Chapter 9: La amenaza contra la niña
Marcus no recordaba haber colgado la llamada.
Solo recordaba la voz de Robert repitiendo el nombre de Maya y la sensación de que todos los secretos que había descubierto durante las últimas horas se habían convertido en una amenaza directa contra su hija.
Denise llegó a la casa de Patricia veinte minutos después. Marcus le explicó lo sucedido mientras Vanessa permanecía sentada en silencio, vigilada por su madre política.
—No puedes dejar que te intimide —dijo Denise.
—No voy a hacerlo.
—Entonces tenemos que informar inmediatamente al detective Brooks y al abogado.
Marcus asintió.
Envió una copia de la declaración de Vanessa al abogado y le explicó que Robert había amenazado a Maya. El abogado le recomendó que no volviera a hablar con Robert a solas y que conservara cualquier mensaje o llamada relacionada con la amenaza.
Después, Marcus llamó a Brooks.
El detective escuchó todo sin interrumpirlo.
—No te acerques a Robert —dijo finalmente—. Si realmente está implicado, necesitamos proteger a tu familia y conservar las pruebas. ¿Dónde está Maya?
—Con mi hermana. No sabe nada de la llamada.
—Déjala allí por ahora. Y no permitas que nadie sepa dónde se encuentra.
Marcus sintió una punzada de miedo.
Maya había pasado demasiado tiempo viviendo aterrorizada en su propia casa. No iba a permitir que alguien volviera a convertir su vida en una prisión.
Mientras hablaba con Brooks, Vanessa se levantó de la silla.
—Tengo que irme.
Marcus terminó la llamada y la miró.
—No vas a ninguna parte.
—Si Robert descubre que te entregué esos documentos, va a buscarme.
—Entonces tendrás que explicar todo lo que sabes a las autoridades.
Vanessa negó con la cabeza.
—No entiendes. Robert no es como Daniel. Daniel quería dinero. Robert quería controlar a Elena porque ella había descubierto lo que estaba haciendo con las cuentas de la empresa.
—¿Qué estaba haciendo?
Vanessa miró a Patricia.
La mujer mayor bajó la cabeza.
—Robert utilizaba contratos de construcción para mover dinero entre distintas compañías —explicó Vanessa—. Algunas facturas eran reales, pero otras correspondían a trabajos que nunca se hicieron. Daniel ayudaba a abrir cuentas y a mover los fondos. Yo preparaba documentos y autorizaciones.
Marcus sintió que todo encajaba.
Los cuarenta y ocho mil dólares.
Las firmas falsificadas.
El fondo de Maya.
Elena había encontrado el sistema antes que él.
—¿Cuánto dinero desapareció? —preguntó.
Vanessa tragó saliva.
—Mucho más de lo que imaginas.
—Dame una cifra.
—No la sé con exactitud. Pero fueron cientos de miles de dólares a lo largo de varios años.
Marcus se apartó de la mesa.
—¿Y Elena murió porque descubrió todo eso?
—No puedo asegurarte que Robert provocara el accidente —respondió Vanessa—. Pero sé que estaba furioso porque Elena iba a entregar las pruebas. Y sé que, después del accidente, me ordenó destruir cualquier documento que la relacionara con las cuentas.
—¿Y tú obedeciste?
Vanessa bajó la mirada.
—Sí.
Marcus sintió un desprecio tan profundo que ya ni siquiera necesitó gritar.
—Entonces no eres solamente una mujer que tuvo miedo. Eres una mujer que eligió protegerse mientras otra familia lloraba a una madre.
Vanessa aceptó aquellas palabras sin defenderse.
Por primera vez, no intentó justificar lo que había hecho.
A las seis de la tarde, Marcus regresó a casa para recoger algunas pertenencias de Maya. Denise había preparado una pequeña habitación para ella, con sábanas limpias, una lámpara en forma de estrella y una caja de lápices de colores.
Cuando Marcus llegó, su hija estaba dibujando en la mesa.
Al verlo, corrió a abrazarlo.
—¿Ya se acabaron los problemas, papá?
Marcus se arrodilló y la estrechó contra su pecho.
—Todavía tenemos algunas cosas que resolver, princesa. Pero estás a salvo.
Maya lo miró con desconfianza.
—¿De verdad?
—De verdad.
La niña sacó del bolsillo un pequeño papel doblado.
—Encontré esto dentro de mi mochila cuando estábamos en casa de la tía Denise.
Marcus lo abrió.
Era un dibujo infantil de una casa, un coche y tres personas. Maya había dibujado a su padre sosteniéndola de la mano. A su lado estaba Elena, representada con un vestido amarillo y una sonrisa enorme.
La tercera figura era una mujer con el rostro tachado.
Debajo, Maya había escrito: La persona que hizo llorar a mamá.
Marcus sintió un nudo en la garganta.
—¿Quién es esta persona, cariño?
Maya bajó la mirada.
—No sé su nombre. Pero la vi una vez en una fotografía que Vanessa guardaba.
—¿Puedes describirla?
La niña pensó unos segundos.
—Era un hombre. Llevaba un traje oscuro y tenía una cicatriz aquí.
Se señaló la ceja izquierda.
Marcus sintió un escalofrío.
Robert tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.
No era una coincidencia que pudiera ignorar.
—¿Estás segura, Maya?
—Sí. Vanessa me mostró la fotografía cuando pensó que yo no estaba mirando. Dijo que ese hombre iba a arreglarlo todo.
Marcus abrazó a su hija y le prometió que no tendría que volver a hablar de aquello hasta que se sintiera preparada.
Después fotografió el dibujo y se lo envió a Brooks.
La respuesta del detective llegó pocos minutos más tarde.
«No contactes a Robert. Tenemos información que debemos verificar. Quédate con Maya y espera mis instrucciones».
Marcus obedeció.
A las ocho, recibió una llamada de su abogado.
—Marcus, revisé los documentos de la propiedad y los registros que me enviaste. Hay una solicitud de refinanciación presentada con una firma que parece haber sido falsificada. También hay una cláusula que permitiría transferir la propiedad si se incumplen determinadas condiciones del préstamo.
—¿Pueden quitarme la casa?
—No sin un procedimiento legal, pero necesitamos actuar rápidamente. La solicitud está vinculada a una compañía privada que aparece en la investigación financiera de tu empresa.
Marcus cerró los ojos.
—Robert.
—Es posible. Pero todavía necesitamos pruebas que conecten directamente a esa persona con los documentos.
Marcus miró a Maya, que estaba sentada en el suelo, coloreando una estrella azul.
—¿Qué debo hacer?
—No firmes nada. No respondas a amenazas. Y no te reúnas con nadie sin que sepamos dónde estás.
La llamada terminó.
Marcus se sentó junto a su hija.
Por primera vez en días, Maya parecía tranquila.
Le contó que Denise le había preparado un baño caliente, que había comido pasta con queso y que podía quedarse a dormir con su tía tantas noches como quisiera.
—¿Puedo llevarme mis dibujos cuando volvamos a casa? —preguntó.
Marcus sintió una punzada de dolor.
—Claro que sí.
—¿Y mis galletas?
Él sonrió tristemente.
—También tus galletas.
Maya apoyó la cabeza en su hombro.
—Papá, ¿crees que mamá sabía que yo iba a estar bien?
Marcus miró hacia la ventana.
Durante años había pensado que proteger a Maya significaba trabajar más horas, pagar una buena escuela y darle todas las cosas que necesitaba.
Ahora comprendía que protegerla también significaba escucharla, creerle y no permitir que nadie la convenciera de que merecía menos amor que cualquier otra persona.
—Creo que tu mamá siempre quiso que estuvieras a salvo —respondió—. Y voy a hacer todo lo posible para que así sea.
A las nueve y diecisiete, Brooks llamó de nuevo.
—Marcus, encontramos algo en los archivos del accidente.
Él se levantó inmediatamente.
—¿Qué encontraron?
—Una fotografía de la carretera tomada por una cámara de vigilancia. Se ve el vehículo que abandonó el lugar después del choque. Estamos intentando identificar la matrícula.
—¿Y el conductor?
El detective hizo una pausa.
—Tenemos una identificación preliminar, pero necesito que vengas mañana para revisar las imágenes con nosotros.
Marcus sintió que el pulso se le aceleraba.
—Dime quién es.
—No puedo confirmar la identidad todavía.
—¿Es Robert?
Brooks no respondió directamente.
—Marcus, necesito que entiendas algo. Si la persona que aparece en esa grabación es quien creemos, la investigación podría convertirse en algo mucho más grave que un fraude financiero.
La llamada terminó con una promesa de reunirse al amanecer.
Marcus pasó la noche junto a la cama de Maya, sentado en una silla, escuchando su respiración tranquila.
A las cinco y cuarenta, cuando empezaba a clarear, recibió un mensaje de un número desconocido.
Había una fotografía adjunta.
Era una imagen reciente de Maya saliendo de la clínica con él.
Debajo aparecía una frase:
«Deja de investigar el accidente de Elena. La próxima vez no habrá una advertencia».
Marcus sintió que el cuerpo entero se le helaba.
Llamó a Brooks y le envió la fotografía.
Después despertó a Denise y le pidió que preparara una bolsa con las cosas esenciales de Maya.
No iba a esperar a que la amenaza se hiciera realidad.
Pero cuando salió al porche para revisar si alguien había estado cerca de la casa, encontró un sobre blanco colocado debajo del felpudo.
Dentro había una copia de una fotografía antigua.
Elena aparecía junto a Robert, Daniel y una cuarta persona cuyo rostro había sido recortado.
En el reverso, alguien había escrito:
*«Robert no fue el único que estuvo allí aquella noche. Pregúntale a tu madre quién conducía el segundo vehículo».*
Marcus levantó la mirada hacia la calle vacía.
Por primera vez, comprendió que todavía no conocía toda la verdad.
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Y que el secreto más peligroso podía estar en manos de la persona que había jurado protegerlo desde que nació.
Su madre.