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Chapter 6: El testigo que no debía despertar

—Mi madre no pudo hacer eso —dijo Adrian.

No sonó como una afirmación. Sonó como una súplica dirigida a sí mismo.

Daniel guardó su teléfono.

—La policía todavía está investigando. No podemos concluir que Victoria ordenara el atropello, pero la coincidencia merece atención.

—¿Y si Thomas sabe quién mató a mi padre? —pregunté.

—Entonces debemos hablar con los médicos y averiguar si existe alguna posibilidad de que recupere la conciencia.

Adrian miró la fotografía del hospital que yo todavía sostenía.

—Thomas trabajó con mi padre durante veinte años. Era más que un empleado. Mi padre confiaba en él para todo.

—¿También confiaba en él para guardar secretos? —pregunté.

Adrian no respondió.

La lluvia había disminuido, pero el cielo seguía cubierto por nubes oscuras. Mi vestido de emergencia, una sencilla falda azul marino y una blusa blanca que Claire había encontrado en el taller, no se parecía en nada al vestido que había soñado llevar aquella mañana.

Sin embargo, por primera vez no me importaba cómo me veía.

Me importaba saber quién había sido mi padre.

Y por qué mi madre había vivido con miedo hasta el día de su muerte.

El hospital de Queens estaba lleno de personas que esperaban noticias de sus familiares. El olor a desinfectante se mezclaba con el café de las máquinas expendedoras y el ruido constante de los carros médicos.

Una enfermera nos condujo hasta una habitación en la unidad de cuidados prolongados.

Thomas Reed parecía mucho mayor que en la fotografía. Tenía el cabello completamente blanco, la piel pálida y varios cables conectados a los monitores que vigilaban sus signos vitales.

Una mujer de unos cuarenta años estaba sentada junto a su cama, leyendo un libro.

Al vernos entrar, se levantó de inmediato.

—¿Quiénes son ustedes?

Adrian dio un paso al frente.

—Me llamo Adrian Harrington. Mi padre era Richard Harrington.

La mujer palideció.

—No deberían estar aquí.

—¿Usted es familiar de Thomas? —preguntó Daniel.

—Soy su hija, Rebecca Reed. Y antes de que pregunten, no, no sé quién atropelló a mi padre. La policía lleva meses haciéndome las mismas preguntas.

Miré al hombre inconsciente.

—Necesitamos saber algo sobre la noche en que murió Richard Harrington.

Rebecca soltó una risa amarga.

—Mi padre no habla desde hace seis meses. Y aunque despertara, no estoy segura de que quisiera ayudarlos.

—¿Por qué? —pregunté.

Ella me observó con una intensidad que me incomodó.

—Porque durante años recibió dinero de la familia Harrington. Dinero suficiente para mantenernos alejados de Manhattan y asegurarse de que nunca habláramos de lo que ocurrió aquella noche.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Quién le pagaba?

Rebecca apretó el libro contra su pecho.

—Victoria Harrington.

El silencio cayó sobre nosotros.

—¿Tiene pruebas? —preguntó Daniel.

—Tengo transferencias bancarias, cartas y un documento que mi padre guardó antes del accidente. La policía no quiso darle importancia porque no demuestra que alguien ordenara el atropello.

—¿Qué documento? —pregunté.

Rebecca abrió su bolso y sacó un sobre de plástico transparente.

Dentro había una hoja amarillenta con un sello de Harrington Holdings.

—Mi padre me pidió que la conservara. Me dijo que, si alguna vez alguien de esa familia aparecía preguntando por él, debía entregársela a una mujer llamada Emma Bennett.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Mi madre conocía a su padre?

Rebecca asintió.

—Mi padre decía que Elena Bennett era la única persona que había intentado hacer lo correcto después de la muerte de Richard.

Tomé el sobre con manos temblorosas.

La hoja era una copia de un registro de acceso al hospital. En la parte superior aparecía la fecha de la muerte de Richard. Debajo figuraban tres nombres de visitantes autorizados.

El primero era Victoria Harrington.

El segundo, Thomas Reed.

El tercero me resultaba desconocido.

*Dr. Samuel Whitmore.*

Daniel se inclinó para leerlo.

—Este médico firmó el certificado de defunción.

Adrian miró la hoja.

—Mi madre siempre dijo que Richard había sido atendido por su cardiólogo personal.

—¿Y el doctor Whitmore era su cardiólogo? —pregunté.

Adrian negó lentamente con la cabeza.

—No. Era un médico administrativo que trabajaba para la fundación.

Rebecca se acercó a la cama de su padre.

—Hay algo más que deben saber. La noche antes del accidente, mi padre me llamó. Estaba aterrorizado. Dijo que alguien había descubierto que conservaba una copia del registro original y que necesitaba entregársela a la hija de Elena.

—¿Por qué no lo hizo? —preguntó Claire.

Rebecca bajó la mirada.

—Porque al día siguiente alguien lo atropelló.

No sabía qué decir.

La historia se estaba convirtiendo en una cadena de amenazas, documentos desaparecidos y personas que terminaban heridas cada vez que intentaban acercarse a la verdad.

Daniel guardó una copia del registro.

—Necesitamos entregar esto a la policía. Y también debemos encontrar la caja fuerte de Richard antes de que alguien más llegue a ella.

Adrian asintió.

—Conozco una entrada privada a la antigua sede. Podemos llegar a la bóveda sin pasar por las oficinas principales.

Lo miré.

—¿Cómo sabes que la caja número 317 sigue allí?

—Porque cuando tenía diecisiete años, mi padre me llevó a ese edificio una noche. Me enseñó una caja de seguridad y me dijo que contenía algo que podría salvar a una persona inocente algún día.

—¿Te dijo qué había dentro?

Adrian negó con la cabeza.

—Solo me hizo prometer que nunca permitiría que mi madre tuviera acceso a ella.

Sentí un escalofrío.

—Y después de su muerte, ella te convenció de que la caja estaba vacía.

—Sí.

Lo observé durante unos segundos.

Adrian parecía avergonzado, pero la vergüenza no podía reparar los años de silencio.

—No sé si podré volver a confiar en ti —le dije.

Él asintió.

—Lo sé. Pero voy a ayudarte a descubrir la verdad, aunque al final decidas no volver a mirarme.

Por primera vez, le creí.

No porque sus palabras fueran hermosas, sino porque no intentó convertirlas en una promesa de perdón.

Antes de salir del hospital, Rebecca nos pidió que esperáramos.

Se inclinó sobre su padre y le habló en voz baja.

—Papá, está aquí. La hija de Elena está aquí.

No ocurrió nada.

El monitor siguió marcando el mismo ritmo.

Rebecca cerró los ojos.

—Siempre decía que algún día tendría la oportunidad de disculparse con ella.

Me volví.

—¿Disculparse por qué?

Rebecca tragó saliva.

—Porque fue él quien entregó a Victoria la primera copia del testamento original. Creía que ella solo quería comprobar que Richard había dejado todo en orden. Cuando comprendió que pretendía cambiarlo, ya era demasiado tarde.

Adrian se llevó una mano a la boca.

—¿Mi padre sabía que mi madre iba a alterar el testamento?

—No lo sé —respondió Rebecca—. Pero mi padre decía que Richard descubrió algo la noche antes de morir. Algo relacionado con un contrato, una firma y una persona que había estado utilizando el dinero de la fundación durante años.

Daniel intercambió una mirada conmigo.

—Eso podría explicar por qué alguien quería eliminar los documentos.

Entonces se escuchó un pitido diferente.

El monitor junto a la cama de Thomas comenzó a acelerar.

Rebecca se volvió de golpe.

—¡Enfermera!

Thomas movió ligeramente los dedos.

Después abrió los ojos.

La enfermera entró corriendo y nos pidió que saliéramos de la habitación. Pero antes de que pudiera cruzar la puerta, escuché la voz débil del hombre.

—Elena…

Me detuve.

Rebecca se inclinó hacia él.

—Papá, estás en el hospital. Estás a salvo.

Thomas giró lentamente la cabeza.

Sus ojos se fijaron en mí.

—Emma… —susurró.

Sentí que se me helaba la sangre.

Nunca me había visto.

Nunca había hablado conmigo.

Sin embargo, sabía mi nombre.

Me acerqué a la cama mientras la enfermera comprobaba sus signos vitales.

—Soy Emma Bennett. ¿Qué sabe sobre mi madre?

Thomas intentó levantar una mano, pero no tuvo fuerzas.

—La caja… —murmuró—. No abras la caja.

Adrian se acercó.

—¿Qué caja? ¿La de mi padre?

Thomas empezó a respirar con dificultad.

—Victoria… no estaba sola.

Daniel se inclinó hacia él.

—¿Quién la ayudó?

El anciano abrió los ojos un poco más.

Su mirada pasó de Adrian a mí.

Después pronunció cuatro palabras que destruyeron la última explicación que yo todavía estaba dispuesta a aceptar.

—Richard también tenía miedo.

—¿Miedo de quién? —pregunté.

Thomas intentó responder.

Pero sus ojos se cerraron y el monitor comenzó a emitir una alarma.

La enfermera nos apartó mientras otro médico entraba corriendo.

Rebecca lloraba junto a la pared.

Adrian me tomó de la mano, pero esta vez no intenté apartarme ni corresponderle. Apenas podía pensar.

Richard Harrington había tenido miedo.

Mi madre había tenido miedo.

Thomas Reed había guardado silencio durante décadas.

Y Victoria no había actuado sola.

Cuando finalmente salimos de la habitación, Daniel recibió una llamada de la policía.

Escuchó durante unos segundos y luego se volvió hacia nosotros.

—Han registrado la antigua sede de Harrington Holdings.

—¿Encontraron la caja fuerte? —pregunté.

Daniel negó con la cabeza.

—La caja número 317 sigue allí, pero alguien la abrió esta mañana.

Adrian palideció.

—¿Quién?

El abogado miró su teléfono.

—La entrada fue autorizada con una credencial que pertenece a un miembro del consejo de administración.

Hizo una pausa.

—Una credencial registrada a nombre de Claire Bennett.

Mi hermana dejó de llorar.

Lentamente, se volvió hacia nosotros.

—Eso es imposible —susurró—. Nunca he trabajado para los Harrington.

Pero Daniel ya estaba leyendo el último detalle del informe.

La credencial había sido utilizada con una autorización digital emitida desde la oficina privada de Victoria.

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Y el registro de seguridad contenía una segunda anotación.

*La caja no estaba vacía cuando la abrieron. Alguien había dejado dentro un sobre nuevo, dirigido a Emma Bennett.*

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