Chapter 7: El sobre que llevaba mi nombre
—¡Yo nunca he tenido una credencial de Harrington Holdings! —exclamó Claire, retrocediendo mientras Daniel le mostraba el informe de seguridad.
Mi hermana parecía incapaz de respirar.
Adrian tomó el teléfono del abogado y leyó los detalles dos veces.
—La autorización se emitió desde la oficina de mi madre —dijo—. Esto parece una trampa.
—¿Una trampa para quién? —pregunté—. ¿Para Claire o para mí?
Nadie respondió inmediatamente.
Thomas Reed acababa de despertar después de seis meses en coma. Había pronunciado el nombre de mi madre, advertido que no abriéramos la caja y asegurado que Victoria no había actuado sola. Ahora, alguien había utilizado la identidad de mi hermana para acceder a la caja fuerte de Richard Harrington.
Todo apuntaba en una dirección.
Pero yo había aprendido que las personas más peligrosas eran aquellas que conseguían que las pruebas parecieran demasiado evidentes.
—Daniel, ¿la policía tiene el sobre? —pregunté.
—Sí. Lo encontraron dentro de la caja número 317. Está sellado y todavía no lo han abierto.
—Entonces vamos a verlo.
Adrian negó con la cabeza.
—La policía debe examinarlo primero.
—Perfecto. Que lo examine. Pero quiero estar presente cuando lo abran.
—Emma, esto podría ser peligroso.
Lo miré fijamente.
—Mi madre pasó veintisiete años protegiéndome de esta historia. Alguien destruyó mi vestido, amenazó a mi hermana y golpeó a un hombre que podía revelar la verdad. No voy a quedarme sentada esperando a que otra persona decida qué puedo saber.
Adrian bajó la mirada.
—Tienes razón.
Fue la primera vez que no discutió conmigo.
Una hora después, nos encontrábamos en una sala de entrevistas de la comisaría.
Dos detectives habían llegado al hospital para recoger nuestra declaración y coordinar la investigación. Uno de ellos, una mujer llamada detective Morales, colocó una bolsa de evidencias sobre la mesa.
Dentro había un sobre grueso, amarillento, con mi nombre escrito en tinta negra.
*EMMA BENNETT. ENTREGA PERSONAL.*
—El sobre estaba dentro de la caja cuando los agentes llegaron —explicó Morales—. No hay señales de que haya sido manipulado después de su recuperación.
—¿Y la credencial de Claire? —preguntó Daniel.
—Estamos revisando los registros digitales. La autorización se emitió con credenciales válidas, pero eso no significa que la persona registrada las haya utilizado.
Claire soltó el aire lentamente.
—Gracias.
La detective no sonrió.
—No me dé las gracias todavía. Alguien conocía sus datos personales y tuvo acceso a un sistema interno. Necesitamos averiguar cómo ocurrió.
Morales abrió la bolsa y colocó el sobre sobre la mesa.
—Señorita Bennett, ¿reconoce la letra?
Me incliné hacia delante.
Reconocí inmediatamente la forma en que la persona había escrito la letra E. Mi madre dibujaba tres líneas horizontales perfectamente rectas y siempre terminaba la última con una pequeña curva.
—Es la letra de mi madre.
La detective rompió el sello en mi presencia.
Dentro había tres documentos, una fotografía y una pequeña grabadora digital.
Tomé la fotografía primero.
Mostraba a Richard Harrington sentado en un despacho junto a tres hombres. Uno era Thomas Reed. Otro era el doctor Samuel Whitmore.
El tercero era alguien que no esperaba ver.
*Daniel Mercer.*
El abogado se quedó inmóvil.
Claire lo miró con incredulidad.
—¿Usted conocía a mi madre?
Daniel tardó demasiado en responder.
—Sí.
Sentí que algo se cerraba alrededor de mi pecho.
—Nos dijo que representó legalmente a mi madre durante más de veinte años. Nunca mencionó que conocía a mi padre.
—Porque Richard me contrató antes de que usted naciera. Yo preparé algunos documentos relacionados con su fideicomiso.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
Daniel bajó la cabeza.
—Porque cometí un error. Uno que he pasado veintisiete años intentando corregir.
Adrian golpeó la mesa con la palma.
—¿Qué error?
Daniel miró la fotografía.
—Richard me pidió que preparara un documento para reconocer oficialmente a Emma como su hija y establecer un fideicomiso a su nombre. Yo redacté los documentos, pero antes de que pudieran firmarse, Victoria descubrió lo que estaba haciendo.
—¿Y entonces? —pregunté.
—Me amenazó con denunciarme por un asunto profesional que podía destruir mi carrera. Yo era joven, tenía una familia y cometí la cobardía de retirarme del caso. Convencí a Elena de que esperara. Le prometí que encontraría otra manera de protegerla.
—Pero no lo hizo.
Daniel cerró los ojos.
—No. Y después Richard murió.
No sentí deseos de gritarle.
Sentí algo peor: decepción.
Durante toda mi vida había creído que los secretos de mi familia eran consecuencia de un hombre que nos había abandonado. Ahora estaba descubriendo que varias personas habían tomado decisiones cobardes y habían dejado que mi madre pagara el precio.
—¿Por qué regresó ahora? —pregunté.
—Porque Elena me llamó dos semanas antes de morir. Me dijo que había encontrado pruebas de que la muerte de Richard no había sido natural. Me pidió que preparara una última entrega de documentos.
—¿Y por qué esperó hasta el día de mi boda?
—Porque ella me lo pidió. Quería que usted llegara a este momento por decisión propia, no porque la obligaran a reclamar una fortuna.
La detective Morales levantó la grabadora.
—Quizá esto nos ayude a entender qué ocurrió.
La conectó a un pequeño altavoz.
Primero escuchamos un ruido estático.
Después, la voz de mi madre.
—Si Emma está escuchando esto, significa que ya no puedo protegerla personalmente.
Me cubrí la boca.
Era la voz que recordaba de nuestras llamadas nocturnas, de sus mensajes de cumpleaños y de las canciones que tarareaba mientras cosía.
—Emma, mi niña, hay algo que nunca tuve el valor de contarte. Richard no te abandonó porque no te quisiera. Intentó reconocerte, pero yo le pedí que esperara. Había recibido amenazas y creía que, si te reconocía públicamente, te convertiría en un objetivo.
La grabación hizo una pausa.
Se escuchó una respiración temblorosa.
—La noche de su muerte, Richard me llamó. Me dijo que había descubierto movimientos ilegales de dinero dentro de su fundación. Había pruebas de que alguien utilizaba una empresa ficticia para desviar millones de dólares. También me dijo que, si algo le ocurría, debía buscar a Daniel.
Miré al abogado.
Él permanecía inmóvil.
La voz de mi madre continuó.
—No sé quién provocó su muerte. Nunca tuve pruebas suficientes. Pero sí sé que Victoria no actuaba sola. Había alguien dentro de la familia que le proporcionaba información, documentos y acceso a las cuentas.
Adrian se llevó una mano al rostro.
—¿Quién? —susurró.
La grabación continuó.
—Emma, si llegaste hasta aquí, no confíes en las personas que te digan que todo se resolverá con dinero. La verdad está en el último documento. Pero debes leerlo con tu hermana presente.
La voz se apagó.
La detective Morales examinó la última hoja.
Era una copia de una transferencia bancaria realizada tres días antes de la muerte de Richard. La cantidad ascendía a cuatro millones ochocientos mil dólares.
El dinero había sido enviado a una empresa llamada *Northstar Consulting LLC*.
Daniel se inclinó sobre la mesa.
—Esa empresa no aparece en los registros originales de la fundación.
—¿Quién la creó? —pregunté.
La detective amplió la información del documento.
El propietario registrado era una sociedad fiduciaria. Sin embargo, en la parte inferior aparecía una firma autorizando la transferencia.
Una firma que Adrian reconoció inmediatamente.
—No —murmuró.
Me volví hacia él.
—¿Qué pasa?
Su rostro había perdido todo el color.
—Esa firma es de mi padre.
—¿Estás diciendo que Richard autorizó el desvío del dinero?
—No. Estoy diciendo que es imposible.
Adrian tomó el documento y lo acercó a la luz.
—Mi padre era zurdo. Siempre firmaba inclinando la última letra hacia arriba. Esta firma tiene la inclinación contraria.
Daniel asintió lentamente.
—Entonces alguien falsificó su firma.
La detective recogió el documento.
—Eso lo determinarán los peritos. Pero tenemos algo más importante: si la transferencia fue fraudulenta, el dinero pudo haber sido el motivo del crimen.
Miré a Adrian.
—¿Quién tenía acceso a la firma de tu padre?
Él no respondió inmediatamente.
Luego levantó los ojos hacia mí.
—Mi madre. Y una sola persona más.
—¿Quién?
Adrian tragó saliva.
—Mi hermano mayor, Michael.
El nombre me golpeó como un puñetazo.
Durante los ocho meses de nuestra relación, Adrian me había hablado de su hermano en contadas ocasiones. Según él, Michael había muerto en un accidente automovilístico cuando Adrian tenía doce años.
Pero si Michael llevaba muerto quince años, ¿cómo podía haber autorizado una transferencia tres días antes de la muerte de Richard?
Antes de que pudiera formular la pregunta, el teléfono de Adrian comenzó a sonar.
La pantalla mostraba un número desconocido.
Contestó.
—¿Quién habla?
Durante varios segundos, nadie dijo nada.
Después escuchamos una voz masculina, distorsionada, pero perfectamente clara.
—Hola, hermanito.
Adrian dejó caer el teléfono sobre la mesa.
La voz continuó por el altavoz.
—Dile a Emma que deje de buscar a los muertos. Si quiere saber quién firmó esa transferencia, que venga mañana a las ocho de la noche al lugar donde nuestro padre murió.
Hubo una pausa.
Entonces el hombre añadió:
—Y que venga sola. Porque la próxima vez no será su vestido lo que destruya.
La llamada terminó.
Adrian permaneció mirando el teléfono.
Yo miré la fotografía, el documento y la grabadora.
Mi madre había dicho que alguien dentro de la familia había ayudado a Victoria.
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Ahora el supuesto muerto acababa de llamar.
Y si Michael Harrington estaba vivo, significaba que alguien había construido una mentira tan grande que incluso su propia familia había vivido dentro de ella durante quince años.