Chapter 5: La dueña también tenía algo que perder
Alicia pidió que bajaran el volumen de los teléfonos y que las clientas que no estuvieran involucradas continuaran sus compras en la otra sección.
Nadie se movió.
Todas querían saber qué ocurriría.
—No voy a obligar a nadie a marcharse —dijo Alicia—, pero necesito revisar las pruebas sin convertir esto en una discusión entre veinte personas.
Mateo hizo una señal a Sofía para que le enviara la grabación de Margaret. Después condujo a Alicia hacia el pequeño despacho detrás de la caja.
—El video del sistema de seguridad ya está respaldado —le explicó—. También hay testigos. Elena no golpeó al niño. Lo sostuvo cuando se resbaló.
Alicia asintió.
—Quiero verlo todo.
Ricardo cerró la puerta. Durante varios minutos, los tres observaron las grabaciones sin hablar.
Cuando terminó el video del teléfono de Margaret, Alicia permaneció inmóvil.
—Dios mío —murmuró.
Mateo cruzó los brazos.
—Necesitamos decidir qué vamos a hacer con Elena y con la señora Graciela.
—Lo sé.
—Con todo respeto, señora, no podemos pedirle a Elena que regrese al piso de ventas como si nada hubiera pasado.
—No se lo voy a pedir.
Ricardo carraspeó.
—Alicia, debemos considerar también las repercusiones comerciales. La publicación está creciendo rápidamente. Si respondemos de forma precipitada, podríamos empeorar la situación.
Alicia giró la cabeza hacia él.
—¿Qué propones?
—Una suspensión temporal para ambas partes mientras se realiza una investigación interna.
Mateo se enderezó.
—¿Una suspensión para Elena? ¿Por qué? La grabación demuestra que intentó ayudar al niño.
—Para evitar que el conflicto continúe dentro de la tienda —respondió Ricardo—. No estoy diciendo que sea culpable.
—Pero estaríamos castigando a la persona que fue agredida.
Ricardo ajustó su corbata.
—Estaríamos aplicando un procedimiento preventivo.
Alicia levantó una mano.
—Basta. Primero necesito hablar con Elena y asegurarme de que reciba atención médica. Después resolveremos el asunto laboral con toda la información disponible.
Mateo asintió, aliviado de que alguien hubiera intervenido.
Sin embargo, cuando Alicia salió del despacho y encontró a Graciela esperando junto a los probadores, su expresión cambió.
—Necesito hablar contigo en privado —dijo.
—Por fin —respondió Graciela—. Ya era hora de que alguien sensato se hiciera cargo.
Las dos se dirigieron a una pequeña sala de reuniones. Margaret pidió acompañarlas para entregar el archivo original, pero Graciela protestó.
—No tiene ninguna razón para estar aquí.
Alicia la miró con frialdad.
—Margaret se queda.
La mujer de cabello plateado entró y se sentó frente a ellas.
Graciela dejó su bolso sobre la mesa.
—Alicia, conozco tu negocio desde hace años. He llevado aquí a mis amigas, he comprado regalos para mi familia y he recomendado tus tiendas. No puedes permitir que una empleada provoque todo esto y salga impune.
—¿Qué esperabas que hiciera? —preguntó Alicia—. ¿Que la despidiera porque tú lo exigiste?
—Esperaba que confiaras en mí.
—Eso es precisamente lo que hice durante demasiado tiempo.
Graciela se quedó callada.
Alicia apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Te conozco desde hace casi doce años. He defendido tus decisiones cuando otras personas me advertían que estabas acostumbrada a exigir privilegios. He creído tus explicaciones cuando me decías que la gente malinterpretaba tu carácter. Pero hoy vi una grabación que no deja lugar a interpretaciones.
—¡No conoces toda la historia!
—Entonces cuéntamela.
Graciela abrió los brazos.
—Mi hijo se resbaló y después se asustó. ¿Qué querías que hiciera como madre? ¿Que me quedara mirando?
Margaret habló por primera vez.
—Podías haber comprobado si estaba herido antes de acusar a la persona que lo sostuvo.
—Nadie te pidió tu opinión.
—Y nadie te dio permiso para arrancarle el cabello a una mujer embarazada.
Graciela se puso de pie.
—¡Me están tratando como a una criminal!
Alicia no se levantó.
—Te estamos pidiendo que asumas la responsabilidad de lo que hiciste.
—Mi esposo no va a tolerar esto.
—Tu esposo no estuvo aquí. Tú sí.
La mujer se quedó inmóvil, respirando por la nariz.
Alicia conocía aquella expresión. Era la que aparecía cuando Graciela escuchaba algo que no podía comprar, intimidar o negociar de inmediato.
—Tengo que recordarte algo —dijo Alicia—. Mi tienda no es una extensión de tu casa. Tus compras no te convierten en la jefa de mis empleados.
Graciela apretó los labios.
—¿Vas a elegirme a mí o a una empleada que ni siquiera conoces?
Alicia miró a través del cristal de la sala. Elena estaba sentada en el despacho, con una manta sobre los hombros que Sofía había encontrado en el almacén.
—No se trata de elegir a una persona —respondió—. Se trata de decidir si vamos a permitir que alguien sea humillado y agredido mientras todos guardan silencio.
Por primera vez, Graciela no tuvo una réplica inmediata.
Entonces su teléfono comenzó a vibrar.
Una llamada. Después otra. Luego un mensaje.
La mujer miró la pantalla.
—¿Qué está pasando? —murmuró.
La publicación había superado varios miles de visualizaciones. Alguien había compartido el video de Margaret junto con una captura de la acusación original. Los comentarios comenzaban a señalar las contradicciones entre la versión de Graciela y las imágenes.
Graciela levantó la vista.
—¡Tienes que hacer que retiren ese video!
Alicia la miró fijamente.
—No puedo borrar lo que la gente ha visto.
—¡Pero puedes decirles que fue un malentendido!
—No voy a mentir por ti.
Graciela tomó su bolso.
—Bien. Entonces no esperes que mi familia siga apoyando tus proyectos.
Ricardo, que acababa de entrar en la sala, se quedó rígido al escuchar aquellas palabras.
Alicia también lo notó.
—¿Qué proyectos? —preguntó.
Graciela le lanzó una sonrisa helada.
—No te hagas la desentendida. Mi esposo ha estado hablando con tus socios. Sabes perfectamente cuánto depende tu expansión de ese acuerdo.
Alicia se levantó lentamente.
—El acuerdo comercial de la empresa no tiene nada que ver con lo ocurrido hoy.
—Eso lo veremos.
Graciela salió de la sala sin mirar atrás.
Durante varios segundos nadie habló.
Margaret se acercó a Alicia.
—¿Por qué no me habías contado que estabas negociando con su familia?
Alicia bajó la mirada.
—Porque quería mantener las negociaciones separadas de mi vida personal. Y porque jamás pensé que Graciela usaría esa relación para amenazar a una empleada.
—Ahora tienes un problema mayor —dijo Margaret—. Puede presionarte para que retires cualquier declaración pública.
—Lo sé.
Alicia miró hacia el despacho, donde Elena seguía esperando.
—Pero no voy a sacrificarla para proteger un contrato.
Cuando regresaron al salón, Mateo estaba hablando por teléfono con recursos humanos. Su expresión era cada vez más tensa.
—¿Qué sucede? —preguntó Alicia.
Mateo colgó y le mostró la pantalla.
Acababa de recibir un correo electrónico de la oficina corporativa.
*«Por instrucciones de la supervisión regional, Elena deberá quedar temporalmente fuera de sus turnos hasta que concluya la investigación del incidente».*
Alicia leyó el mensaje dos veces.
—Yo no autoricé esto.
Mateo miró a Ricardo, quien se encontraba junto a la puerta.
—Pues alguien sí.
Ricardo no negó haber recibido la comunicación.
—Es un procedimiento preventivo. La empresa necesita controlar los daños.
Alicia arrugó lentamente la hoja impresa que Mateo había sacado.
—¿Controlar los daños? La única persona que está sufriendo las consecuencias es la empleada que intentó salvar al niño.
—No podemos ignorar la presión que existe sobre la empresa —replicó Ricardo.
—Y tampoco podemos ignorar nuestras responsabilidades.
Alicia se dirigió hacia Elena, pero se detuvo al verla levantarse con dificultad.
La joven se sostenía el vientre y respiraba de manera irregular.
—Elena, ¿qué pasa? —preguntó Mateo, acercándose de inmediato.
Ella negó con la cabeza, intentando tranquilizarlos.
—No sé. Me duele la espalda y siento el abdomen muy tenso.
Alicia palideció.
—Necesitamos que te revise un médico ahora mismo.
Mateo tomó su teléfono para pedir ayuda.
Y mientras Sofía acompañaba a Elena hacia la salida, Alicia volvió la cabeza hacia Ricardo.
—Si alguien vuelve a tomar una decisión sobre su empleo sin mi autorización, tendrá que explicármelo personalmente.
Ricardo no contestó.
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Pero cuando Alicia salió para acompañar a Elena, él sacó su propio teléfono y envió un mensaje.
*«Elena está saliendo de la tienda. Activen el procedimiento antes de que Alicia consiga detenerlo».*