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Chapter 2: El documento que Victoria temía

—¡No abras esa puerta! —ordenó Victoria.

Su voz fue tan repentina que Claire dio un pequeño salto.

Me volví lentamente hacia ella.

—Hace un momento querías que me marchara para evitar una humillación pública. Ahora no quieres que hable con el abogado de mi madre. ¿Cuál de tus dos versiones debería creer?

Victoria apretó los labios.

—No sabes quién es ese hombre ni qué pretende. Podría ser un estafador.

—Dijo que es el abogado de mi madre.

—Tu madre llevaba años muerta. Cualquier persona puede inventar una historia para aprovecharse de una mujer vulnerable.

La crueldad de sus palabras me golpeó más de lo que esperaba.

Mi madre había muerto seis meses antes, después de una enfermedad que nos dejó agotadas emocionalmente y con deudas que apenas conseguíamos pagar. Desde entonces, Victoria nunca había perdido la oportunidad de insinuar que mi origen humilde era una carga para su hijo.

Pero jamás había hablado de mi madre con tanta hostilidad.

Me acerqué a la puerta.

—Emma, espera —susurró Claire.

Me volví.

Mi hermana tenía una expresión extraña. Se mordía el labio inferior y miraba alternativamente a Victoria y a la puerta.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Hay algo que no te he contado.

Victoria se interpuso inmediatamente.

—No es momento para tus dramas, Claire.

—¡Cállate! —gritó mi hermana.

El silencio cayó como un cristal roto.

Claire nunca le había hablado así. Ni siquiera cuando Victoria la había ridiculizado durante la cena de compromiso por llevar un vestido comprado en una tienda de segunda mano.

—¿Qué no me has contado? —pregunté.

Mi hermana tragó saliva.

—La noche antes de que mamá muriera, me pidió que buscara una caja en el armario de su habitación. Dentro había una fotografía de un hombre que nunca había visto. También había una carta dirigida a ti.

Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.

—¿Dónde está esa carta?

—La guardé en mi departamento. Mamá me hizo prometer que no te la entregaría hasta que estuvieras a punto de casarte con Adrian.

Miré a Claire sin poder creerlo.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque tenía miedo. Mamá me hizo jurar que esperaría. Dijo que, si la familia Harrington descubría que todavía conservábamos esos documentos, podían quitarnos algo que nos pertenecía.

Victoria soltó una risa nerviosa.

—Esto es absurdo. Las últimas semanas de tu madre fueron difíciles. Probablemente estaba confundida.

—Mi madre nunca estuvo confundida cuando se trataba de protegernos —respondí.

Victoria retrocedió medio paso.

Lo vi.

Y por primera vez comprendí que aquella mujer no estaba improvisando excusas. Estaba tratando desesperadamente de mantener enterrado algo que llevaba décadas oculto.

Abrí la puerta.

Un hombre de unos cincuenta y cinco años estaba esperando en el pasillo. Llevaba un traje gris oscuro, una cartera de cuero gastado y una expresión de preocupación que no parecía fingida.

—¿Emma Bennett? —preguntó.

—Sí.

—Soy Daniel Mercer. Representé legalmente a su madre durante más de veinte años.

Me tendió una tarjeta profesional y una carpeta sellada.

—Lamento presentarme en un día tan importante, pero recibí instrucciones precisas de su madre. Debía entregarle estos documentos personalmente antes de su boda.

Victoria apareció detrás de mí.

—Señor Mercer, esta es una propiedad privada. No tiene autorización para intervenir en asuntos familiares.

Daniel la observó con una serenidad inquietante.

—Señora Harrington, no sabía que usted también estaría aquí.

—Mi hijo se casa con Emma. Naturalmente, estoy aquí.

—Comprendo. En ese caso, quizá le convenga escuchar lo que tengo que decir antes de intentar impedirlo.

Victoria se quedó inmóvil.

Daniel entró en la suite, dejó la carpeta sobre una mesa y sacó un sobre amarillento.

En el frente aparecía mi nombre, escrito con la letra delicada de mi madre.

Debajo había una fecha.

Veintisiete años atrás.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Daniel abrió su cartera y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía mi madre, mucho más joven, junto a un hombre alto vestido con un uniforme militar. Ambos estaban frente a un edificio de ladrillo rojo. Mi madre sonreía de una manera que nunca había visto en las fotografías familiares.

En el reverso había una frase escrita a mano:

Para Elena, la mujer que me dio la familia que nunca tuve.

Debajo aparecía una firma.

*Richard Harrington.*

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Richard Harrington era el padre de Adrian. Había muerto quince años atrás y era considerado el hombre que había construido el imperio empresarial de la familia.

—No —murmuró Victoria.

Fue una sola palabra.

Pero bastó para confirmar que conocía aquella fotografía.

Daniel la miró directamente.

—Parece que reconoce al hombre, señora Harrington.

—No tengo por qué responderle.

—No. Pero quizá sí deba responder a una pregunta más importante: ¿por qué destruyó usted el vestido de novia de Emma esta mañana?

Victoria se puso rígida.

—¡Eso es una acusación absurda!

—Hay cámaras de seguridad en el pasillo y testigos que vieron cómo entraba en esta suite con unas tijeras. Le recomendaría elegir cuidadosamente sus próximas palabras.

Claire se llevó una mano a la boca.

Yo miré a Daniel.

—¿Qué tiene que ver mi madre con Richard Harrington?

El abogado abrió el sobre.

Dentro había una copia certificada de un documento legal, varias cartas y una hoja con sellos notariales.

—Su madre me pidió que le entregara esto cuando llegara el día de su boda. Sin embargo, las instrucciones incluían una condición adicional: debía comprobar que usted conocía la verdad sobre su nacimiento antes de permitir que firmara cualquier documento relacionado con su matrimonio.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi nacimiento?

Daniel asintió.

Victoria dio un paso hacia la mesa.

—Eso no significa nada. Richard conocía a muchas personas. Ayudaba a familias necesitadas. Seguramente Elena recibió dinero de él.

El abogado ni siquiera la miró.

—La documentación demuestra que la relación entre ambos fue mucho más importante de lo que usted acaba de insinuar.

Tomé la primera carta.

La fecha correspondía a un mes antes de mi nacimiento.

Mi madre había escrito:

Richard, no puedo seguir ocultando la verdad. Emma merece saber quién es su padre. Si no vienes a verla antes de que nazca, algún día tendrá que enfrentarse sola a las consecuencias de tu silencio.

Tuve que leerla dos veces.

Después una tercera.

Mi padre había desaparecido de nuestras vidas cuando yo era pequeña. Mi madre nunca me explicó quién era, y cada vez que preguntaba, sus ojos se llenaban de una tristeza que me hacía arrepentirme de haberlo mencionado.

Ahora tenía una carta que demostraba que aquel hombre no solo conocía mi existencia.

Había recibido advertencias antes de que yo naciera.

—¿Por qué no me lo dijo? —susurré.

Daniel bajó la voz.

—Porque creyó que estaba protegiéndola. Y porque durante muchos años hubo personas interesadas en que esta información no saliera a la luz.

Miré a Victoria.

La mujer que había pasado meses diciéndome que nunca pertenecería a su familia parecía estar a punto de desmayarse.

—Esto no prueba nada —dijo, aunque su voz ya no tenía autoridad—. Una carta puede falsificarse.

Daniel sacó otra hoja.

—Por eso también traje el resultado de una prueba de ADN que se realizó siguiendo las instrucciones de Richard Harrington y que permaneció bajo custodia legal durante veintisiete años.

El silencio fue absoluto.

Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.

—¿Qué dice? —pregunté.

Daniel no respondió inmediatamente.

Miró la puerta, después la carpeta y finalmente a mí.

—Antes de mostrárselo, necesito hacerle una pregunta. ¿Adrian sabe que su madre ha estado intentando impedir esta boda?

—No lo sé.

—Entonces debería averiguarlo cuanto antes.

En ese instante, la puerta se abrió de golpe.

Adrian apareció en el umbral, todavía vestido con su elegante traje azul marino. Tenía el rostro tenso y el teléfono en la mano.

—Emma, tenemos que hablar.

Sus ojos pasaron del vestido destruido a las tijeras, luego a Daniel y finalmente a su madre.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

Victoria corrió hacia él.

—¡Adrian, gracias a Dios! Tu prometida ha perdido el control. Este hombre está difundiendo mentiras sobre nuestra familia.

Adrian no la abrazó.

Se quedó mirando las tiras de seda esparcidas por el suelo.

—Mamá, ¿qué le hiciste a su vestido?

Victoria abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

Él volvió a mirarme.

—Emma, dime que no es cierto.

—¿Qué cosa?

Adrian apretó el teléfono.

—Que cancelaste la boda. Que dijiste que nunca te casarías conmigo. Mi madre acaba de enviar un mensaje a toda mi familia asegurando que sufriste una crisis y te marchaste.

La sangre me hirvió.

—No he cancelado nada.

Adrian cerró los ojos durante un segundo.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía el hombre que me había prometido que siempre me protegería.

Parecía un hombre que acababa de descubrir que llevaba años viviendo dentro de una mentira.

—Entonces explícame por qué mi madre acaba de decirme que tú y Daniel están intentando robarle la herencia a mi familia.

Daniel se puso de pie.

—Señor Harrington, creo que ha llegado el momento de que conozca la verdad sobre su padre.

Adrian miró la fotografía.

Y cuando vio la firma de Richard Harrington, su rostro perdió todo el color.

—¿De dónde sacaron eso? —preguntó.

Victoria retrocedió hacia la ventana.

—Adrian, no escuches a este hombre.

Pero él ya no la estaba mirando.

Tenía los ojos clavados en una fecha escrita en el reverso de la fotografía.

La misma fecha en que mi madre me había dado a luz.

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Entonces Adrian pronunció una frase que me dejó helada.

—Emma… hay algo que nunca te conté sobre la muerte de mi padre.

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