieron para sujetarlo por los antebrazos y el torso. Lo sostuvo con firmeza, impidiendo que se golpeara contra el mostrador. Ninguna de sus manos tocó la cara del pequeño.

—¡Cuidado! —exclamó Elena.

Diego recuperó el equilibrio.

Elena lo soltó en cuanto comprobó que estaba de pie.

Durante un segundo, el niño la miró en silencio.

Entonces se llevó ambas manos a la mejilla.

—¡Mamá! ¡Me pegó!

El aire pareció desaparecer de la tienda.

—¿Qué? —Elena se quedó mirándolo, todavía arrodillada—. Diego, no.

Te resbalaste. Yo te estaba sosteniendo.

El niño se escondió detrás de su madre.

—¡Me dio una cachetada!

Graciela se volvió tan rápido que su bolso golpeó el mostrador.

—¿Te atreviste a tocar a mi hijo?

—No le pegué. ¡Se iba a caer y lo sujeté!

Elena mostró las palmas de sus manos, temblorosas, como si todavía pudiera demostrar con ellas lo que acababa de suceder.

—Por favor, señora. Solamente intenté ayudarlo.

Graciela no quiso escuchar.

Se inclinó, agarró a Elena del cabello y le tiró de la cabeza hacia atrás.

—¡No vuelvas a ponerle una mano encima a mi hijo!

Elena lanzó un grito ahogado. Levantó las manos para intentar liberar el cabello atrapado entre los dedos de la mujer.

—¡Me está lastimando! ¡Suélteme!

Desde el fondo de la tienda llegó el sonido de una puerta abriéndose de golpe.

Mateo, el gerente, apareció entre dos estantes con una carpeta en la mano. Al ver a su empleada de rodillas, con una mano protegiendo su vientre y la otra intentando soltarse del cabello que Graciela le sujetaba, dejó caer la carpeta.

—¡Suéltala ahora mismo! —gritó Mateo.

Graciela no obedeció.

Mateo cruzó la tienda en tres pasos y tomó con cuidado la muñeca de la clienta para obligarla a soltar el cabello de Elena.

—¡Le dije que la suelte!

—¡No me toque! —chilló Graciela.

—Entonces deje de agredir a mi empleada.

Cuando la mano de Graciela finalmente se abrió, Elena se inclinó hacia adelante, respirando con dificultad. Mateo se colocó a su lado y le ofreció el brazo.

—Elena, mírame. ¿Puedes escucharme? —preguntó él.

Ella asintió con lágrimas en los ojos.

—Sí. Me duele un poco la espalda.

Mateo le ofreció apoyo para incorporarse, sin tirar de ella. Elena se levantó lentamente y mantuvo una mano sobre el vientre mientras recuperaba el equilibrio.

Mateo se colocó delante de ella.

Graciela, lejos de avergonzarse, lo agarró del cuello de la camisa y lo jaló hacia sí.

—¡Tú trabajas aquí porque yo gasto mi dinero aquí! ¡No olvides quién te paga el sueldo!

Mateo le apartó la mano y volvió a ponerse entre ella y Elena.

—Usted no me paga el sueldo. Y aunque lo hiciera, no tendría derecho a tratar así a nadie.

La cara de Graciela se endureció.

A sus espaldas, Diego observaba la discusión sin una pizca de miedo. Parecía más molesto porque su madre había dejado de prestarle atención que porque acabara de provocar una situación peligrosa.

Graciela giró la cabeza hacia el mostrador.

Allí estaban las dos prendas que había elegido: un vestido de diseñador y una chaqueta de edición limitada. Juntas costaban más de lo que Elena ganaba en varias semanas.

La mujer alisó su blusa, levantó la barbilla y cambió la expresión de furia por una sonrisa calculada.

—Muy bien, Mateo. Vamos a ver cuánto vale tu valentía.

Señaló las prendas con un dedo perfectamente manicurado.

—Estas dos piezas forman parte de mi compra. Ya sabes cuánto gasto aquí todos los meses.

Mateo no contestó.

Graciela dio un paso hacia él.

—Así que vas a tomar una decisión. ¿Despides a esa mujer por haber golpeado a mi hijo o pierdes una de tus mejores clientas?

Elena miró al gerente.

Todavía sentía la presión de aquellos dedos en su cuero cabelludo. Su espalda le dolía y tenía miedo de que el estrés le hiciera daño a la bebé. Pero lo que más le aterraba era la posibilidad de que Mateo bajara la mirada, se disculpara con Graciela y le entregara el despido que ella estaba exigiendo.

Diego se aferró a la falda de su madre.

—Mami, dile que me debe pedir perdón.

Graciela acarició su cabeza.

—Tranquilo, mi amor. Ahora mismo vas a ver cómo se arreglan las cosas.

Mateo miró a Elena. Luego volvió los ojos hacia Graciela.

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Apretó la mandíbula, respiró profundamente y abrió la boca.

Y justo cuando iba a responder, todas las miradas de la tienda quedaron clavadas en él.

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