Chapter 4: La mujer que esperaba en Brooklyn
—No vas a ir sola —dijo Adrian, arrebatándome el teléfono antes de que pudiera responder al mensaje.
Lo miré con una mezcla de rabia y cansancio.
—Hace diez minutos me quitaste la posibilidad de confiar en ti. No puedes recuperarla dando órdenes.
—Emma, alguien acaba de amenazarte. Tenemos que llamar a la policía.
—¿Y decirles qué? ¿Que alguien robó un documento relacionado con una herencia de hace veintisiete años? ¿Que tu madre destruyó mi vestido y posiblemente lleva décadas ocultando información sobre mi padre?
Daniel Mercer cerró su cartera de cuero.
—La señorita Bennett tiene razón en algo. Debemos actuar con cuidado. Si el documento original está en manos de alguien relacionado con la modificación del testamento, esa persona podría intentar destruirlo.
Victoria soltó una carcajada.
—Escucharlos hablar como si estuvieran protagonizando una película es patético. Nadie ha robado nada. Elena probablemente escondió unos papeles sin importancia y ahora todos están perdiendo la cabeza.
Claire se volvió hacia ella.
—¿Entonces por qué estás temblando?
Victoria escondió las manos debajo de los brazos.
—Estoy indignada.
—No —respondió Claire—. Estás asustada.
Por primera vez, mi hermana no parecía la niña que Victoria había intentado intimidar durante años. Parecía una mujer que había terminado de guardar silencio.
Me acerqué a ella.
—¿Qué sabes sobre la caja de seguridad?
Claire respiró hondo.
—Mamá me dio la llave tres días antes de morir. Me dijo que no abriera la caja hasta que tú estuvieras preparada para descubrir quién eras realmente. También me pidió que recordara una frase: «La verdad no está donde guardamos el dinero, sino donde escondemos las cosas que amamos».
Daniel frunció el ceño.
—¿Te entregó alguna dirección?
—Una tarjeta de un banco de Manhattan. Pero cuando fui a buscarla después del funeral, había desaparecido de mi bolso.
—¿Se lo contaste a alguien? —pregunté.
Claire negó con la cabeza.
—Solo a una persona.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿A quién?
Mi hermana bajó la mirada.
—A Lucas.
Lucas Bennett era nuestro primo, el hijo de una hermana de mi madre. Durante años había sido una presencia constante en nuestras vidas, aunque nunca habíamos tenido una relación especialmente cercana. Trabajaba como asesor financiero y conocía a varias personas dentro del círculo empresarial de los Harrington.
—¿Cuándo hablaste con él? —pregunté.
—Hace tres semanas. Me dijo que podía ayudarme a encontrar la caja.
Adrian se pasó una mano por el rostro.
—Lucas trabaja para una de las empresas subsidiarias de mi familia.
El silencio se extendió por la habitación.
Daniel tomó el teléfono de Claire y examinó el mensaje.
—No respondan todavía. Primero necesitamos comprobar si la fotografía fue tomada recientemente.
—¿Y si realmente tienen el documento? —pregunté.
—Entonces debemos averiguar quién lo tiene y qué pretende conseguir.
Miré el reloj de la pared.
Faltaban menos de dos horas para la ceremonia.
Mis invitadas estaban esperando en otra suite. Los músicos debían estar afinando sus instrumentos. Los invitados probablemente ya habían escuchado rumores sobre mi supuesta crisis emocional.
Mi boda se estaba desmoronando.
Pero debajo de todo aquel caos, una pregunta seguía creciendo en mi cabeza.
¿Quién había ordenado la muerte de Richard Harrington?
—Voy a Brooklyn —declaré.
Adrian se interpuso entre mí y la puerta.
—No puedes aparecer allí sin saber qué te espera.
—Entonces ven conmigo. Pero no vuelvas a decirme qué puedo o no puedo hacer.
Me sostuvo la mirada durante varios segundos.
Finalmente asintió.
Victoria dio un paso hacia nosotros.
—Si sales de esta habitación, Emma, no esperes que mi familia vuelva a aceptarte.
Me detuve y la miré por encima del hombro.
—Tu familia lleva años decidiendo quién merece pertenecer a ella. Ahora quiero descubrir qué clase de familia necesita destruir vestidos de novia para mantener sus secretos.
Salí sin esperar su respuesta.
El trayecto hasta Brooklyn estuvo acompañado por una lluvia fina que convertía las calles en espejos oscuros.
Daniel insistió en conducir su propio automóvil, mientras Claire y yo viajábamos con Adrian.
Nadie hablaba.
Yo observaba los edificios pasar por la ventana y recordaba la pequeña cocina donde mi madre había cosido durante décadas. Recordaba el olor a café, las cajas de hilos y las facturas que ella escondía debajo de un mantel para que no nos preocupáramos.
¿Cómo podía haber conocido a uno de los hombres más poderosos de Manhattan y haber vivido como si no tuviera nada?
—Emma —dijo Adrian finalmente—, necesito contarte algo más.
No aparté la vista de la ventana.
—Habla.
—La última noche de mi padre, discutí con él. Quería que dejara de controlar mi vida. Yo pensaba que estaba intentando obligarme a casarme con una mujer que pudiera beneficiar a la empresa.
—¿Y qué te dijo?
Adrian apretó las manos sobre el volante.
—Me dijo que algún día conocería a una mujer que me obligaría a elegir entre la fortuna de mi familia y la verdad.
Lo miré.
—¿Mencionó mi nombre?
—No. Pero antes de morir me pidió que recordara algo: «Si alguna vez encuentras a Elena, no permitas que Victoria hable por ella».
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Por qué nunca me contaste esto?
—Porque durante años creí que mi padre estaba perdiendo la razón. Y porque tenía miedo de descubrir que mi madre me había mentido.
—¿Más miedo que de perderme?
Adrian no respondió.
Esa era la respuesta.
Cuando llegamos a nuestro antiguo departamento, la puerta estaba entreabierta.
Daniel nos había seguido en su automóvil y apareció detrás de nosotros con el teléfono preparado para llamar a la policía.
—Nadie entra hasta que comprobemos que el lugar es seguro —advirtió.
Pero desde el interior llegó un sonido.
Un sollozo.
Reconocí aquella voz inmediatamente.
—¿Lucas? —llamé.
Entré antes de que Adrian pudiera detenerme.
Mi primo estaba sentado en el suelo de la cocina, con la camisa manchada de sangre y una mano apretada contra la frente.
—¡Emma! —exclamó al verme—. No debiste venir.
Me arrodillé junto a él.
—¿Qué pasó? ¿Quién hizo esto?
Lucas miró a Adrian y después a Daniel.
—Vino un hombre. Dijo que trabajaba para Victoria. Me exigió que le entregara la llave de la caja de seguridad.
Claire se tapó la boca.
—¿Se llevaron el documento?
Lucas asintió lentamente.
—No encontré el documento, pero sí una carta de tu madre. La había escondido dentro de un libro de recetas. El hombre se llevó la carta y la llave.
—¿Por qué no me llamaste? —pregunté.
Lucas soltó una risa dolorosa.
—Porque yo fui quien le habló de la caja a Victoria.
El mundo pareció quedarse sin sonido.
—¿Qué?
—Me ofreció dinero para averiguar qué había dejado Elena. Al principio pensé que solo quería proteger los intereses de la familia. Después descubrí que buscaba un documento relacionado con Richard Harrington. Intenté retirarme, pero ya era demasiado tarde.
Adrian se agachó frente a él.
—¿Quién te golpeó?
Lucas negó con la cabeza.
—No vi su rostro. Pero antes de marcharse dijo algo que no puedo olvidar.
—¿Qué dijo? —pregunté.
Mi primo me miró directamente.
—Dijo que, si Emma llegaba a descubrir quién era su verdadero padre, no viviría lo suficiente para reclamar la herencia.
Entonces me entregó algo que había mantenido escondido en el bolsillo.
Era una fotografía pequeña, doblada por la mitad.
En ella aparecía mi madre frente a un hospital, sosteniendo a una recién nacida. Junto a ella había una mujer joven que reconocí inmediatamente.
Victoria Harrington.
Pero lo que me dejó sin aliento no fue su presencia.
Fue la fecha escrita en el reverso.
*Tres días después de mi nacimiento.*
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Y debajo, con la letra de mi madre, había una frase:
Victoria no vino a llevarse a mi hija. Vino a decirme cuál de las dos debía desaparecer.