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Chapter 8: El hijo que todos creían muerto

—Michael está muerto —repitió Adrian, caminando de un lado a otro de la sala de entrevistas—. Yo vi su ataúd. Asistí a su funeral. Mi padre me obligó a despedirme de él.

La detective Morales no apartó la vista de su computadora.

—¿Vio el cuerpo?

Adrian se detuvo.

—No.

—¿Por qué?

—Mi madre dijo que el accidente había sido demasiado grave. El funeral fue privado. Solo estuvieron presentes algunos familiares y personas cercanas a la empresa.

—¿Y el certificado de defunción?

—Mi madre se encargó de todo.

Daniel se frotó la frente.

—Eso no demuestra que Michael esté vivo, pero sí que debemos revisar el expediente.

Yo permanecía sentada junto a Claire, con la fotografía de mi madre entre las manos.

Un hermano muerto que quizá seguía vivo.

Una transferencia fraudulenta.

Un testigo que había despertado después de seis meses en coma.

Y una mujer que había intentado impedir mi boda utilizando unas tijeras.

Si alguien me hubiera contado aquella historia una semana antes, habría pensado que era imposible.

Ahora, cada nueva revelación parecía encajar con la siguiente.

—Detective —dije—, ¿podemos rastrear la llamada?

—Ya estamos trabajando en ello. El número parece haber pasado por varios servicios de enrutamiento. No será inmediato.

—Entonces necesito saber dónde murió Richard.

Adrian levantó la cabeza.

—En la antigua residencia familiar de Westchester. Mi padre tuvo un infarto mientras estaba en su despacho. Lo trasladaron al hospital, pero no pudieron salvarlo.

—¿Por qué el hombre de la llamada nos envió allí?

Daniel tomó la copia del registro hospitalario.

—Quizá porque el lugar donde ocurrió algo y el lugar donde alguien murió no siempre son el mismo.

La detective Morales cerró su computadora.

—No irán allí sin avisarnos. Si esa persona realmente está relacionada con un crimen, podría ser peligrosa.

—No pienso ir sola —respondí.

—Eso no significa que pueda ir —replicó ella—. Significa que organizaremos una visita con agentes presentes.

Adrian se acercó a mí.

—Emma, por favor, déjame ocuparme de esto.

Lo miré con frialdad.

—No. Tú has pasado quince años aceptando la versión de tu madre. Yo he pasado veintisiete años viviendo con las consecuencias de sus decisiones. Esta vez no voy a quedarme al margen.

Él asintió.

—Entonces iré contigo.

No respondí.

Todavía no sabía si podía volver a confiar en él, pero ya no tenía sentido fingir que nuestros destinos no estaban unidos por aquel secreto.

Antes de abandonar la comisaría, Daniel recibió un mensaje de su asistente.

Lo leyó una vez.

Después volvió a leerlo.

—¿Qué sucede? —pregunté.

El abogado giró el teléfono hacia nosotros.

Era una fotografía del vestíbulo principal de Harrington Holdings. Sobre una mesa había un documento con el sello del consejo de administración.

Debajo aparecía un mensaje:

Reunión extraordinaria convocada para mañana a las nueve de la mañana. Asunto: incapacidad temporal de Adrian Harrington para ejercer sus funciones ejecutivas.

Adrian soltó una maldición.

—Mi madre está intentando apartarme de la empresa.

—¿Puede hacerlo? —preguntó Claire.

—Si consigue demostrar que estoy actuando de manera irracional y perjudicando los intereses de la compañía, puede solicitar una votación de emergencia.

Daniel examinó la lista de convocados.

—Y parece que ya tiene suficientes votos para intentarlo.

—¿Quiénes la apoyan? —pregunté.

Adrian señaló varios nombres.

—El presidente del consejo, dos socios históricos de mi padre y el director financiero.

Daniel levantó la vista.

—El director financiero también firmó la autorización de Northstar Consulting.

Sentí que una nueva pieza encajaba.

—Entonces no se trata solamente de la herencia. Están intentando quitarte el control de la empresa antes de que podamos presentar las pruebas.

Adrian asintió.

—Si me apartan mañana, mi madre podrá acceder a todos los archivos internos y destruir lo que quede.

La detective Morales intervino.

—No puede destruir documentos relacionados con una investigación una vez que se le ha notificado formalmente que son relevantes. Eso podría agravar su situación legal.

—Pero si no sabe qué estamos buscando, seguirá teniendo ventaja —dije.

Daniel guardó su teléfono.

—Necesitamos encontrar la caja fuerte original y recuperar cualquier documento que Richard dejara allí.

—¿Y si Michael ya se llevó todo? —preguntó Claire.

Nadie respondió.

Porque esa era la posibilidad que más me aterraba.

La antigua sede de Harrington Holdings se encontraba en una calle del distrito financiero donde los edificios de cristal parecían tocar el cielo.

El edificio original, sin embargo, había sobrevivido a la venta de la empresa. Su fachada de ladrillo oscuro contrastaba con las torres modernas que lo rodeaban.

Un agente de policía nos acompañó hasta la entrada.

Adrian sacó una llave antigua de su cartera.

—Mi padre me la dio cuando era adolescente. Nunca la utilicé.

La cerradura cedió con un chasquido.

Dentro, el vestíbulo estaba cubierto de polvo. Las placas de bronce con el apellido Harrington seguían fijadas a las paredes, aunque algunas letras se habían desprendido.

Adrian nos condujo por un pasillo hasta una puerta metálica.

—La bóveda está detrás de esto.

La llave de mi madre encajó en una cerradura secundaria.

Cuando abrimos la puerta, el olor a metal y humedad nos envolvió.

Había varias cajas fuertes empotradas en la pared.

La número 317 estaba abierta.

En su interior solo quedaba una pequeña tarjeta.

La tomé.

Era una tarjeta de visita antigua con el nombre de Richard Harrington y una frase escrita a mano:

Si alguna vez alguien te dice que tu hermano murió, pregúntale quién identificó el cuerpo.

Adrian se quedó inmóvil.

—Dios mío.

—¿Qué significa? —pregunté.

—Después del accidente de Michael, mi madre me dijo que un empleado de la morgue había identificado el cuerpo. Nunca mencionó que lo hubiera hecho un familiar.

Daniel examinó el borde de la caja fuerte.

—Alguien dejó esta tarjeta aquí recientemente. El polvo alrededor de la caja ha sido removido.

El agente de policía tomó fotografías.

Yo seguí mirando la tarjeta.

En el reverso había una dirección escrita con tinta azul.

Una antigua casa de campo en Connecticut.

Debajo aparecían las iniciales M.H.

—Michael Harrington —murmuré.

Adrian cerró los ojos.

—Mi madre dijo que esa propiedad fue vendida después de su muerte.

Daniel revisó la dirección en su teléfono.

—Según los registros, la propiedad sigue perteneciendo a una sociedad privada. El propietario real no aparece públicamente.

La detective Morales, que acababa de llegar con otro agente, examinó la tarjeta.

—No iremos allí esta noche sin comprobar primero la información. Si alguien quiere atraerlos a una trampa, esta dirección podría ser parte del plan.

—¿Y si Michael está allí? —pregunté.

—Entonces lo encontraremos con una orden adecuada.

Adrian se apartó de la pared.

—No puedo seguir esperando mientras mi madre intenta borrar a mi hermano de la historia.

—Tu hermano podría estar implicado en un crimen —respondió Morales—. Si está vivo, tendrá que responder por sus acciones.

Adrian asintió con dificultad.

Antes de salir, revisé el interior de la caja fuerte una vez más.

Había una marca grabada en el fondo: dos letras entrelazadas, E y R.

Las mismas iniciales que habíamos encontrado en el taller de mi madre.

Debajo, casi invisible, había una pequeña ranura.

Presioné el borde.

Una placa metálica se abrió y dejó caer una fotografía doblada.

La recogí.

Mostraba a Richard Harrington sentado en su despacho, con Michael a un lado y Adrian al otro. Los tres sonreían.

Pero alguien había escrito una frase en el reverso.

Uno de mis hijos sabe la verdad. El otro cree que la desconoce.

Adrian leyó la frase por encima de mi hombro.

—¿Cuál de los dos? —susurró.

Entonces comprendí que el mensaje no estaba dirigido a mí.

Estaba dirigido a Adrian.

Regresamos a la comisaría para entregar las pruebas.

A las siete y cuarenta de la tarde, la detective Morales recibió una llamada de su equipo.

La escuchó sin interrumpir.

Después se volvió hacia nosotros.

—Hemos encontrado registros de una transferencia mensual a nombre de Thomas Reed. Los pagos continuaron durante quince años después de la supuesta muerte de Michael Harrington.

Adrian se dejó caer en una silla.

—¿Quién enviaba el dinero?

—Una cuenta vinculada a Northstar Consulting.

Daniel cerró los ojos.

—La misma empresa que recibió los cuatro millones ochocientos mil dólares.

Morales asintió.

—Y hay otra coincidencia. La sociedad propietaria de la casa de Connecticut fue creada tres meses después del funeral de Michael.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Por Victoria?

—Todavía no podemos confirmarlo.

Adrian levantó la mirada.

—¿Y la llamada?

La detective consultó su pantalla.

—Hemos localizado el origen de una de las conexiones. Se utilizó una red privada registrada a nombre de Harrington Holdings, pero el acceso se realizó desde un teléfono de la fundación.

—¿Desde qué oficina? —pregunté.

Morales tardó unos segundos en responder.

—Desde la oficina privada de Victoria Harrington.

El silencio fue absoluto.

Entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje nuevo.

Esta vez no había fotografía.

Solo una frase:

Si quieres saber qué le pasó realmente a tu padre, ven a la casa de Connecticut. Mañana, a las ocho. Trae la llave de Elena.

Debajo había una última línea.

Y no confíes en Adrian. Él estuvo presente la noche en que Michael desapareció.

Leí el mensaje dos veces.

Después levanté la mirada hacia el hombre con el que había estado a punto de casarme.

Adrian estaba observándome.

No parecía sorprendido.

Parecía aterrorizado.

—Emma —dijo en voz baja—, hay algo de aquella noche que nunca te he contado.

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Y antes de que pudiera preguntarle qué era, añadió:

—Yo fui la última persona que vio a mi hermano antes de que desapareciera.

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